OPINIÓN / Afilando columnas

Miguel Ángel Aguilar, en La Vanguardia, defiende al ABC: «José Antonio Zarzalejos pagó en términos de agresión personal por su disidencia con Pedrojota Ramírez»

David Trueba hace gala de prejuicios en El País: "Ofrecen la nacionalidad española a los judíos sefardíes porque nuestro gobernantes quieren recibir población rica""

En el décimo aniversario de la masacre del 11-M los espacios de opinión de la prensa de papel están dedicados en gran medida, como era de prever, a aquellos atentados en los que fueron asesinadas casi 200 personas en Madrid. Hay textos para todos los gustos, desde los que se limitan a recordar a las víctimas a otros que tratan de analizar distintas cuestiones relacionadas con el peor ataque terrorista de la historia de España. No falta quien, en este 11 de marzo de 2014, aprovecha para lanzar ataques contra el objeto de sus fobias políticas o periodísticas.

Pero, tras hacer sonar una vez más nuestra armónica del afilador, arrancaremos con el único artículo del día que nos ha llamado la atención entre aquellos que no están dedicados a los atentados de una década antes.

El crítico televisivo que suele escribir sobre casi cualquier tema menos televisión se lanza a analizar en El País el asunto de la inmigración. David Trueba firma Valla adentro, y no pierde la oportunidad de hacer gala de unos alarmantes prejuicios:

La oferta de nacionalidad española para los descendientes de judíos sefarditas y la entrega del pasaporte a quienes compren una propiedad cara en España indican que nuestros gobernantes quieren recibir población, pero solo si son ricos.

Ahí es nada. Se ofrece la nacionalidad a los sefardíes porque, según Trueba, el Gobierno quiere que vengan iricos’ a vivir a España. Por supuesto que entre los descendientes de los expulsados por los Reyes Católicos hya ricos, incluso algunos multimillonarios, pero también los hay pobres de solemnidad. Esa identificación automática entre judío (da igual de qué rama) con persona con mucho dinero es totalmente insostenible a no ser que uno tenga ciertos prejuicios judeofobos (incluso aunque no se sea consciente de eso ni tenga la intención de difundir ideas antisemitas).

El afilador de columnas desconoce los motivos que han llevado al Ejecutivo español a ofrecer la posibilidad de obtener la nacionalidad española a los sefardíes, pero duda mucho que sea para atraer una gran masa de población millonaria. Para empezar, no todos los que pueden acceder a nuestro pasaporte y DNI tienen dinero. Como en otros grupos humanos, los hay ricos, pobres y de clase media.

Para continuar, porque hay que ser poco realista para pensar que los vuelos procedentes de Tel Aviv, Nueva York, Caracas –aunque de ahí ya vinieron muchos venezolanos, judíos y cristianos, huyendo de un país destrozado por el chavismo– y otros lugares van a llegar a Madrid, Barcelona o Málaga cargados de judíos que quieren establecerse en la tierra de sus antepasados. Mas que nada porque, ¿qué atractivo puede ofrecerles un país que no destaca por su buena situación económica?

Para entrar en materia del 11-M tomamos el vuelo de ida a Barcelona y nos asomamos al periódico del conde de Godó y Grande de España que recula en su apuesta por el independentismo catalán. Pilar Rahola publica en La Vanguardia La mentira, en la que su recuerdo de los atentados lo dedica a atacar al Gobierno de Aznar.

Por supuesto el PP no tenía ninguna culpa -ni tan sólo a pesar de su política internacional- de un atentado que se había fraguado incluso antes de Iraq y cuya autoría es exclusiva de los fanáticos que hicieron reventar unos trenes llenos de gente. Pero tuvo la culpa de mentir, de sacar a pasear el espantajo de ETA con la inmoral idea de barrer para casa, y lo hizo olvidando el roto trágico de aquel día, las víctimas que yacían con sus cuerpos quebrados en la retina de todos nosotros, el desconcierto, el miedo, el horror.

Hemos de destacar que Rahola al menos no cae en la indignidad de culpar, como muchos hicieron y otros siguen haciendo, de unos atentados que nada tienen que ver con la guerra de Irak. Concluye:

El 11-M fue la tumba de decenas de vidas, ilusiones, esperanzas, proyectos, todo convertido en humo a manos del yihadismo asesino. Pero fue el relato de una mentira cósmica que estalló por los aires y dejó a los reyes políticos del momento desnudos ante su impudicia.

