CARLOS PECKER / PERIODISTA DIGITAL EN LO MÁS PROFUNDO DEL MUNDO MAYA

Crónica 1: Los Indígenas Mayas del Lago Atitlán

Crónica 1: Los Indígenas Mayas del Lago Atitlán

La Organización Mundo Maya, conformada por los ministerios de Turismo de Guatemala, Belice, Honduras, El Salvador y los Estados del Sur de México, ha invitado a Periodista Digital a un viaje de ensueño por los 5 países que conforman una de las zonas más misteriosas y sugerentes del Planeta Tierra.

A mediodía embarcamos en un vuelo directo a Guatemala Alida Juliani de la Agencia Efe, Carlos Moya de Nattule y yo. Después de largo rato, Iberia nos dice que se ha averiado un manguito y el avión pierde combustible (me recuerda a mi Seat Panda), lo que supone que se retrasa el despegue. Después de 5 horas sentados en estos asientos tan `amplios´, nos informa la pilota de que la avería está solucionada pero que no podemos partir porque la tripulación ya se ha pasado de horas de vuelo y tiene que descansar. Esto le pasa a Santiago Segura y hace otra peli de `Torrente´.

Al día siguiente, después de un largo viaje donde aprovecho para empaparme de la cultura Maya, aterrizamos en Ciudad de Guatemala, donde nos recoge Carlos Cruz en su Hyundai adormecida de 9 plazas y nos lleva directos a Sololá, para recuperar el día perdido. Antes se montan otros cuatro periodistas guatemaltecos: Astrid Judith Díaz, José Ángel García `El místico´, Ana Lucía González y José Javier Cordón `Dronman´.

La carretera está plagada de los buses típicos de Centroamérica, las conocidas parranderas, chivas, tomateras, burras o `chicken bus´ para los gringos, porque llevan pollos vivos en la parte de arriba.

A mitad de camino paramos en Tecpán, en el restaurante Chinoy, donde iniciamos nuestro contacto con la comida local tomando un ´levantamuertos´, un caldo con arroz, verduras, cilantro y limón, que me viene muy bien para el estómago, porque el aterrizaje de la pilota de Iberia fue harto desagradable y vomité varias veces la `plasticosa´ comida del avión, donde sabe igual el pollo que el pescado.

Después tomo un churrasco azul con aguacate, y vosotros diréis ¿qué será un churrasco azul?, pues pedir la carne tan cruda que parece azul, lo que en España sería vuelta y vuelta. Otros optan por el caldo de gallina.

Para beber, un jugo de tamarindo y de postre un pie de guayaba con piña. La gastronomía de Guatemala es excelente, y desde el principio te ponen tus tortillas de maíz calientes de cuatro colores: blancas, amarillas, rojas y negras. Según el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, el dios creador Tepeu hizo al hombre de madera, pero se quebró, luego de barro, pero se derritió, y al final lo creó del maíz e hizo cuatro razas: los blancos de Europa, los asiáticos amarillos, los indígenas rojos y los negros africanos, por eso hay cuatro tipos de maíz con esos colores.

Por la carretera Interamericana hay todo tipo de anuncios de políticos, y me dicen mis compañeros de la prensa que aquí no se vota, sino que se `antivota´, o sea, que se vota al menos malo, algo que me recuerda a nuestras últimas elecciones, donde hubo millones de indecisos hasta el último día, y hasta españoles que rompieron su papeleta delante de las transparentes urnas.

Gracias al `levantamuertos´ llego con fuerza a Panajachel, justo con el crepúsculo, y filmo mi primer vídeo para Instagram con la imagen del embarcadero del Lago Atitlán, donde apenas se divisan ya los tres volcanes que lo circundan: el San Pedro, el Tolimán y el Atitlán.

Navegamos en la oscuridad durante media hora hasta el pueblo de San Juan de Laguna. Durante el trayecto nos cuentan la leyenda sagrada de `Xocomil´, un extraño remolino que se forma en medio del lago que se ha tragado ya muchos `chapines´, como se llaman entre sí los guatemaltecos. Chapín fue un tipo de calzado español del S.XV, con unas alzas muy grandes y sin sujeción del talón, que al caminar producían un sonido especial, `chap, chap´, y de ahí viene su apodo de `chapín´.

Nada más desembarcar nos recibe Beatriz González, secretaria técnica permanente de la Organización Mundo Maya, que es la que ha organizado este viaje maravilloso por todo el territorio maya.

