Todo indica que la Casa Blanca apuesta por el golpe interno.
Una revuelta de militares, sin necesidad de derramamiento de sangre.
Y parece que hay ya plazos y calendario.
La comunidad internacional está presenciando un periodo de gran tensión: después de resolver el conflicto en Gaza, Donald Trump ha puesto en el centro de su agenda la eliminación del régimen de Nicolás Maduro, y la maquinaria estadounidense ya está en funcionamiento.
El despliegue militar en el Caribe, junto con la presión diplomática y la colaboración con la oposición venezolana, ha elevado la temperatura tanto política como militar en el continente.
La estrategia de la Washington va más allá de simples gestos simbólicos; avanza con pasos concretos, mientras en Caracas se intensifica la sensación de que se aproxima el final.
La administración Trump ha recibido un plan detallado del alto mando militar estadounidense, que incluye la localización exacta de más de 100 instalaciones estratégicas en Venezuela que podrían ser blanco de ataques selectivos. Además, se han señalado los puntos donde se encuentran los 20 personajes más influyentes del régimen, considerados claves dentro del Cartel de los Soles.
Este documento también contempla una hoja de ruta para los primeros 100 días de transición, que detalla medidas de seguridad, ayuda humanitaria y protección para líderes opositores, así como una urgente obtención de recursos a través de organismos multilaterales.
Este enfoque, que combina presión militar e inteligencia, tiene como objetivo desmantelar tanto la estructura política como la red criminal que sostiene a Maduro.
No se trata aquí de una invasión convencional; más bien, se prevén acciones precisas, respaldadas por la designación del Cartel de los Soles como organización terrorista y fundamentadas en el marco legal del “conflicto armado no internacional”. Esto proporciona cobertura jurídica para llevar a cabo ataques contra infraestructuras y figuras clave del chavismo.
El despliegue estadounidense es sin precedentes: diez barcos de guerra —incluidos destructores, un buque de asalto anfibio, un crucero lanzamisiles y un submarino nuclear— junto a unos 10.000 efectivos están operando en aguas cercanas a Venezuela.
Aunque el objetivo declarado es combatir el narcotráfico, el mensaje es claro: Washington está preparando el terreno para forzar la salida de Maduro.
En reacción a esto, el régimen ha movilizado a más de 4,5 millones de milicianos y ha ordenado ejercicios militares en ocho estados clave. Se han activado las Zonas Operativas de Defensa Integral (ZODI) y se ha ampliado el plan defensivo hacia corredores vitales que conectan el Caribe con el sur del país.
La retórica oficial menciona una “amenaza regional” y “máxima preparación”, mientras que dentro de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) aumenta la presión directa del Pentágono sobre los mandos intermedios, buscando debilitar el apoyo hacia Maduro y acelerar una transición interna.
El Nobel de la Paz a María Corina: impacto político y reacciones
El régimen encabezado por Maduro atraviesa sus horas más críticas, acorralado por sanciones, aislamiento internacional y una crisis económica sin precedentes. La situación interna es alarmante: hiperinflación, escasez crónica y un éxodo masivo han debilitado lo que alguna vez fue una sólida base social chavista, ahora sostenida solo por la fuerza. El carácter “tirano y torturador” del régimen —documentado por organismos defensores de derechos humanos— se vuelve cada día más insostenible; al mismo tiempo que Trump busca acelerar su colapso desde fuera y desde dentro.
Las operaciones militares estadounidenses están enfocadas actualmente en neutralizar narcolanchas y eliminar infraestructuras criminales; hasta ahora han dejado más de 20 muertos e incrementado las tensiones diplomáticas con países vecinos como Colombia, que reporta víctimas entre sus ciudadanos. Sin embargo, Washington ya planea lo que llaman “fase dos”: una ofensiva que podría incluir ataques selectivos sobre redes logísticas en puertos y aeropuertos venezolanos con el fin de desmantelar las capacidades operativas del chavismo sin recurrir a una invasión terrestre masiva.
Paralelamente a esta ofensiva militar y diplomática, el reciente Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado ha representado un revés inesperado para los aliados europeos del chavismo.
Este reconocimiento pone en evidencia a figuras como Pedro Sánchez y José Luis Rodríguez Zapatero, así como a otros simpatizantes del régimen como Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, quienes han mantenido posturas ambiguas o incluso favorables hacia Caracas. La distinción internacional hacia Machado refuerza la legitimidad opositora y socava aún más la imagen exterior del chavismo, generando un profundo descontento entre los prochavistas españoles y europeos.
Este Nobel no solo reconoce la resistencia democrática; también resalta la creciente soledad del régimen y las dificultades para sostener narrativas que justifiquen su represión y corrupción estructural. La reacción por parte de Iglesias y Monedero ha sido palpable; sienten el malestar ante un mundo que comienza a mirar hacia una urgente necesidad de cambio democrático real.
Escenarios futuros: transición y desafíos
La esencia de esta estrategia estadounidense radica en lograr una rápida transición. El plan para esos primeros 100 días incluye entrada inmediata de ayuda humanitaria, protección para líderes opositores e impulso en la reconstrucción institucional bajo supervisión internacional. Organismos como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial jugarán roles cruciales para evitar vacíos de poder e impulsar una estabilidad mínima necesaria que permita convocar elecciones y restaurar la economía venezolana.
A pesar del panorama planteado, las cosas siguen siendo inciertas. Rusia, China y Cuba continúan respaldando a Maduro —aunque su apoyo es cada vez más limitado— e incluso no puede descartarse acciones violentas o sabotajes por parte del régimen. El Pentágono confía en que ejercer presión sobre los mandos militares venezolanos logrará fracturar al bloque chavista permitiendo así una transición acordada sin desembocar en una guerra civil.
La cuenta atrás ya ha comenzado. La combinación entre presión militar estadounidense, legitimación internacional hacia la oposición e aislamiento progresivo del alto mando chavista sitúa al régimen frente a un futuro incierto pero claramente amenazante. Si se lleva a cabo esta transición venezolana marcará un antes y un después no solo para su política interna sino también para el papel histórico que Estados Unidos desempeña en toda América Latina. Ahora surge una pregunta crucial: no es tanto si habrá cambio sino cuándo ocurrirá este giro trascendental y bajo qué condiciones se llevará a cabo.
