LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Arcadi Espada contra Pablo Iglesias: «Rita pidió perdón por su escrache a Dios, ¿cuándo lo hará él con Rosa Díez?»

"Los escrachadores de Rosa Díez afrontaban un delito de coacciones contra el ejercicio de un derecho fundamental, que es el de la libertad ideológica"

Arcadi Espada contra Pablo Iglesias: "Rita pidió perdón por su escrache a Dios, ¿cuándo lo hará él con Rosa Díez?"
Pablo Iglesias. PD

El juicio a Rita Maestre, los pactos o la corrupción llenan las tribunas de opinión de este 21 de febrero de 2016. A menos de dos semanas de que se produzca la sesión de investidura en la que Pedro Sánchez puede alcanzar la Presidencia del Gobierno, el panorama se pone bien calentado.

Empezamos en El Mundo y lo hacemos con Arcadi Espada y su visión del juicio a la descocada y despelotada de Rita Maestre. Recuerda que mientras la portavoz del Ayuntamiento de Madrid ha pedido perdón por su acto, aún está por llegar el momento en el que Pablo Iglesias pida perdón por su escrache a Rosa Díez:

Te he visto a ti y a tus amigas francamente apocadas ante el juicio a Rita Maestre, la hoy concejal y otrora joven gamberra, que el jueves fue juzgada por un presunto delito de ofensas a la religión. Aunque en realidad no habéis hecho nada más que seguir la senda del apocamiento que ha marcado la propia Maestre, que hace semanas pidió incluso confesarse con el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro. Y que obtuvo no sólo la confesión sino también el ego te absolvo: el arzobispo le dijo que lo suyo había sido una cosa de críos y que se fuera en paz. Dos días antes del juicio la ya modosita Maestre filtró a los medios su encuentro con el arzobispo y su feliz resultado para influir en el ánimo de los que iban a juzgarle. Ni qué decir tiene que el arzobispo importa.

Aunque la concejal puede ser condenada, la ofensa decae si el ofendido (¡o persona delegada!) exhibe su perdón. Supongo que habrás advertido la diferencia entre la actitud de la concejala y la de Pablo Iglesias. Una ha pedido perdón por su escrache a Dios mientras que el otro jamás pidió perdón por su escrache a Rosa Díez. Ya comprendo que se trata de divinidades distintas, pero ahí queda eso.

La concejal ha sido juzgada por el título del Código Penal que protege los sentimientos religiosos, y en razón del agravante turbatio sacrorum, que no hará falta que te traduzca. La relación entre los sentimientos y el Código Penal español es interesante. No sólo están los sentimientos religiosos. También la ofensa a la bandera. E incluso a los animales. Esta última ofensa la introdujeron hace poco tus amigos políticos y ha provocado una situación pintoresca. España debe de ser el único lugar gravitacionalmente conocido donde se prohíbe hacer el amor con una vaca y se permite el espectáculo con la muerte de un toro. Una lógica catastrófica teniendo en cuenta que lo que se juzga no son las sensaciones de la vaca o del toro, imposibles de determinar con el actual grado de conocimiento sobre la conciencia, sino los sentimientos que experimentan los hombres ante el amor a la vaca o ante la muerte del toro.

Dice que:

El agravante sentimental no regiría si un grupo de islamistas (perdona que cambie de canal, pero tengo de la valentía un concepto distinto del de tu Ada Colau, ésa que llama valientes a sus poetisas de corte: quiero decir que a mí me gustan los toros y arrimarme, femoral, nada más) irrumpiera en una clase de la facultad de Biología y escrachara a Darwin, como más o menos le sucedió a la profesora Nawad Exislam en su facultad de Londres cuando hablaba de la religión musulmana en términos veraces.
Y, huelga decir, que tampoco el singular agravante rigió en el escrache del valentón Iglesias a Rosa Díez. Por el contrario sí regiría en la hipótesis de que podémicas irrumpieran en una mezquita española y escracharan a Mahoma. La cosmovisión religiosa goza de sobreprotección en la ley española. Viene de lejos. No en vano el artículo 12 de la Constitución de Cádiz, estandarte del liberalismo sentimental, pero qué vachaché, ya decía: «La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra». La sobreprotección no es una exclusividad española: rige en otros países de impronta católica. Y es desconocida en las sociedades sujetas al derecho anglosajón.