Miguel Ángel Aguilar, de la cuota de articulistas no catalanes de La Vanguardia, titula Autodefensa. Arranca con dureza:

El décimo aniversario del 11-M -el atentado a los trenes de cercanías que dejó 200 muertos en Madrid- ha servido para pulverizar la manipulación política del gobierno de José María Aznar y la manipulación periodística acaudillada por Pedro José Ramírez desde las páginas del diario El Mundo. Anotemos que por primera vez en esta ocasión el que tantas veces ejerció de flautista de Hamelín se vio desasistido de algunos seguimientos que hubieran sido decisivos para cerrar el círculo de la estafa al público. Ese fue en particular el caso del diario Abc, entonces bajo la dirección de José Antonio Zarzalejos, quien pagó un alto precio en términos de agresión personal por semejante disidencia.

La fobia de Aguilar a Pedrojota, El Mundo y Aznar no nos sorprende. Lo que le ha llamado la atención a este humilde lector de columnas es ese lamento por el destino de José Antonio Zarzalejos y ABC. Nunca hubiéramos pensado que veríamos en el periódico del nacionalismo catalán de derechas un artículo de un articulista de izquierdas llorando por lo mal que lo pasó un director del diario monárquico de Madrid por excelencia. Claro que siendo el nuevo director de La Vanguardia amigo del rey y nada incómodo para Rajoy, tampoco sorprende del todo.

Y dado que el periódico madrileño de Vocento ya ha salido a colación, nada mejor que tomar el vuelo de vuelta a la capital de España y asomarnos a ABC. Y he ahí que nos encontramos otra sorpresa mayúscula. Nos la ofrece Hermann Tertsch, que en Verdades torcidas se pone de lado de quienes consideran que no se sabe toda la verdad y ataca a quienes, como el propio diario en el que escribe, critican a los que ponen en duda la versión oficial de los hechos.

Es tremenda la sagrada ira que despierta entre los guardianes de la corrección política en España, aún hoy, diez años después, cualquier duda, salvedad o reserva que se pueda hacer a la verdad oficial del 11-M. No se entiende ese encono hacia unas dudas que son ya poco más que opiniones particulares de españoles que no se creen que algo tan grande lo hicieran esos tan pequeños.

Añade:

¿Por qué se ridiculiza y difama como «conspiranoicos» a quienes mantienen ese escepticismo que por lo demás tanto se elogia como sano en los ciudadanos ante las versiones oficiales de casi todo? ¿Por qué tanta caricatura sobre ETA y los etarras si nadie habla ya de etarras? Cuando se hablaba de etarras, hablaron todos. Porque la hipótesis después tan maldita de la autoría de ETA fue asumida por todos sin excepción como perfectamente plausible. Y quien no lo crea o recuerde que revise las portadas. Parece que hay que tachar de locos o ridículos a quienes no aplauden sin fisuras la verdad oficial. Quienes así empiezan suelen acabar abogando por psiquiatrizar a Sajarov o a Sharanski.

Concluye:

Tienen razón todos en congelar, enterrar u olvidar sus dudas. Es más cómodo y razonable. Porque hace tiempo que el Gobierno de Rajoy se sumó a la verdad oficial de Zapatero. También en esto. Navega hoy, si no en el mismo bote, en uno muy parecido. Triste es que hayan olvidado lo mal que remó el otro, lo mal que se rema, con verdades torcidas.

Suponemos que si Zarzalejos, que mantuvo unas peleas muy enconadas con quienes no aceptaban las tesis oficiales, lee el artículo de Hermann Tertsch puede sufrir un gran disgusto. Sobre todo porque fue Tertsch fue fichado como columnista de ABC siendo él el director del dicho diario.

Seguimos en ABC, donde Ignacio Camacho titula Bosque de los ausentes. Se dirige directamente al lector:

Después de tantos años de entereza nos quebramos moralmente y depusimos el ánimo. Aquella pregunta que tronaba en las manifestaciones, quién ha sido, era la expresión de una derrota. La de la unidad antiterrorista, la del concepto mismo de resistencia, la de la nación incólume ante la infamia. De repente no nos dio igual quién hubiese sido, como si el terror tuviera otros culpables u otras causas que su propio delirio. Como si le encontrásemos una justificación siquiera remota a la barbarie. Aquella pregunta sólo tenía una respuesta: habían sido los terroristas, punto.