Como las cuestas de San Juan La Laguna son muy empinadas, mis compañeros periodistas se montan en los simpáticos `Tuc-tuc´, una mezcla de carro y moto de 3 ruedas, parecidos a aquellos isocarros grisáceos que iban por Madrid repartiendo mercancías cuando yo era un chaval. Aquí en cambio son de colores chillones, con luces de neón y llantas plateadas con artilugios tipo Mad Max. Yo prefiero ascender caminando, acordándome de nuestra Ruta de los 18 Héroes.

Sin más tiempo que perder, debido al retraso de Iberia, entramos en un Taller de Pintura muy original. El pueblo entero está plagado de artistas, unos cantan, otros componen, otros hacen vestidos con técnicas ancestrales, y casi todos pintan. El caso es que el Taller está lleno de cuadros y máscaras que decoran abuelos, padres, madres e hijos. Animales autóctonos, mazorcas de maíz, indígenas trabajando, paisajes selváticos… los temas están relacionados con su intensa vida y todo lo que les rodea.

Aunque nos dejan unas pinturas de nuestro nahual para que nos sirvan de referencia, la realidad es que mi Tz´ikin es un `puritico´ desastre, se parece más a una medusa enfadada que a un pájaro. Pero eso sí, nuestro maestros pintores indígenas son muy risueños y se parten de risa con nuestros horribles bocetos.

Cenamos en su restaurante comunitario junto a las cocineras, sus hijos y los organizadores de nuestra visita, un pollo con arroz y la fruta de los Dioses, que son jalotes con miel y canela.

Después de tan deliciosos platos, nos comentan la importancia de las cooperativas que se han ido formando por todo el territorio maya, para mantener y rescatar sus costumbres ancestrales y tener financiación comunitaria para mejorar el trabajo, la educación, la sanidad y la cultura de los mayas. Un proyecto ejemplar.

Para cerrar este día tan intenso, nos llevan a una pequeña cabaña donde nos recibe el grupo Tz´utuj (flor de milpa), compuesto por los hermanos Tzep, que han ido investigando sobre las músicas de sus ancestros y ahora dan conciertos por el mundo entero.

Sus instrumentos están construidos con materiales naturales, sin plásticos ni metal, y reproducen los sonidos de animales de la selva y ruidos de la naturaleza. Con el tecomate consiguen el canto de la galletera y de otras aves, con el bajlam imitan el fiero gruñido del jaguar, el imosh les sirve para los audios de las cascadas y de la lluvia, y con el silbato de guerra simulan el inframundo o shibalbá. Además, tienen tambores de varios tamaños, caparazones de tortugas, marimbas, maracas y una caracola que representa para los mayas el principio y el fin.

El concierto es una delicia, con canciones como `Kikotemal´ (alegría y felicidad) o `Kotzij´ (flor), dedicada a los 4 colores del maíz. Pero lo mejor se queda para el final. Tenemos la inmensa suerte de que nos acogen los indígenas en sus escuetas casas y nos ofrecen sus mejores habitaciones, su agradecimiento y su encantadora compañía.

A mí me toca con Lourdes y Pedro, y me dejan la cama más grande de su humilde morada para que duerma, como dice la dueña, `como un bebé´. El agradecido soy yo, que he pasado un día sensacional, conviviendo con unos afectuosos y encantadores indígenas mayas.

Escribo mi crónica en un estado de felicidad absoluto. Me encanta ver la realidad de estos indígenas, cómo valoran la familia, la naturaleza y su raza, cómo pelean para conseguir unirse en cooperativas y construir una economía más fuerte para ayudar a los más débiles, cómo nos han acogido con su sonrisa discreta pero sincera. Tienen ganas de mejorar, de mostrar al mundo su cultura y su manera de vivir, y tengo que ser tan legal como lo están siendo ellos conmigo y escribir mi crónica para Periodista Digital.

Ya es tarde, apago la tintineante luz, me arropo con el colorido edredón y sueño con lo más profundo del Mundo Maya.

La Leyenda de Xocomil

Despierto a las 04:00 y escucho un extraño animal que merodea la pequeña casa que no tiene ni puertas de entrada. Se despierta también Pedro pero ya no se oye nada, me dice que puede ser una serpiente y que tenga cuidado, que las hay muy venenosas.

Me coloco el frontal y vamos a la plaza del pueblo de San Juan La Laguna por estrechas callejuelas, donde hemos quedado con el resto de indígenas y periodistas. La idea es ver el amanecer desde el Cerro de la Cruz, desde nos aseguran los locales que es una vista única del Lago Atitlán.

