BALSAMÍA DE PALENCIA EN FIESTAS

La noche espesa de San Antolín acaricia Palencia dejando tras de sí el ulular de las sirenas de la feria. Olor a churros y fritanga, a zapatos nuevos y ducha vieja. En estos días las trompetas del silencio no soplan sobre Palencia y la ciudad resiste en vigilia permanente. Los dioses del trabajo se hospedan en los brazos de Morfeo y la Calle Mayor sustituye las prisas de las compras y de los negocios por los saltos y las carreras y las voces de los peñistas. La ciudad se vuelve de color limonada y los Cuatro Cantones son el ombligo del mundo.
El ocio es el único dios, laico, seglar y beodo, que pervive estos días en la ciudad, viva, increíblemente despierta, palpitando detrás de los viejos adoquines, entreabriendo los balcones, acechando cada minuto que pasa para ver lo que hay dentro y sacar partido de él, analizando las entrañas de cada paso dado para adivinar el próximo.
La niña de la soga se ha ido a charlar con la castañera unos metros más allá y critican el atrevido desnudo del parque de la isla Dos Aguas. La castañera, que es ciega, dice que ver para creer, que a ella lo que le importa es que le duelen los huesos porque el tiempo va a cambiar. La niña de la soga quiere que Jerónimo Arroyo salte con ella, pero no está el hombre en la Bocaplaza, pinta que te pinta, dibuja que te dibuja, para perder el tiempo.
Mientras, Palencia, bella y desconocida, respira lenta y profundamente. Una leve brisa, íntima y cálida, recorre la Catedral y se detiene en cada cuadro, en cada imagen. Las estrellas hacen de guía y le explican a la noche cada uno de los rincones, cada uno de los autores. Azulados sueños, memorias de esplendores añejos, surcan la cabeza de Alejo de Vahía que juega, oniromántico, a adivinarle el futuro a Berruguete. “Llegarás lejos”, se dicen el uno al otro al despedirse. Al tiempo, los árboles del Salón bailan, frenéticos, el Rock de la Cárcel de Miguel Ríos, rock & Ríos, el blues del autobús.
Se contorsiona el barrio de la Puebla, entre olas de alcohol y vómitos juveniles, mientras el río Carrión estalla en reales fuegos de artificio sonoros, barrocos, que explotan allá en lo alto, orlando la cabeza del Cristo del Otero, que tiene que agacharse por si acaso. Mágica noche para la ciudad insomne, la ciudad que saca pecho y se rebela, impotente, contra el imperio del otoño que, mírale, mírale, asoma ya entre las nubes de Orbó y Santullán, que guiña un ojo para disimular mientras aparece y desaparece entre las curvas de la carretera de los pantanos.
Mágicas noches del otoño mesetario, del invierno estepario, que todavía no es pero ya se presiente. Que espere, que espere, que Palencia tiene antes que recrearse, que Palencia no se puede poner, que está ocupada mesándose los cabellos, celebrándose a sí misma, sonriéndose en sus parques y jardines, admirándose en la torre de San Miguel, jaleándose a golpes de Cimbalillo, vistiéndose morada y hermosa, pintándose los labios para ir a la verbena, que es San Antolín y está de fiesta.
En las orillas del Carrión se estrella Lancáster cada mañana, cuando el Cristo del Otero baja, antes de que amanezca, a asearse y prepararse, impertérrito, hierático, para otro duro día protegiendo a la ciudad que faldea, irresoluta, el monte “El Viejo”. Ruy Díaz le sonríe y le transmite el santo y seña cuando cambian el turno. Deja El Cid, San Lázaro a su espalda, camino del reposo, camino de Jimena, viejo camino de Burgos, que la ciudad se pervierta durante unos días y se entregue con ilusión a pensar que no hay futuro o que qué más da.
La niña de la soga, cansada de esperar a que Jerónimo Arroyo baje el gesto, se sienta en el bolo de la paciencia a anhelar que pase un niño con traje de marinero que la retire de la calle. Pero es septiembre, y los marineros atracaron a sus padres cuando la Primera Comunión y se cortaron la coleta hasta la primavera que viene.
Mágico sueño de una ciudad que no para el tiempo, injusto y maldito, que no detiene a Cronos, parricida antropófago, que se aleja y se difumina paso a paso, entre la neblina de Tierra de Campos, Tierra sin Horizonte, Campos de tierra, polvo, sudor y hierro. Dentro de poco volverá la soledad del tiempo gris y Palencia se perderá con el mundo en la noche larga del invierno, del infierno de las nieves y las brumas.
Duerme Palencia su siesta etílica, la cabeza sobre el Puente de Don Guarín, las caderas entre Puentecillas y el Puente Mayor, los pies en el Puente de Hierro. Todavía es San Antolín, y el eco que repite alcoholín, colín, lin, lin, anuncia que Palencia se resiste a entregar las armas al General Invierno.
http://pedrodeh.blogspot.com

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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