La sobreprotección tiene consecuencias no meramente retóricas. Los escrachadores de Rosa Díez afrontaban un delito de coacciones contra el ejercicio de un derecho fundamental, que es el de la libertad ideológica. El mismo que afrontarían los religiosos que irrumpieran en un asamblea laica. Pero las máximas penas previstas para sus actos son la mitad de las que podrían imponerse a la concejal Maestre y a cualquiera que atentase contra los sentimientos religiosos.

Aclara que:

De ahí que yo habría querido para la concejal y ex gamberra un juicio civil. Un juicio basado estrictamente en los hechos, que siempre son laicos. Como acostumbran con cíclico ritualismo, unas personas se reúnen en asamblea pública para intercambiar opiniones sobre el origen y finalidad del mundo y las consecuencias morales que se derivan de ello. Una asamblea pacífica y protegida por el ordenamiento jurídico. Lo que se entiende, en fin, por libertad de culto, que desde el estricto punto de vista civil es una variante de la libertad de expresión. De pronto irrumpe en el lugar una turba intimidadora que rompe la asamblea, insulta y veja a los participantes e impone abruptamente su cosmovisión (ovarios por rosarios) en el lugar donde se expresa otra diferente.

Yo quiero un tribunal que juzgue, que os juzgue, por esto. Un tribunal que distinga entre la libertad de expresión y la libertad de escrache. Y que entienda que la paralización violenta de una ceremonia, sea el rezo del Ángelus o sea la audición del himno en el Estadio no es un acto contra la religión ni contra el Estado sino un acto contra la libertad, que como tal debe castigarse.

Y concluye:

Y, en consecuencia, habría querido que el caso de la concejal Maestre le hubiera servido al partido Podemos para plantear por vez primera una iniciativa política razonable e incluso una iniciativa política de izquierdas. Es decir, la petición de una reforma del Código Penal que acabara con la sobreprotección del sentimiento religioso, incompatible con un Estado aconfesional. Pero en vez de eso sólo se ha visto una concejal modosita y el estruendoso silencio podémico.

Es comprensible. No sólo porque el partido Podemos comparta tantas cosas decisivas con el Papa Francisco, empezando por el beato Laclau. Es que el principal interés de la colegiala es salvar la piel. La aceptación humillada, a golpes de torso, de la jurisdicción religiosa es una forma de trabajarse el perdón, correlacionada con la plena disposición del señor arzobispo. Por lo demás, si la concejala y sus podémicos hubieran desvirtuado la legitimidad del principio religioso sólo habrían hecho que revelar el auténtico objetivo de un escrache que, más allá de toda apariencia argumental, atentó contra el innegociable principio de la libertad. Y sigue ciega tu camino…

Por su parte, Fernando Sánchez Dragó es partidario de ir a unas nuevas elecciones, aunque también pide que haya un pacto de gobierno donde el presidente, por muy menchevique que pueda ser, quite del medio a los bolcheviques de Podemos:

Me rindo. Dije que nunca volvería a escribir nada que tuviese que ver con la política tal como ésta se practica en España, pero la puta realidad (aún más puta ahora que cuando lo dije) me obliga a rectificar. Imposible es para un columnista, por muy escaldado que esté y acratón que sea, fingir que no llega a sus tímpanos el formidable coro de balidos de este país de cabreros hasta Viriato, héroe del imaginario nacional, lo fue y de cabrones. Gil de Biedma se quedó corto. Rectificar, decía, y no sólo en lo concerniente a pasar de largo ante la política, sino, sobre todo, a retirar sin ganas algunas de las más contundentes opiniones sostenidas por mí en los últimos tiempos. Dicen que la política es el arte del pragmatismo.