Nuestro guía, Guillermo Cholotio (el chilote del maíz), es fuerte y positivo, pero ve que mis compis de prensa no es que estén en muy en forma y tenemos que ir parando constantemente. Un enorme sapo marrón nos corta el camino y Cholotio lo aparta amablemente. Cumbreamos justo al amanecer y vemos cómo va saliendo lentamente el sol en el horizonte, detrás de sus imponentes volcanes. Es como un estallido de luz quebrada. `Dronman´ aprovecha para hacer unas imágenes increíbles.

En frente del lago el sol va iluminando la poderosa y mágica montaña del rostro maya, que se perfila perfectamente en el cielo que empieza a teñirse de azul claro. De ahí provienen los tres manantiales de agua que riegan la comunidad, por eso dicen que es una montaña bendecida por la naturaleza.

Descendemos el cerro y me encuentro con Arnold Konga, un indígena que adora España y me canta una canción en idioma tzutujil, diciéndome que somos hermanos. No es que lo entienda muy bien, pero me gusta. Unas mayas bajan corriendo la montaña y no les gusta que las filme con el móvil, todavía recelan de que les roben sus espíritus.

Llegamos a la base del cerro y nos espera Juan Diego, un guía espiritual que realiza la larga ceremonia Toj o del árbol, una ofrenda a la naturaleza con rezos mayas, fuego y olores que te permiten conectar tu alma con el centro del universo, en un momento místico basado en los nahualt de cada uno. Hoy es el día de Kawoq, el protector de las mujeres, de la lluvia, del viento y de la familia, y después de quemar las velas de unos colores determinados, y colocadas simétricamente con respecto a los 4 puntos cardinales, se cumplen los deseos más recónditos, rodeados del humo del nopal.

Después de desayunar en las aldeas indígenas con las familias que nos han acogido, volvemos a la selva para llegar hasta un altar maya sagrado, el paruchiabaj, que se encuentra en la Puerta de la Montaña y está repleta de huesos de venados que ofrendan a sus dioses para los días de caza.

Subimos por un sendero ecológico donde nos enseñan plantaciones de café arábigo, que está ahora afectado por la plaga de la roya, y enormes aguacates que recogen a decenas, hasta una piedra enorme de hace miles de años que tiene tallado un impresionante rostro maya, colocada en una alineación con los volcanes de Atitlán.

Para terminar nuestra aventura en San Juan La Laguna acudimos a una casa donde hacen cacao de manera artesanal con una piedra de moler, que está riquísimo, y a un Taller Textil con un telar de cintura, donde una indígena mayor nos enseña la manera de teñir los hilos con plantas naturales, como la semilla de achiote, el palo de Campeche, la guayaba, la chilca o el índigo, e insectos como la cochinilla, que se obtiene del nopal.

Antes de partir acudimos a una reunión donde la Organización Mundo Maya nos explica sus proyectos de cooperación en Guatemala, Belice, México, Honduras y El Salvador, con la financiación de 500.000$ del Banco Interamericano de Desarrollo, BID. Los proyectos tienen que ayudar a las familias y a las comunidades mayas para ofrecer más calidad al turismo comunitario. Reforestación, ayuda social, marchas por la selva, talleres artesanales y culturales, música indígena, restaurantes comunitarios… Su sueño es conservar y revalorizar la cultura y los recursos naturales de sus ancestros.

Embarcamos de nuevo para volver en lancha hacia Panajachel, en Sololá, y cuando estamos en medio del lago empieza a volverse  loco. El barquero tiene que desacelerar porque el agua choca en la proa y nos empapa a los que vamos delante. Parece una cáscara de nuez a la merced de remolinos de olas que se han formado de la nada, es el famoso y temible xocomil. Dice la leyenda que una princesa quiso casarse con un plebeyo, pero el rey se enteró y les separó para siempre. Entonces el enamorado no lo pudo soportar y se suicidó tirándose al lago y ahogándose en sus aguas. Entonces, cada cierto tiempo, el hombre sale del fondo del Lago Atitlán para buscar a su princesa, llenando todo de peligrosos remolinos que ya se han tragado varias vidas.

Vomitando por estribor llego vivo hasta el embarcadero, pero aquel histórico plebeyo está a punto de matarme durante la perversa travesía.  Mañana cogemos un avión hacia Belice. Espero que se calmen las aguas y los vientos y podamos tener un viaje más tranquilo, al menos eso es lo que le he pedido a  Quetzalcoatl, la `serpiente emplumada´ de los mayas.

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