Ser padre es extremadamente fácil, basta con portarse como un animal sexuado, encontrar hembra placentera y esperar que la naturaleza siga su curso. Ser padre es fácil, bonito y hasta entretenido. Además hasta para algunos es una excusa para echar un cigarrito después del intento sin que haya un camarero con cara de asno que te lo impida.
Lo difícil, muy difícil, lo extremadamente difícil es ser buen padre. En el adjetivo, sólo en el adjetivo está la diferencia. A veces, cuando examino profesionalmente el comportamiento de determinados animales bípedos “procreativos”, me entran ganas de hacerme político, conseguir un escaño en las Cortes y vender mis votos al partido que se comprometa a exigir un curso y un carné especial a aquellos ciudadanos que pretendan ser padres. Si se exige una licencia para llevar una motocicleta o para ser cazador, ¿por qué no se exige un carné para ser padre? Ser un mal padre es infinitamente más peligroso que tener mala puntería o conducir una moto de menos de 50 cc. El daño que se puede causar es infinitamente superior.
Viene a cuento esta rápida reflexión mía de las dos noticias que la respecto de la educación han alcanzado en la última semana las portadas de los periódicos, la del niño inglés que en plena tierna infancia pesa ya ochenta kilos, y que ha estado a punto de ser separado de su mala madre por los servicios sociales, y la de otra madre cuyos dos hijos pequeños trabajaban como actores, hasta el punto de que la noticia hablaba de “explotación” infantil. Al final, en este caso español, aunque al parecer los niños estaban en este momento trabajando en Argentina, la madre ha sido privada del derecho de paternidad de sus hijos.
Concebir un hijo es de las cosas más elementales que puede llegar a hacer un ser humano, sin embargo para ser padre hace falta grandes dosis de sentido común, sentido privilegiado que le faltaba a la madre inglesa del primer caso, que ya de bebé le proporcionaba a su retoñito un biberón cada hora!!! Lógicamente el pimpollo se llegará ahora por dos o tres hamburguesas cada vez que respire. Por cierto, de verduras, de frutas y de otros buenos alimentos la madre no quería saber nada de nada, porque a su hijito no le gustaban. ¿Y quién era ella, madre abnegada, para contrariar la santa voluntad de ese pedazo de carne con grasa producto de sus entrañas?
En el caso de la madre explotadora… qué les voy a decir yo, amigos lectores, si ya el pequeño actor (me gustaría saber en qué anuncios ha participado tan precoz criatura para no comprar los productos en cuestión) faltó cuarenta días a sus obligaciones en la escuela primaria? Les cuento un detalle más, cuando los servicios de protección al menor les pidieron que acudieran para realizar el pertinente estudio la madre y los niños no pudieron acudir porque se encontraban trabajando fuera de España.