Subraya que:

Pues muy bien: seré pragmático. Lo mejor -o sea: lo menos malo- es la formación de un gobierno presidido por Pedro Sánchez, al que tanto critiqué, con el apoyo de Albert Rivera, al que tanto alabé, y la abstención del Partido Impopular en el debate que se avecina. ¡Venga, Rajoy, demuestre su patriotismo y constitucionalismo permitiendo que sus huestes se vayan a tomar un chupito en la cafetería de las Cortes mientras transcurre el segundo turno de la votación de investidura! Preferiría, cierto, que fuese al revés, con Rivera en la presidencia y Sánchez en segundo plano, pero soy consciente de que eso sería mucho pedir.

Asegura que:

Me conformo, a la vista de cómo anda el patio, con cualquier gobierno, por menchevique que sea, capaz de cerrar el paso a los bolcheviques. También me molaría que el Rey padeciese el síndrome de Colombey-les-Deux-Églises y buscase extramuros del Parlamento un prócer como lo fue De Gaulle. Cualquiera sirve: Felipe, Aznar, Anguita, un filósofo, un torero, un director de orquesta, un entrenador de fútbol… Pero, si de mí dependiese, optaría por ir a nuevas elecciones. Lo que ahora digan las encuestas me importa un pito. Estamos en fase de aceleración y todo puede cambiar de aquí a finales de junio. No es imposible que en ese ínterin de cuatro meses haga por fin mutis Rajoy, resucite el PP, aguante el PSOE, crezca Ciudadanos, recuperen los españoles la cordura y se queden los podemitas como el gallo de Morón. Y así, de paso, nos tiraríamos unos cuantos meses sin Gobierno, cosa que siempre es saludable para la vida privada y purga los pestilentes intestinos de la pública.

David Jiménez pone el acento en lo que pasa en Venezuela y como una clase política demasiado aburguesada fue la que provocó el ascenso y dictadura de Hugo Chávez. En otras palabras, que o aquí en España nos espabilamos o vamos a tener al chavecito con coleta de presidente:

El escritor cubano Reinaldo Arenas, encarcelado por Fidel Castro, decía que la diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque en los dos te puedes llevar una patada en el culo, «en el comunista te la dan y además tienes que aplaudir». Leopoldo López no es de los que aplauden y de ahí que permanezca en una celda de aislamiento del penal de Ramo Verde. No es casualidad que, mientras se cumplía el segundo aniversario de cautiverio del disidente, en las estanterías de los comercios de Caracas se agotaran las últimas reservas de pan y el régimen subiera el precio de la gasolina un 6.000%. Venezuela vive el acto final de una revolución que, como tantas otras, fue lanzada en nombre del pueblo, entregada al beneficio de unos pocos y pagada por la mayoría. «A la dictadura le quedan horas», nos decía López en una entrevista que publicamos el jueves, tras remitir sus respuestas en servilletas de papel.

Que sean horas o meses dependerá de hasta dónde están dispuestos a llegar para defender al régimen aquellos que han vivido de sus prebendas, incluidos los mandos militares. Con el dinero a buen recaudo fuera del país, y sus retoños enrolados en las universidades del malvado imperio, la élite chavista lleva tiempo preparándose para este momento. Muy pronto habrá volado hasta ese pajarito que Maduro dice que se le aparece de vez en cuando -«me dijo que el comandante (Chávez) estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo»-, en caso de que le queden fuerzas para huir.

