DEL CHARAíZ A LA HIPOTECA

Eutilia es demasiado delgada para sus diez años, debe ser cosa de la poca comida y del mucho trabajo. Ya falta poco para que anochezca y con la boca abierta y dejando asomar una lengua insignificante se acerca por tercera vez al charaíz, la maldita tinaja de casa parece que no se sacia, que se traga los cántaros como si no tuviera fondo. Posa en el suelo la cántara y la botija y con extremo cuidado baja el enorme cántaro que lleva en la cabeza sobre la comodidad de la rodilla. Toma aire y se seca el sudor. Mientras los cacharros empiezan a llenarse lentamente pregunta por sus hermanos a alguien que pasa, que hace ya demasiadas horas que han desaparecido.
Antes de que le contesten recuerda que hoy le toca a ella todo el trabajo de casa, los chicos han tenido que ir a la dehesa a recoger el ganao para la anochecida. Padre no está y por mucho que Cristino presuma de sus nueve años y se crea un hombre hecho y derecho necesita a su hermano pequeño, bien sabe Dios que tampoco podría el solo con todos los animales, siempre hay alguno rebelde que se le vuelve.
Entretenida en sus pensamientos los cántaros se van llenando. El agua que rebosa cae al abrevadero al que algo más tarde se acercarán las caballerías. A Eutilia le encantaría chapotear y darse un refrescante baño pero si lo hiciera el sedimento del fondo enturbiaría el agua, haciendo que los animales rehusasen beber. No es más que una chiquilla y sabe que es mejor evitar conflictos.
Estira el tiempo todo lo que puede, para ella estar en el charaíz significa liberarse de fastidiosas obligaciones y recrearse pensando en las cosas que sobre Salamanca cuenta Don Pedro, el señor maestro. Una vez llenos los cántaros a rebosar, y con cierto mohín de hastío, aprieta con habilidad las corchas en las respectivas bocas, dispone la rodilla en la cabeza y ajusta el cántaro sobre ella. Con la destreza y la fuerza que sólo proporciona la experiencia, coge la cántara y la acomoda en la cadera derecha y la botija en la izquierda. Toma aire y se dispone a subir la cuesta camino de casa. Preferiría poder mirar al suelo.
El camino se hace cada vez más largo, las últimos pasos se hacen eternamente pesados para sus menudos años y agradece a su madre que junto a la puerta le alivie del peso del cántaro, la experiencia le dicta lo costoso que es agacharse y volverse a levantar para cruzar el dintel con él sobre la cabeza. Con un suspiro de alivio descansa la botija y la cántara sobre el escaño, se frota las caderas despellejadas por el trabajo y se sienta en la escañeta. Estira piernas y brazos, se relaja e intenta adivinar lo que hay para cenar, el vaho y el humo de los pucheros del hogar le revuelven los jugos gástricos.
Pero su madre está todavía rumiando el malhumor que por la mañana le causó el señor maestro, cuando le recriminó que no dejara a los niños acudir a escuela. En el instante en que Eutilia va a entornar levemente los ojos le reprocha la pérdida de tiempo. Con gesto áspero le pone la manoseada enciclopedia sobre el alda y la manda con vehemencia a la mesa para que estudie a la luz del candil.
La niña va a obedecer desesperanzada, pero en un momento en que su madre se ausenta vuelve a la escañeta y trata de coger un pedazo de tocino del puchero que hierve en la trébede. Mientras lo engulle precipitadamente tratando de no quemarse arrima los pies para secar aquellas viejas alpargatas, que con tanta ida y venida a la fuente la tienen aterida. ¡Se está tan bien allí! Se acurruca mientras se acuerda de que al otro día tiene que ir al río a lavar y se queda dormida junto al hogar, sin ocasión de abrir la enciclopedia. Don Pedro comprenderá.
Durante unos breves instantes duerme serena y profundamente, sus problemas y preocupaciones desaparecen momentáneamente. De pronto una sintonía demasiado chillona la despierta, en la tele va a empezar un programa sobre explotación infantil en el tercer mundo. Se levanta con esfuerzo y tras apoyarse pesadamente en la mesa camilla borra con un gesto tanto inútil recuerdo viejo. Se acerca con dificultad a la habitación de al lado y comprueba con alivio que su pequeño nieto espera con plácido sueño a que llegue la noche y sus padres terminen de hacer horas extraordinarias en la empresa que los mantiene. A la que mantienen.

http://pedrodeh.blogspot.com

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

Lo más leído