La derecha nunca luchó por la igualdad de los hombres y las tierras de España. Y si lo hizo nunca lo contó, publicitó o no lo supo comunicar. En esto la pobre derecha tiene un largo camino que aprender. Ahora, de mano de una izquierda populista, vana de compromisos sinceros excepto consigo misma y con los suyos, caminamos hacia una España más y más desigual, en la que los ricos defienden con naturalidad leyes que los privilegien, aun a costa de los más pobres. Y la izquierda, que había sido siempre internacionalista, ahora defiende los nacionalismos (basta ver ese conglomerado llamado Sumar)… excepto el nacionalismo español (Ah, no, yo facha no, faltaría más) y apoya una desigualdad manifiesta, una destrucción de la vida común, todo ello sin que paradójicamente se caigan de sus labios las palabras igualdad o justicia. Sin que sus mentes públicas más privilegiadas sean conscientes de la contradicción. Sin que se caigan de sus labios otras palabras que por su excesivo uso y burda manipulación han perdido ya todo significado. Es lo que tienen los discursos adjudicados por la sociedad, que nos los creemos. Los clichés. Y ser de izquierdas, en mentes párvulas, viene a significar necesariamente ser demócrata y luchar por la justicia social. Aunque al mismo tiempo defiendan unas reglas para vascos y catalanes y otra para los de Venta de Baños y otros bichos secundarios semejantes.