Hace unos cuantos días oía yo a la exministra Doña Elvira Rodríguez en teleradio Intereconomía arrearle manteca a Bono a cuenta de cualquier tema de actualidad. Siempre me ha costado entender esta actitud habitual en el PP. No sé por qué diantre Bono recibía caña tanto si hablaba como si no hablaba, pero había un empeño en que Bono era malo. Con lo bien dispuesto que está Pepiño Blanco para que le rompan la cara. Figuradamente, eh. Siempre pensé que el PP se equivocaba y que debería preservar a Bono por lo que pudiera venir. Bono era una especie de clavo ardiendo al que podría agarrase el PP. Al que podría agarrarse el Psoe. Al que podríamos agarrarnos todos. Eso creía yo, ingenuo que era. Que soy.
Prueba de mi ingenuidad es que pensaba, infeliz de mí, que Bono, Paco Vazquez, Guerra, Leguina o Rodríguez Ibarra podrían ser la fisura por la que chirriase el Psoe. Además, caramba, que algún recambio habrá de tener Rodríguez Zapacero cuando se jubile. No sé si todo hombre tiene su precio o su cargo, pero todo hombre tiene su silencio. Como es el caso.
Pero el PP insistió per seculam seculorum en las demoníacas maldades de Bono…. hasta que presentó su dimisión. Ese día se obró un asombroso cambio en el centro derecha español y Don José pasó milagrosamente a ser elevado a los altares españoles políticamente conservadores. Todo sea por seguir dando caña… a Rodríguez Zapacero. Desacredita que algo queda.
A mí Bono siempre me ha caído bien por ser el Pepito Grillo zapateril, por hacer y decir lo que le daba la gana sin tener en cuenta a los demás, por ser políticamente incorrecto, que es una de mis normas de vida. Me gustaba que hiciera de la capa de su vida el sayo de su personalidad, lo que no implica estar de acuerdo con todas las cosas que decía o callaba.
Ahora se empeña en hacernos creer que ha dimitido solamente porque está cansado y quiere disfrutar de su vida familiar. A veces hasta dan ganas de creerle, de pura insistencia, pero todos sabemos que, tal vez «además», tenía profundas razones para abandonar a sus compañeros ministros, empezando por Zapacero. Por ello, por taimado, por disimulón, porque no me lo creo, empieza a gustarme menos que María José Campanario, la pobre. O que su marido.
Pero el caso es que ahora no quiero entrar en esas disquisiciones, estoy de vacaciones, como media España, y no pretendo en estas circunstancias poner mi cerebro a trabajar a tope, no vaya a ser que se me lesione la neurona en acto de servicio. Sólo pretendía decir públicamente que me da envidia, que Bono me da mucha envidia, que se ha ido del trabajo cuando le ha dado la real gana, dejando plantados a todos los que estaban a su alrededor: «Hala, ahí os quedáis, majetes, que me tenéis hasta las guirnaldas inguinales». Yo además añadiría: “Que os den, chicos”. Eso de dejar el trabajo cuando a uno le da la gana sin preocupaciones ni remordimientos sólo lo pueden hacer unos pocos privilegiados. La mayoría no podemos porque somos presa de un sistema socioeconómico que chantajea nuestro tiempo y nuestro esfuerzo para que podamos sobrevivir. Mucho más infelices son aún los que piensan que no pueden dimitir porque se creen necesarios para el devenir del mundo. Su ingenuidad es mucho mayor porque ni siquiera se dan cuenta de que el mundo seguiría sin ellos.
Todos somos esclavos en definitiva de nuestros superiores, compañeros, subordinados y clientes. Unos y otros nos exigen, controlan y putean. Cada uno en su nivel, cada uno en su capacidad, más cuando más míseros de alma y conciencia son. Yo también quiero dimitir, no del trabajo pero sí de sus condiciones y de sus límites, sobre todo de sus limitaciones humanas, más humanas cuanto más míserables. Y viceversa.
Bono, qué envidia, tío.