Concluye:

Te lo digo aquí, en esta calma primaveral del Retiro, en esta mañana de sol tan distinta de aquella tan friolenta de zozobra y humo: no estuvimos a la altura. Nos aflojamos. Ni las mentiras, ni las algaradas, ni las manipulaciones, ni las teorías conspirativas habrían podido triunfar si hubiésemos reaccionado como creíamos haber aprendido, con la serenidad y la determinación de una nación agredida. Lo hicimos, admitámoslo con honestidad, como un pueblo pusilánime. Y no fue para sentirnos orgullosos de nosotros mismos.

Pasamos ahora a La Razón. José María Marco titula Onda Expansiva:

Pasados los primeros momentos, el comportamiento de cada uno de los dos grandes partidos de gobierno siguió su propia pauta. El PSOE vio la oportunidad de ganar las elecciones y no dudó -además de utilizar las falsedades que se difundieron desde algunos medios- en atacar directamente al Gobierno y en violar la legislación electoral. El Gobierno del PP, por su parte, pareció sentirse sobrecogido por la seguridad de que si el atentado acababa siendo atribuido a un grupo islamista, perdería las elecciones. Nadie mintió desde el Gobierno, pero frente al argumento perfectamente comprensible del Partido Socialista, el Gobierno parecía haberse quedado sin una línea que explicara lo sucedido. El PSOE se lanzó a cumplir su agenda y el PP se retrajo.

Dado que Marco seña que el PSOE utilizó falsedades que se difundieron desde algunos medios, no sobraría que dijera directamente a cuáles se refiere. Suponemos que se refiere a los famosos terroristas suicidas en los trenes de los que informó la SER pero que nunca existieron, pero estaría bien que nuestro apreciado columnista no dejara pie a suposiciones.

Concluye:

Si el lector hace el esfuerzo de imaginar un país en el que las dos grandes fuerzas políticas estuvieran de acuerdo en el significado profundo de la palabra España, comprenderá que, en un tal escenario, la manipulación política de unos ataques como los del 11-M habría sido inconcebible. No se sabe si los terroristas conocían tan bien la sociedad y la cultura españolas como para haber previsto un tal resultado. Es posible, e incluso probable, que no llegaran a tanto. El caso es que dejaron al descubierto, con una claridad imborrable, los efectos devastadores de la violencia en un paisaje político que se pretende post nacional.

Posiblemente no le falta razón.

Terminamos este ‘Afilando columnas’ en El Mundo, donde nos encontramos el ladrillo del día firmado por un político. Casimiro García-Abadillo ha puesto a disposición del actual ministro de Justicia, y alcalde de Madrid cuando se produjeron los atentados, toda una página del diario. Alberto Ruiz-Gallardón titula El sufrimiento de una ciudad.  Como es de esperar por parte de un político, se trata de un artículo vacuo plagado de lugares comunes en el que trata de mostrar cuánto sufrió él junto al resto de los madrileños y, al mismo tiempo, halagar al público.

Nos ha llamado la atención el final:

Los medios de comunicación se poblaron de historias hasta entonces anónimas, que nos pusieron ante una responsabilidad abrumadora: tomar el relevo de quienes habían sido asesinados. Entender para qué habían vivido, cuáles habían sido sus ilusiones, asumirlas como propias, seguir adelante, por ellos y por nosotros. Por eso al día siguiente los ciudadanos de Madrid, como los de Alcalá de Henares, y los de tantos otros municipios en toda España, se subieron a un tren.

Esa lección de unidad y determinación sigue ahí, y ninguna polémica posterior puede desfigurarla. Diez años después, cuando las sirenas de las ambulancias son un eco tan lejano como el gran silencio de los días posteriores, sólo podemos recordar que Madrid estuvo a la altura. Y preguntarnos cuánto de ese coraje y esa generosidad hemos sido capaces de incorporar a nuestra vida, pública y privada, para hacernos dignos de la entereza y la entrega de esos hombres y mujeres. Nadie que haya vivido el 11 de marzo de 2004 en Madrid debería olvidar que fue uno de ellos.

¿Lección de unidad y determinación dice el ministro? ¿Que miles de personas sitiaran la sede de su partido culpando al Gobierno de Aznar mientras muchas otras lloraban a los muertos es unidad y determinación? ¿Qué unos culpen al PSOE mientras otros responsabilizan al PP es unidad? Curiosa memora selectiva.

 

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Autor

Antonio Chinchetru

Licenciado en Periodismo y tiene la acreditación de suficiencia investigadora (actual DEA) en Sociología y Opinión Pública

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