COLOMBIA Y EEUU: DEL ENFRENTAMIENTO A LA ALIANZA

De insultar a Trump a venderse como su mejor aliado: el exnarcoterrorista Petro se deja el bolivarianismo en casa para complacer a EEUU

Gustavo Petro pasó de amenazar con tomar las armas contra operaciones estadounidenses a lucir orgulloso fotos con Trump tras su reunión en la Casa Blanca, marcando un cambio estratégico sin precedentes

Trump y Petro
Trump y Petro. PD

Dicen y con razon, que a ‘a la fuerza, ahorcan‘.

Hace apenas tres semanas, Gustavo Petro estaba preparado para «volver a tomar las armas» si Estados Unidos se atrevía a lanzar una ofensiva militar contra Colombia.

El presidente colombiano llegó incluso a comparar públicamente a Donald Trump con Hitler, acusándolo de desatar una «guerra étnica» contra los latinoamericanos.

Sin embargo, el martes 3 de febrero, en la Casa Blanca, el mismo Petro posaba sonriente junto al magnate neoyorquino, compartiendo en redes sociales una dedicatoria manuscrita del estadounidense que decía: «Gustavo: Un gran honor. Amor a Colombia».

Este contraste es tan impactante que parece sacado de un manual sobre cómo sobrevivir políticamente.

Lo que ha sucedido en menos de un mes es una voltereta de 180 grados que solo puede explicarse por una realidad incómoda: Petro entendió que la amenaza era palpable.

Cuando Trump afirmó a principios de enero que Colombia estaba «gobernada por un hombre enfermo» que fabrica cocaína y sugirió que una operación similar a la que capturó a Nicolás Maduro en Caracas le «sonaba bien», el mensaje fue claro. No era solo retórica electoral. Era una advertencia directa. El exguerrillero colombiano, quien durante décadas luchó contra el Estado, no estaba dispuesto a enfrentarse a las Delta Force estadounidenses. Así que optó por cambiar su estrategia.

La transformación comenzó hace poco más de tres semanas, cuando Petro llamó a Trump para «explicarle la situación de las drogas». El propio colombiano reconoció después que «traía un discurso y tengo que dar otro. Eso no es fácil. El primer discurso era bastante duro». Desde ese instante, la «efervescencia dialéctica» entre ambos se desvaneció como por arte de magia. Las críticas públicas cesaron. Los insultos en redes se desvanecieron. Y dio inicio una meticulosa coreografía diplomática que culminó en la reunión del pasado martes.

Durante el encuentro de dos horas en la Casa Blanca, Petro mostró toda su capacidad retórica para construir un nuevo relato. Habló sobre «pactos por la vida y la libertad», enfatizando que «podemos ser muy diferentes pero nos une la libertad», y argumentando que «los pactos no se hacen entre hermanos gemelos, sino entre contradictores que pueden hallar caminos hacia la hermandad humana». Trump, por su parte, se mostró generoso en sus elogios. «Nos llevamos muy bien», afirmó. «Él es fantástico». Ambos pretendieron ignorar el pasado, como si los meses previos llenos de amenazas, sanciones y descalificaciones mutuas fueran simplemente agua pasada.

Sin embargo, la realidad es mucho más dura. Petro necesitaba esta reunión como el aire que respira. Las sanciones impuestas por el Tesoro estadounidense en octubre —que afectaban también a su familia y colaboradores— debían ser levantadas urgentemente. Su país depende crucialmente de la cooperación estadounidense en la lucha contra el narcotráfico, un tema que Trump ha convertido en su obsesión personal. Además, tenía que asegurarse de no convertirse en el siguiente objetivo de una intervención militar estadounidense. El colombiano llegó a la Casa Blanca con un objetivo claro: convencer a Trump de que era un aliado confiable y no una amenaza.

Lo curioso es que Petro ha tenido que renunciar gran parte de su discurso progresista y bolivariano para lograrlo. El presidente que antes criticaba abiertamente la política exterior estadounidense, quien expresaba públicamente su solidaridad con Palestina y cuestionaba las redadas del ICE contra migrantes, ahora posa con una gorra roja de «Make America Great Again» —aunque le haya añadido una «s» para convertirla en «Make the Americas Great»—. Es un gesto simbólico que encapsula su nueva postura: aceptación con matices, pero aceptación al fin.

Trump ha decidido ver a Petro como un aliado más valioso que como enemigo. Según su portavoz Karoline Leavitt, el presidente estadounidense prefiere «la diplomacia». Y Petro confirmó tras su declaración posterior que Trump “dijo no creer en las sanciones y considera que aquí no son racionales”. Un guiño evidente hacia el posible levantamiento de las medidas punitivas en el horizonte.

Lo cierto es que lo único que ha cambiado no es ni la realidad colombiana ni las políticas antidrogas del país; lo único alterado es la percepción inmediata de amenaza. Petro entendió rápidamente que enfrentarse a Trump era un lujo del cual no podía permitirse prescindir. Por eso eligió optar por su supervivencia política: mantener su gobierno intacto, evitar cualquier intervención militar y negociar desde una posición aparentemente débil pero estratégica, lo cual irónicamente le permite conservar el poder. Las fotos sonrientes compartidas en redes sociales son el precio pagado por esa supervivencia; un costo al parecer asumido sin dudarlo.

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