Yo siempre he dicho que dejé de votar socialismo gracias a Felipe González de la misma forma que jamás votaré al PP gracias a Aznar. Es una premisa que me gusta dejar clara con frecuencia porque corren tiempos en los que enseguida te identifican con unos o con otros. No parece haber medias tintas y si no estás con uno de ellos es que estás contra él. Bueno, pues yo no estoy con ninguno de los dos grandes y a partir de ahí pueden ustedes deducir lo que quieran, incluso que estoy contra los dos.
Lo digo porque como podrán los lectores comprobar en el blog no soy columnista de grandes fobias ni filias. Ni de grandes ataques ni grandes loas tampoco. He seguido con críticas las afanosas tareas de Zapatero como presidente de mi gobierno, como por ejemplo el día que en vez de explicar ante las cámaras lo de la T4 mandó a Rubalcaba y De la vega a ocupar su lugar, tardando demasiado tiempo luego en realizar una visita, con lo bien que estaba él en Doñana.
Si el lector es curioso o asiduo comprobará que lo de De Juana me lo tomé sin grandes críticas, a la espera de ver lo que estaba por venir, aceptando que entraba dentro de las tareas del gobierno el hacer o no hacer lo que hizo.
Lo que ya me empezó a sentar mal, bastante mal, fue lo de Otegui. Aquí no había duda, no había excusas de riesgo de muerte ni nada de eso. Aquí se trataba simplemente de que el ejercicio de la Justicia entorpecía las pretensiones de Zapatero. ¿Que la Justicia, el imperio de la Ley, impide las pretensiones del Gobierno? ¿ Y quién está antes, la Justicia y la Ley o el Gobierno y sus pretensiones? Y me cabreé, claro. Eso de que la Justicia fuera por un lado y el gobierno, mi Gobierno, por otro me descolocó. ¿Cómo es que mi Gobierno no sigue el camino de la Justicia? ¿Para qué está la Ley? Y empecé a entender del tema menos que el seleccionador nacional de fútbol (E interpreten la frase como les dé la gana, amigos lectores)
Bueno, pues me senté en el sillón de las grandes ocasiones y me dediqué a ver pasar el tiempo. Frente a mi balcón abierto de par en par, con la calle mayor de mi pueblo debajo de mí, llegándome el aire de la primavera, dejé que mi imaginación vagase sin límites. Oía lejanas las voces del colegio que hay unas manzanas más abajo, a dos señoras que volvían de la pescadería quejándose de que luego dicen que el pescado es barato y a dos ancianos que hablaban muy elogiosamente de las fotos de Elsa Pataki. Pasaba el tiempo y mi mente seguía erre que erre parada en Otegui. Por fin el acatarrado autobús de la línea 35 me hizo perder mi aire catatónico, cerré el balcón apresuradamente, no sin antes haber gritado a los cuatro vientos que esto no hay quien lo entienda, y decidí escribir una lista de las cosas que menos me gustaban de Zapatero.
Permítanme que comparta con ustedes una de ellas: Que se haya entregado tan ciegamente en manos de ETA. Porque Otegui, que se acaba de hacer una foto delante de las banderas de Navarra y Euskadi, sigue en sus trece, oiga. Que no le he visto cambiar en nada, que sigue sin decirnos que los de ETA son malos y que los repudia (particularmente estoy convencido de que dará igual lo que diga, que es capaz de decir lo que le pidan con tal de participar en las elecciones, sin que ello signifique el fin de ETA).
Y entonces me surgen algunas preguntas: A ver, si el famoso comunicado de ETA que espera con tanta ansia para que le haga ganar las elecciones no llega, si ETA se hace de rogar y sigue exigiendo…. ¿Hasta dónde cederá Zapatero a cambio de esas cuantas líneas que le servirán para decirnos a todos “Veis, yo tenía razón”? Porque si no cede y le ponen otra bomba, que acabaría con él y su proyecto…
Bueno, dejo mis reflexiones aquí truncadas. Hay cambio de horario y nos roban una hora de sueño. Maldita sea. No, de esto no culpo a Zapatero.