Ha sonado el trompetón de la Semana Santa (¿por qué el Catolicismo oficial celebra más la Semana Santa, que es muerte, que la Pascua, que es Gloria y vida? Da para pensar) y los españoles se han lanzado, todos a una, con gran regocijo y entusiasmo a la autopista.
Como si alguien hubiese dado la señal oficial de salida, Pepe Españolete, urbanita encantado de haberse conocido, se ha lanzado a las vacaciones con el mismo desespero que un náufrago se arroja a un islote desierto.
Encorsetada en el utilitario, la familia, abuela y canario incluidos, afronta con alborozo mil kilómetros de carretera, ay, papa, para, que me hago pis. Mil frenazos más tarde, mil atascos después, hijamujer, y con la caló que hasse, mil peligros después, mira, Pepe, qué torta se han dao esos, el español ha llegado por fin a Marbella, mira, mira, qué bikini más bonito, Jesús, qué precio, para encontrar las mismas caras, los mismos problemas, los mismos aparcamientos repletos, pero, eso sí, con el precio en inglés.
Claro que a Pepe Españolete, muy consciente de los deberes que conlleva estar de vacaciones, esto no le preocupa, que todo tiene sus pros y sus contras. Lleva soñando con estas vacaciones desde el seis de enero y nada del mundo, ni la peor de las tormentas, ni la huelga de pilotos, conseguirá arruinárselas. Desde que en la oficina alguien le dio la despedida formal él está de vacaciones. Lo sabe, pero no le parece suficiente: ha de hacérselo notar a todos cuantos tengan la desdicha de cruzarse con él en la acera o coincidir en el ascensor.
Ha colgado en la misma percha su traje, su corbata y su higiene, y viste un cómodo e informal uniforme que delate a la legua que él no está para nadie ni para nada que no sea marisco con aceitunas de aperitivo. Para ello luce orgulloso un pantalón vaquero al que su santa le cortó las perneras el día de las vaquillas del pueblo. Como de aquello hace ya varios años y Pepe ha subido dos tallas, el pantalón aprieta endiabladamente y colabora con generosidad a señalar la obscena y degenerada barriga de su propietario.
Calza nuestro hombre con acertado garbo unas viejas zapatillas de deporte y unos raídos calcetines que alguna vez fueron blancos. Son recuerdos de un lejano día de una lejana juventud, cuando el tenis se puso de moda gracias a Manolo Santana, pero sabiamente conservados forman ahora parte del cuidado atuendo del “homo vacationantis” de fin de milenio. Qué le vamos a hacer, son elementos imprescindibles que delatan por sí solos que Pepe Españolete está ya de vuelta de todo, menos de vacaciones.
El complemento ideal para el necesario desaliño lo forman sendos cercos bajo las axilas, barba de tres días y la pechera a los cuatro vientos. No se crea que la cosa es baladí, no. Las obligaciones hay que dejarlas aparte en tiempo de vacaciones, y bastante se afeita y lava el hombre durante el resto del año. Por otra parte, si a alguien no le gusta que arree, que bueno soy yo.
Llegado el caso puede colgar de la pechera de dicho uniforme, cual medallas al mérito en la batalla, diversos adminículos de la más avanzada tecnología óptica, que le proporcionarán señoriales tardes de recuerdos vapuleando la paciencia del aterrorizado vecino que se ha atrevido a subir por la sal, mira, aquí íbamos a entrar en ese restaurante tan caro.
Últimamente ha añadido a todos ellos, con serio y legítimo orgullo, un nuevo emblema, la más reciente condecoración, el último avance en la técnica de los comunicaciones, oye, tú, gozoso símbolo de su poderío económico y estatus social, que prende desenfadada pero notoriamente de un costado de su pantalón.
Si tiene suerte sonará en un momento en que esté rodeado de mucha gente, qué grande eres, Pepe.
*(Escribí este artículo en 1999; el lector dirá si hay mucho que cambiar)