Venezuela rumbo a la libertad

Así celebró la diáspora venezolana en Madrid la captura de Maduro

Centenres de exiliados venezolanos convirtieron la Puerta del Sol en un escenario de celebración y desahogo tras la captura del dictador y el anuncio de ataques contra su régimen

La mañana de este sábado en Madrid empezó como tantas otras, pero frente al Consulado de Venezuela nada era rutinario. A medida que avanzaban las horas, iban llegando rostros conocidos de la comunidad venezolana: familias enteras, jóvenes que dejaron su país con una maleta y un billete de solo ida, jubilados que cargaban más recuerdos que equipaje. Venían con banderas al hombro, pancartas escritas a mano y una mezcla de nervios y esperanza difícil de disimular.

La noticia había corrido como pólvora: Estados Unidos había lanzado ataques contra estructuras clave del chavismo y confirmado la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores. El mensaje difundido por el presidente Donald Trump, apenas unas horas antes, se convirtió en el detonante de una reacción contenida durante años. Muchos se miraban en silencio, como queriendo asegurarse de que no era otro rumor, otra falsa promesa, otro espejismo.

Cuando la confirmación se dio por buena, la contención saltó por los aires. Frente al edificio consular, custodiado por un furgón policial que observaba en discreto segundo plano, comenzaron a escucharse las primeras consignas. “¡Maduro narcotraficante, usurpador y asesino!” rompió el aire frío de enero, seguido por un coro que fue creciendo: “¡Libertad, libertad, libertad!”. Los coches que pasaban por la calle contestaban con bocinazos largos, algún conductor sacando el brazo para levantar el pulgar. Los peatones se detenían, algunos preguntaban qué ocurría, otros simplemente abrazaban a los manifestantes y les decían “ya era hora”.

A primera hora de la tarde, el latido se trasladó al centro de la ciudad. La Puerta del Sol, escenario habitual de Nocheviejas y protestas, se convirtió en una plaza venezolana a cielo abierto. Desde las bocas de metro surgían banderas amarillas, azules y rojas, camisetas vinotinto, gorras con estrellas blancas. Cientos de personas fueron tomando la plaza hasta que el murmullo se volvió rugido. Se escuchaban gaitas zulianas en pequeños altavoces, tambores improvisados con cualquier superficie que sonara, y el eco inconfundible del canto que ya nadie susurraba: “¡Libertad, libertad, libertad!”.

Entre el gentío, algunos se abrazaban como si acabaran de reconocerse en un aeropuerto; otros lloraban solos, móvil en mano, intentando que al otro lado del océano alguien pudiera escuchar el ruido de la plaza. “Es el fin de una etapa de miedo”, decía un joven que llegó hace poco más de dos años, mientras enseñaba un cartel donde se leía: “Hoy Venezuela respira”.

En un pequeño escenario improvisado, representantes de asociaciones como Comando por Venezuela tomaron la palabra. Sus intervenciones intentaban poner freno a la euforia absoluta, sin apagarla. “Somos la voz de los que no tienen voz en nuestro país”, recordó una de las portavoces, con el micrófono temblándole apenas lo justo. Habló de prudencia, de incertidumbre, de la necesidad de esperar para saber qué ocurrirá en los próximos días. Pero esa cautela chocaba con la energía de la plaza, que respondía a cada frase con aplausos, gritos y banderas agitadas como si quisieran alcanzar el cielo de Madrid.

En paralelo a las palabras, el lenguaje del cuerpo lo decía todo: gente saltando, desconocidos abrazándose, parejas bailando sobre los adoquines de Sol como si se tratara de una verbena improvisada. “Maduro ya cayó”, se convirtió en el estribillo de la tarde y de la noche. Una consigna breve, seca, repetida una y otra vez hasta volverse mantra, conjuro y acto de justicia simbólica.

Cuando las luces de la Real Casa de Correos se encendieron, la escena adquirió un tono casi cinematográfico. Bajo el reloj que marca cada año las campanadas de España, un grupo de venezolanos se tomó de las manos y guardó unos segundos de silencio por quienes no pudieron salir del país, por los que murieron esperando un cambio, por los que siguen presos o perseguidos. Después, el silencio estalló de nuevo en gritos de “¡libertad!” que parecían querer romper algo más que la noche madrileña.

Por unas horas, la Puerta del Sol dejó de ser solo el kilómetro cero de las carreteras españolas. Se convirtió en un punto de partida simbólico para miles de historias personales, una especie de frontera invisible entre el pasado marcado por la represión y un futuro aún difuso, pero por primera vez, imaginable. Mientras algunos se marchaban con banderas al cuello y la voz rota, otros se quedaban un poco más, como negándose a que terminaran la jornada y la sensación de estar viviendo un capítulo histórico.

Al final, cuando la plaza empezó a vaciarse, quedaron en el suelo algunos folletos, pegatinas y carteles arrugados con un mismo mensaje: fin de una etapa. Sobre ellos, todavía resonaba, aunque ya en la distancia, el eco de una frase que Madrid no olvidará fácilmente: “Maduro ya cayó”.

 

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