Palpito Digital

José Muñoz Clares

Aleluya y malditos sean

Señoras, señores, fornicar – que no es una empresa de alquiler de coches – por fin es legal en el estado de Utah (USA), que es la patria de los mormones poligámicos pero no poligínicos, donde un polvo fuera de tiesto podía dar con los huesos del pecador en prisión. Si no fuera por el desprecio profundo e inextinguible que siento por el pelopaja de Trump me iría ahora mismo a Utah con mi chica, a la que no me une ningún lazo legal, a fornicar desinhibidamente dentro de mis limitaciones, con tal de pisoterar in pectore no sus leyes, que ya no lo prohiben, sino sus tradicionales buenas costumbres. Y si ello fuera posible por pillar a mano algún otro estado consentidor, vendría ese polvo precedido de algunos canutos a la jamaicana por aquello de la mayor sensibilidad que procura el principio activo del tetrahidrocannabinol. Unos canutos a la salud del pelopaja para socavar aún más, si cabe, las sólidas bases morales que han convertido a los Estados Unidos de América en el hazmerreír de los lujuriosos europeos, igualmente inclinados al consumo asiduo de cerveza, con el mucho daño que eso ocasiona a la salud espiritual de las gentes y de sus naciones.

El sexo se abre camino. Ya podemos decir y hasta fotografiar – no en las redes sociales, inspiradas como están por el obispo Reig Pla -pezones, culos, tetas y hasta sacrosantos agujeros como el de la señora Wallace, aquella que por un masaje de pies que, encima, ni siquiera existió, dio lugar al vuelo del pobre Toni desde un cuarto piso, que acabó sobre un invernadero y, desde entonces, tiene dificultades para hablar. Tienen la historia completa en Pulp fiction.

Pero hay otro tercio inevitable y nada jocoso. Una abogada iraní, Nasrin Sotoudeh, ha sido condenada a 148 latigazos y 33 años de prisión por el horrible pecado de haber comparecido públicamente con el pelo sin cubrir. ¡Qué escándalo! Una mujer con el pelo al viento, con lo mucho que eso hace contra la única fe verdadera, la del Islam, que con estas y otras sutilezas se encamina al más espeso aislamiento internacional y a la chirigota permanente desde un mundo cada vez más abierto a ser dirigido por las mujeres, esos seres inferiores y episódicamente menstruantes que las vuelve impuras y objeto de abominación. Además de los pelos largos que se gastan.

Con el mismo desprecio con que miramos hoy a los cruzados, esos prototalibanes que se fueron a Tierra Santa a decapitar herejes musulmanes, miro yo – y miran muchos – a esos curas musulmanes hirsutos y malencarados que tanto nos recuerdan a los curas atrabiliarios que hubimos de soportar por obra y gracia de su excremencia el caudillo de los ejércitos. Siglos nos costó librarnos de aquella chusma como para tener que soportar ahora una nueva hornada que no se contenta si no es cortando cabezas, azotando mujeres y encarcelándolas, pese a lo cual hay tres españolas, tres, que se fueron voluntariamente a ser esclavas sexuales de unos yihadistas que han acabado o muertos o encarcelados. Ya lo dijo Trotski: dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos.

Habrán visto en la prensa una foto de las tres belfegoras, cubiertas de sayones negros salvo una estrecha mirilla por la que se asoman al mundo. Tres bolsas gigantes de basura que ocultan lo que parece una humana que alguna vez fue libre y optó voluntariamente por la esclavitud. Dan ganas de dejarlas donde están para que disfruten a fondo de la fe verdadera, pero sus hijos no tienen la culpa de la estupidez de sus madres. Habrá que traerlos y ver si conseguimos desadoctrinarlos. Y mientras tanto, habrá que firmar para que lleguen a Irán – el de Podemos – las firmas horrorizadas de quienes ya no soportamos ni imaginar cómo a la espalda desnuda de una mujer un fiel creyente le aplica 148 latigazos en nombre de cualquier dios.

 

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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