Sólo la prepotencia sumada a la incapacidad gubernamentales permiten entender lo que está pasando con los inmigrantes ilegales, como antaño permitieron entender que íbamos a ir a la guerra de Irak a pesar de que el pueblo, al que todos los gobiernos dicen defender, se oponía radicalmente.
La prepotencia del que, engreído, poseído de sí mismo, subido en el pedestal de los votos, piensa: “Yo nunca me equivoco”, que es la versión moderna del absolutista “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”. La incapacidad del que limitado por su naturaleza humana no puede poner freno a la miseria que empuja a los desesperados hacia la Tierra de Promisión. Se nos vienen a chorro, por mares y galaxias, se nos vienen a toda prisa, que se vienen muriendo porque los muy africanos quieren comer todos los días, sin darse cuenta de que sólo son negros, sin saber que nadie piensa en ellos, sin saber que nuestras preocupaciones cotidianas pasan por Luis Aragonés y Fernando Alonso.
El gobierno (¿gobierno? ¿de verdad?) se sorprende y se asusta, se lleva las manos a la cabeza y no sabe qué hacer con sus proyectos perfectos, inmaculados, inamovibles, que iban a llevar la perfección paradisíaca al mundo de la inmigración.
¿Y el Gobierno? Navega entre dos aguas, el ridículo y el efecto llamada.
Cuentos e historias de la vida
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