Un ciego en el Capitol (Capítulo VI «La Diligencia» Primera parte)

Durante los próximos días iré publicando capítulo a capítulo y siempre a esta misma hora, 7,30 de la mañana, el inicio de mi nuevo libro: «Un ciego en el Capitol». Días como hoy, con un capítulo más largo, publicaré la segunda parte a las seis de la tarde.

Capítulo VI «La diligencia», primera parte.

Yo llevaba varios meses detrás de Lorenzo, criticándole para que no nos trajera más comedietas de segunda fila, ligeras e intrascendentes. Pero Lorenzo siempre me despedía con palabras bonitas, vagas promesas y un par de palmadas en la espalda. Se explica porque algún tiempo antes había tenido una fuerte pelotera con el cura del pueblo en pleno casino, con la barra y las mesas llenas de parroquianos que tomaban café y jugaban las interminables partidas de siempre, a costa de “tanta marranada como nos estás trayendo, Lorenzo, que la gente no es de piedra y luego pasan las cosas que pasan”. El cura bramó y bramó sin cesar hasta que Lorenzo acabó por tirarle a la cara las fichas del dominó, marchándose sonriendo con desvergüenza, silbando y con los pulgares debajo de la sobaquera de su elegante chaleco. Sólo cuando dos días después el párroco amenazó con plantarse delante del cine e “ir sacando fotos de los pecadores que entren a ver esas películas para ponerlas el domingo en el tablón de la parroquia” Lorenzo desistió de exhibir determinados títulos y yo me quedé sin ver buen cine. Por si no fuera bastante con la censura de todos los españoles nosotros teníamos a Don Genaro de párroco.

En realidad el dinero a Lorenzo no le venía por el cine, no. Era uno de los dos socios de la principal empresa de construcción de los alrededores… Bueno, de la única. Aquellas que una vez habían existido habían terminado arruinadas o absorbidas por “Lorenzo y Bernardo Sociedad Anónima”, que tras diversas maniobras se había hecho dueña y señora de todas las obras de la comarca. Se decían muchas cosas de Lorenzo y de su forma de arrinconar a los pocos constructores que tuvieron la osadía de hacerle frente, todas ellas malas y casi todas ciertas, pero la verdad es que era la persona más envidiada de toda la comarca y que todas las mujeres jóvenes hablaban de él con admiración.

Y ustedes perdonen tan larga digresión, que empiezo a hablarles de mi pueblo y se me va el oremus. Yo les estaba contando que quería ver, ustedes ya me entienden, películas de más enjundia que las que últimamente nos estaban poniendo en el Capitol. Y la Maripuri también, que siempre le habían gustado las historias trascendentes y con un puntito canalla. Pero Lorenzo era el tío más insensible que jamás me he echado a la cara y de nada le valían nuestras insistencias. Así que decidimos que para ver buen cine teníamos que ir al Sharandon, lo que implicaba tomar el autobús de línea, propiedad de la Manolo’s Travel Car, que unía todos los días nuestro pueblo con la capital.

Pero Manolo lo que era sobre todo era avaro. Mi padre cuando volvía borracho de la ciudad (Ojo, mi padre era muy serio para el trabajo, jamás iba a su paso a nivel hasta un día después de que se le hubiese pasado totalmente la borrachera) decía que el Manolo’s Travel Car no era más que uno de los últimos vehículos de transporte de tropas de la guerra civil y que desde entonces estaba necesitado de una urgente reparación sin que a pesar de las décadas transcurridas le hubiese llegado el feliz momento. Así que dada la “solescencia” del autocar, según decía mi culto padre, no era de extrañar que los mozos más ocurrentes y sarcásticos del pueblo (no precisamente los que iban al cine a insultarme o a apedrearse con mendrugos de pan) le hubiesen puesto de mote La Diligencia.

La Diligencia era un vetusto artefacto motorizado (Me cuesta llamarlo autocar) con ventanas cuadradas que jamás nadie había conseguido abrir y cuyo maletero estaba permanentemente ocupado con piezas de recambio, cuerdas, herramientas y variadas latas de ignoto contenido, muestra de la desconfianza que sentía Manolo ante el vehículo que estaba condenado a conducir. Tenía a cada lado una hilera de bancos corridos, con respaldo absolutamente vertical, tan duros e incómodos que podían hacer la competencia a las butacas del Capitol. A diario en ellos solían acomodarse, es un decir, los cuatro hijos del pueblo que podían permitirse ir a la capital a estudiar, algún señorón que iba a consulta médica y alguna jubilada que acudía de tarde en tarde a visitar a su hijo, tal vez apoderado de banca o corredor de seguros. Los domingos, en cambio, una amplia representación de atildados jovencitos, tan ignorantes como presumidos y atrevidos, convertían sus cuarenta y cinco plazas oficiales en sesenta o setenta, gracias a los bancos corridos y a que donde caben cuatro caben cinco o tal vez seis.

El camino hasta la ciudad no era Monument Valley pero el traqueteo era igual que el que sufrieron John Wayne, Claire Trevor, y Thomas Mitchell durante su ajetreado viaje. Yo de buena gana hubiera llamado a Yakima Canutt, el doble de Wayne, para que ocupara mi lugar y sufriera en mi nombre. Uno terminaba esperando que tras cualquier recodo del camino surgiera una partida de indios que nos asaltase y nos alcanzase a las primeras de cambio, permitiendo un descanso a nuestro molido cuerpo a cambio de quedarse con nuestras pertenencias y muy probablemente con nuestras cabelleras. Mejor que no fuera así, porque aún si La Diligencia no sufría ningún percance llegaríamos con el tiempo justo para entrar en el Sharandon, al que todos llamábamos el Sabañón, por el riguroso frío que en invierno abarrotaba su patio de butacas.

(Esta tarde a las seis publicaré el final de este capítulo)

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Pedro de Hoyos

Escribir me permite disfrutar más y mejor de la vida, conocerme mejor y esforzarme en entender el mundo y a sus habitantes... porque ya os digo que de eso me gusta escribir: de la vida y de los que la viven.

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