Dicen las crónicas que han vuelto los intransigentes. Dicen que los mismos demócratas que el otro día casi sacudieron el polvo a Piqué y Acebes se le han alborotado a Fraga en una conferencia. En un intento de conferencia. Dicen que eran los mismos aunque se habían cambiado de cara, de ropas y hasta de nombre. Incluso dicen quienes estaban presentes en ambas ocasiones que habían cambiado unas expresiones con demasiados sonidos palatales por otras con demasiados seseos.
Pero no podían disimular que eran los mismos jovenzuelos demócratas de toda la vida que hace tiempo boicotearon a Carrillo, ya no consigo recordar dónde. Incluso ese sonriente chico que aparece en las fotos levantando los brazos mientras llamaba fascista a Fraga es uno de los que gritaban asesino a Carrillo. Son los mismos comprensivos y respetuosos jóvenes que consideran que hay que ser necesariamente de su partido para tener razón, son los mismos tolerantes de toda la vida que fusilarían al amanecer a golpe de insultos lapidarios a todos los que no son tan demócratas y razonables y transigentes como ellos.
Se consideran víctimas de la injusticia de una guerra injusta que ganaron los injustos defensores de los ideales contrarios a los suyos. O que a pesar de que los suyos la ganaron justamente en el campo de batalla no la han sabido rematar en el campo de la paz justa, qué más da.
Son los que no quieren que acabe la guerra civil, son los que le sacan más partido a todas las tropelías que se cometieron en España en la década de los años treinta que los monotemáticos directores de cine español. Son los que creen que todavía no ha habido demasiados muertos, que no ha habido todavía demasiadas prohibiciones, que todavía no ha habido demasiados boicots. Son los que necesitan llenarse la boca de insultos, son los que….
(No puedo continuar, han llegado unos chicos que me amenazan muy respetuosamente con cortarme el cuello si no dejo de escribir; un grupo de ellos me grita que soy un fasciocomunista de mierda que cuando estaba en el parvulario acusé a un niño de meterse el dedo en la nariz. O de agacharse a mirar por debajo de las faldas de la seño. O de ambas cosas, no estoy seguro.
Uno de ellos se acerca a mí y me apunta muy democráticamente con una pistola mientras me grita con mucha educación que los delatores no tenemos derecho a escr