A mí lo de Don Floren -el presidente sin tino-me deja más bien contento. Es algo que me suele pasar con todos los presidentes. Con todos los presidentes de todo. Que enseguida quiero que se vayan, debe ser algún problema de los nervios. De los míos, a lo peor.
El caso de los presidentes es que se creen obligados a lograr en sus respectivos mandatos lo que nadie ha conseguido en toda la vida. A ver, ¿cuántos presidentes del Gobierno han pretendido acabar ellos solitos con ETA? ¿Cuántos ministros del Interior han empezado sus mandatos convencidos de que iban a ser ellos los que encerrasen a todos los etarras que en el mundo han sido?
Que se creen dotados de una capacidad superior al resto de los mortales, seres señalados por el dedo divino para salvar a la especie humana. Ilusos. Seguro que don Floren se preguntaba algo así como «Desde Don Santiago hasta ahora ¿quién como yo?» y así le ha ido. Y así se ha ido, quiero decir, dejando detrás de sí tres años blancos en blanco.
Para mí el problema es que los presidentes, el del Gobierno, el del Real Madrid e incluso el de mi comunidad de vecinos, se creen unos privilegiados ungidos por el destino para hacer grandes cosas por la Humanidad, de las cuales nos veríamos privados si no tuviésemos la suerte de tenerlos a ellos.
¿Saben qué se le ha ocurrido al presidente de mi comunidad? De mi comunidad de vecinos, digo. Que va a acabar el solito con el puticlub de ahí abajo. Con la de concejales que suelen venir después del cierre, si se pone demasiado lunático tendré que prevenirles ¿Dónde iba a pasar mis numerosas noches de insomnio?
Abajo todos los presidentes. De todo.