A uno de pronto le entran ganas de que todo esto acabe pronto y nos pongamos a hablar de política con mayúsculas, de política de verdad, de esa política que construye los países, dinamiza las generaciones y proyecta la sociedad hacia el futuro. Estos últimos años han supuesto un estancamiento social, una larga parada política con trasbordo en la mala leche, haciendo noche, una larga noche, en el enfrentamiento vano e intrascendente. Espero por los españoles que el tren al que vamos a trasbordar sea el que llega a la estación el nueve de marzo.
Quizá lo que menos importe sea el nombre del maquinista si tiene claro que el primer decreto que debe firmar será el que afirme que cualquier tiempo pasado fue peor, prohíba mirar para atrás y entregue el título de tonto cum laude al que no hable de futuro y sólo de futuro.
Que de los asesinatos de casi doscientas personas no hayamos sacado la conclusión de que juntos y unidos estamos mejor, que cuatro años después sigamos arrojándonos los cadáveres a la cabeza de los rivales, indica que aquello nos hundió en el fango y en la ignominia. Que todavía los dos principales partidos políticos estén interesados en sacar «a pasear» lo ocurrido aquellos días, que desde los titulares de la prensa adicta sigan arrojándose a la cabeza el sumario del juicio indica que nuestros políticos no han aprendido nada, que le han tomado gusto a la bronca y a la mala leche y que posiblemente las consultas de los siquiatras de toda España debieran organizarse y hacerles una rebaja si acuden todos en tropel.
El caso es que hemos perdido cuatro años discutiendo si el PP y el PSOE eran galgos o podencos, cuatro años de dudosa eficacia política, de irresponsabilidad partidista. Afortunadamente España ha sabido seguir el rumbo económico del resto de Europa sin abandonarlo. Sin embargo hemos pasado cuatro años sin deshacernos de la sombra de los atentados de Madrid que todavía influyen estúpidamente en nuestros políticos.
Que de la paranoia de un político iluminado, golpista, barriobajero y maleducado o de la desvergüenza de un político corrupto e ineficaz que antes fue terrorista, hallemos motivos para el enfrentamiento interno entre PP y PSOE indica que nuestros prohombres están al mismo nivel de memez y demagogia que el loco presidente bananero de Venezuela o que el impresentable presidente nicaragüense.
La pregunta es si tendremos que vivir los cuatro meses que faltan hasta marzo con la presencia soez y permanente de Hugo Chávez en nuestro terreno de juego nacional, la pregunta es si el nefasto líder de Bananozuela, su verborrea, su desvergüenza y su paranoica facundia van a estar presentes subrepticiamente en las próximas elecciones generales, la pregunta es si el gran orangután de Bananozuela le tomará gusto a la cosa e intervendrá también en nuestros asuntos internos.
Si así fuera sería absolutamente imposible hablar de política con mayúsculas, de política de verdad, de esa política que construye los países, dinamiza las generaciones y proyecta la sociedad hacia el futuro.