¿Vale todo para gobernar? ¿Vale el silencio de Rajoy sobre la insensatez de Ecclestone? ¿Valen las tonterías sin sentido que oímos cada día en cada mitin? ¿O por el contrario los políticos tienen sentido común? ¿No se avergüenzan nunca de lo que dicen? ¿Vale pactar con cualquiera para poder controlar el poder? ¿Gobernar a toda costa?
Me quejo por la agresión a dos concejalas del partido popular en Bilbao, por las personas que han intentado reventar el acto del PNV, pero me quejo por las alianzas, sobre todo por las alianzas que se están fraguando en las traseras de las sedes de los partidos políticos. Porque si los agresores o los reventadores son personas a las que se critica y persigue, y se les llama simple, llana y directamente enemigos de la democracia, llámeles fascistas o leninistas, qué más da, habría que inventar un nuevo nombre para aquellos que de espaldas al resultado de las urnas pactan gobiernos y alcaldías. Pactos a la cántabra o a la gallega, aliarse con cualquiera, con el único electo del último mono electoral, con tal de gobernar afectan al sentido de la democracia, desvirtúan su valor y vienen a afectar la opinión del votante sobre la limpieza del juego.
Los reventadores y los agresores pretenden gobernar, siempre con el apoyo de su partido, imponiendo el valor de la violencia, del fuego, de las piedras, de los insultos sobre el valor de una papeleta. Pactos a la cántabra, o pactos a la catalana, reiteradamente todos contra uno, contra el mejor, contra el elegido, son igualmente imposiciones violentas contra la voluntad de todos. Las imposiciones, da igual de cuántos, hay que sumar más que el otro, son imposiciones.
Y la imposición no es democracia.