Siguiendo las entradas de los lectores en cualquier blog, en éste por ejemplo, se sabe con facilidad qué noticias de actualidad son más buscadas en Internet, lo que lleva a saber qué preocupa a los españoles, qué intereses políticos y qué informaciones demandan. En días pasados todo lo relativo a la presentación en Madrid de Unidad, Progreso y Democracia se llevaba el 50% de las páginas visitadas en este blog. Pero no se trata sólo de informaciones de la más estricta actualidad, hace dos años escribí unas líneas absolutamente intrascendentes sobre Bolivia y los movimientos autonomistas e independentistas en Santa Cruz de la Sierra que todavía, tanto tiempo después y a tantos kilómetros de distancia, sigue siendo un artículo muy visitado desde América. Si algún lector español lo visitara ahora se llevaría un chasco, por la aludida intrascendencia de lo escrito, digo.
Es una forma de conocer las preocupaciones del común de los mortales y qué ideas que va dando vueltas en la cabeza, quizá mientras conduce, mientras va en autobús o hace la cola del pescao. Otra forma es estar en contacto con la gente, claro, y hacer uno mismo esa cola del súper o montar con más frecuencia en autobús. Es sin duda más directo y permite el acceso a otro sector social.
Pues ayer sábado me fui al súper de mi ciudad, como tantas otras veces, a hacer parte de la compra semanal y me detuve por imperativo matrimonial en la sección de productos lácteos. Qué variada es la sección de lácteos, la de posibilidades que ofrece al consumidor, ¿lo han pensado alguna vez?, yo suelo sumirme en un estado de semiabandono y perplejidad mientras contemplo la cantidad de marcas y elecciones diferentes que uno puede realizar: Entera, semidesnatada y desnatada; cada una de ellas además, con calcio o sin calcio, con o sin soja, con o sin isoflavonas y un sinfín de opciones más que no consigo recordar; multipliquen ahora todo eso por la enorme cantidad de marcas, formatos y tamaños diferentes y se obtendrá como probable resultado un importante dolor de cabeza: el mercado de la leche es inacabable.
Pues en dicho estado de perplejidad me encontraba yo ayer por la mañana cuando un amable lector me abordó de improviso, es la ventaja que tiene vivir en una ciudad pequeña, que la cola del pescao viene a ti sin necesidad de que te pases media hora oliendo a rayos. El lector, que me recordaba más del programa de la tele que de mis columnas, vaya por Dios, dueño de un sentido común, una facilidad de palabra y una simpatía excepcionales me planteaba si no se puede hacer nada para parar “esto que está pasando con España”. Y se refiere al acoso del nacionalismo, la quema de retratos del Rey y las declaraciones de botijo con diez agujeros de Carod en Alemania.
Pero hay muchos otros sitios donde uno puede poner la oreja a las preocupaciones del ciudadano. El bar, ese bar donde ya nadie da cafés a ochenta céntimos, ha sido siempre el refugio donde muchas personas encuentran en el camarero un hombro sobre el que llorar y unas orejas pacientes que no se cansan de escuchar, uno tras otro, a todos los clientes que haga falta. Siempre he opinado que si los neoyorquinos, los norteamericanos en general, tuviesen las tertulias de bar que tenemos en España el gremio de siquiatras sería mucho más reducido y Woody Allen nunca habría rodado tantas películas.
También ayer por la tarde, una tarde hermosamente otoñal, apacible y soleada, me fui al bar, a la barra del bar, donde la proximidad física es mayor, y en vez de buscar el consuelo del camarero fue el camarero el que se confió a mí: “Yo soy cántabro, me dijo, aunque lleve muchos años aquí, pero viajo mucho y esto que está pasando con España…, ¡pero si ser cántabro, andaluz, catalán o murciano no te quita para sentirte además todo lo que quieras! Bueno, la verdad es que quizá es porque viajo mucho, ya digo…”
Y nada más que contarles, amigos lectores, pero que en el mismo día me hayan ocurrido estas dos cosas me ha dado mucho que pensar, mucho que pensar, mucho que pensar, mucho que pensar, mucho que pensar, mucho que…..