Recuerda que:

Lo que sorprende de la decadencia de la revolución bolivariana y del fracaso de su modelo es cuántas veces hemos visto la misma película y cómo, a pesar de ello, tenemos la certeza de que la volveremos a ver. El líder carismático que promete a su pueblo crear la sociedad más igualitaria del mundo y a cambio le quita la libertad, que poco a poco va tomando las instituciones del Estado, las corrompe para eternizarse en el poder y termina no distinguiendo entre sus intereses y los de su gente. Entre enemigos reales y ficticios. Entre el bien y el mal. El desenlace suele ser el desmoronamiento del régimen tras la muerte del líder o su supervivencia, si éste dejó una estructura lo suficientemente sólida y pragmática como la del Partido Comunista de China (PCCh). Allí, los herederos de Mao decidieron que para seguir reinando debían traicionar todos sus principios y lo hicieron sin rubor: abrazaron el capitalismo y prometieron a sus ciudadanos que, si no desafiaban su dictadura, les dejarían prosperar. Y han cumplido, aplastando en el camino a quienes no estaban de acuerdo con el trato.

Pero Maduro, ¿qué tiene que ofrecer? Sólo despensas vacías y una economía arruinada que ha demostrado no ser sostenible en cuanto ha bajado el precio del petróleo, una sociedad enferma por el crimen donde el año pasado fueron asesinadas 28.000 personas -uno de cada cinco muertos en América- y una generación que ha visto marcharse a quienes podían permitírselo, dejando atrapado al resto en manos de un gobierno incompetente que no puede ofrecer ni igualdad ni prosperidad, mucho menos libertad, como nos recuerda la imagen de Leopoldo López tras los barrotes de su celda.

Y remata:

Hay lecciones de lo ocurrido en Venezuela que son válidas para cualquier país, incluido (o especialmente) el nuestro. Fue la negligencia y el egoísmo de una clase política corrupta, y una oligarquía que se alió con ella para aumentar sus privilegios, lo que creó el vacío que permitió la llegada al poder de Chávez. No se conoce, en cambio, del triunfo del populismo en aquellos lugares donde las instituciones son sólidas e independientes, la prensa cumple su misión como guardián del sistema, los partidos políticos tienen mecanismos de regeneración y la corrupción conlleva la asunción de responsabilidades.

Puede que asome la cabeza, pero no suele llegar lejos el populismo donde hay un sistema educativo que fomenta la conciencia crítica, una justicia emancipada del poder político y una percepción generalizada entre los ciudadanos de que el sistema trabaja para ellos. Por eso, mientras se lamentan de su suerte y de los escaños perdidos, los partidos tradicionales de nuestro país harían bien en mirar atrás y preguntarse cómo fue que también aquí el populismo encontró su hueco. Y cuál debería ser su comportamiento en adelante si no quieren seguir alimentándolo.

Rosa Montero, en El País, habla sobre los casos de suicidios de niños y adolescentes:

Como ahora estamos todavía estremecidos por el caso de Diego, el niño de 11 años que se arrojó por la ventana de una quinta planta, nos parece que el acoso escolar es una abominación tan espantosa que todos nos vamos a unir contra ello y vamos a acabar con esta lacra. Nuestra indignación es muy loable, pero a mí lo que más me indigna, precisamente, es que esta atrocidad inadmisible termina siendo digerida y a la postre admitida una y otra vez por las enormes tragaderas de nuestra cómplice y abúlica sociedad. Cinco meses antes que Diego, y también en Madrid, Arancha, de 16 años, con discapacidad intelectual y motora, se arrojó por el hueco de una escalera de seis pisos tras sufrir palizas y chantajes por parte de un compañero, que además cometía estas brutalidades delante de numerosos testigos que jamás hicieron nada. Claro que tampoco hicimos mucho los demás, el Gobierno, las instituciones, los ciudadanos.

