A veces hasta parece que la Justicia funciona y todo. Bueno, en realidad funcionará siempre, supongo, menos para los que pierden. El caso es que sentencias como la que condena a Federico Jiménez Losantos me reconforta. Jamás nadie manipuló los micrófonos como él, jamás nadie tronó tan fieramente como él, jamás nadie osó ofender a la profesión periodística como él, jamás nadie utilizó tan torticeramente los micrófonos como él.
Lo que él hacía y seguirá haciendo durante un tiempo, me temo, es cualquier cosa menos periodismo serio y objetivo. Periodismo basura, vaya. Pretender que un partido político evolucione como a ti te da la gana, vote como tú quieras y decida lo que tú quieras es pretensión demasiado grande para tal personaje. Más, mucho más poder que Jiménez tiene la familia Polanco y siempre supo disimular taimadamente pretensiones semejantes a las del ¿periodista? turolense. Incluso a ellos, después de tantos años, empieza a irles mal, Zapa les ha hecho un feo y ellos corresponden de vez en cuando con, todavía, pequeñas andanadas contra el Gobierno.
España es país de grandes comunicadores radiofónicos, que la justicia coloque en su sitio a quien ha pervertido su función, endiosándose y creyéndose con posibilidades de dirigir un país desde los micrófonos es cosa buena y reconfortante. Que tomen nota sus superiores. Me gustaría escuchar por las ondas de su emisora la lectura del texto de la sentencia. Afortunadamente tengo mejores cosas que hacer. Me conformaré con ser testigo de la decadencia del personaje, amén Jesús, o al menos de su salida de la emisora episcopal.
Alabada sea la Justicia
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A mis lectores: creo que alguien está confundido. Seamos sensatos, la sentencia dice exactamente que «Una cosa es realizar una evaluación personal, por desfavorable que sea, de una conducta y otra muy distinta es emitir expresiones, afirmaciones o calificaciones claramente vejatorias y además desvinculadas de esa información».
Recuerdo igualmente a quienes han intervenido en los post algunos de los adjetivos que Losantos dedicaba a Zarzalejos: «Ridículo, bobo, avieso, zote, mentiroso, traidor, despojo intelectual, fracasado y cosa grotesca». El fallo afirma que son «insultos en el más esctricto sentido de la expresión».
No estamos hablando de crítica ni de periodismo, estamos hablando de ofensas barriobajeras, insoportables para cualquiera con dos dedos de frente.
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