También se nos encogió nuestro delicado corazón en 2013, cuando Carla, una chica de 14 años, se tiró desde un acantilado en Gijón. Su único delito era ser estrábica, y a causa de ello dos compañeras la maltrataron hasta llevarla a la muerte. Pero ya ven, al poco de aquella tragedia se nos fue el asunto de la cabeza. Ya nos había acometido antes una desmemoria parecida: la primera vez que se habló de forma masiva del acoso escolar fue en 2004, cuando Jokin Ceberio, de 14 años, se mató lanzándose desde la muralla de Hondarribia tras dos años de sistemática tortura. Entonces nos rasgamos las vestiduras y se nos llenó la boca de buenos propósitos. Hasta que la gran ballena arponeada del acoso escolar se sumergió de nuevo bajo las aguas de nuestra indiferencia. Han pasado 12 años desde la tragedia de Jokin y aquí seguimos, enterrando niños.

Trae a colación que:

Tras el suicidio de Diego contactó conmigo Rocío, una chica de 24 años de un pueblo de Sevilla. Padece una deficiencia visual grave y ha sido atormentada desde los 8 años hasta los 17. Y durante todo ese tiempo, salvo en bachillerato, los profesores jamás le ayudaron. No sólo eso: a menudo agravaron el problema. Por ejemplo: a los 8 años, nueva en una clase, sentaron a la niña delante, sola, en un pupitre aislado, señalándola ya como apestada. Rocío, que necesitaba un flexo y un atril, se convirtió en objeto de burlas, insultos y empujones. Fue creciendo sin amigos y en el instituto la cosa empeoró. A los 13 años, a la jefa de estudios se le ocurrió la delirante idea de montar una «terapia colectiva»: convocó a los 33 compañeros de clase e hizo que le dijeran a Rocío lo que no les gustaba de ella: «Fueron pasando de uno en uno y mentían, decían que yo les insultaba y amenazaba.

Al principio me intenté defender, pero cuando ya fueron tantos no pude seguir, me entró como una apatía». Incomprensiblemente, la profesora decidió que cada semana seguiría teniendo un cara a cara con cuatro compañeros cada vez. «Iban allí a decirme lo que yo hacía mal y disfrutaban con ello, comentaban en clase: ¡hoy hay reunión! Y hacían burlas, y al volver contaban riendo lo que me habían dicho, mientras yo me ocultaba en el atril para llorar. Empecé a tener crisis de ansiedad, tuve que tomar ansiolíticos, y aunque el suicidio nunca fue una opción seria, la idea pasó muchas veces por mi cabeza, me daba miedo pensar en ello porque no tenía ganas de vivir». Ahora, a los 24, Rocío está terminando Psicología: «Aprendí que el maltrato se origina sobre todo cuando un niño al que consideran discapacitado obtiene buenos resultados escolares, como yo». Hasta septiembre, que empezó una terapia, siguió traumatizada por su pasado. No podía leer una noticia de acoso sin angustiarse y seguía teniendo miedo a los niños. Quiero decir que este tormento deja profundas huellas.

Y finaliza:

Todos se lanzaron al vacío, buscando la falsa libertad del vuelo, una huida imposible a su suplicio. Detrás de sus agonías, uno o dos principales torturadores, chicos y chicas malvados, y luego una mayoría de cobardes que se suman o que simplemente no hacen nada. Y, con todo, los compañeros de estudios no son los peores. Una niña de 12 años, que también fue maltratada en la misma clase del fallecido Diego, ha denunciado en los medios que el director del colegio amenazó con expulsarla si se seguía quejando de los acosadores. Si se demuestra que eso es cierto, ese hombre debería tener pena de cárcel. Recordemos que el caso de Diego había sido cerrado, y que si se ha reabierto es porque sus padres siguieron luchando. La verdadera culpa, en fin, está en los adultos perezosos y cómplices, en el profesorado, los padres, las instituciones. Necesitamos un plan nacional contra el acoso, incluso una ley. Necesitamos que este tema sea un asunto de Estado, hoy y para siempre. Ni un niño más volando hacia la muerte.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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