LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Jaime González retrata como unos «malnacidos» a quienes rindieron honores a Otegui en Cataluña

"Si ustedes (lectores) no pueden sostener que Otegui es un hombre de paz y que ETA no existió es que son ustedes personas en el sentido más amplio y hermoso del término"

Jaime González retrata como unos "malnacidos" a quienes rindieron honores a Otegui en Cataluña
Arnaldo Otegui con Anna Gabriel (CUP) y Carmen Forcadell. TVE

Mucho Otegui en las tribunas de opinión de la prensa de papel este 19 de mayo de 2016. La visita institucional de este proetarra, casi como si se tratara de un jefe de Estado, ha tenido todavía en esta jornada mucha más repercusión que en el arranque de la misma, el pasado 17 de mayo de 2016.

Ignacio Camacho, en ABC, lamenta en lo que se ha convertido esa Cataluña próspera, rendida ahora a gente de la calaña de Arnaldo Otegui:

Ese dudoso sentido de la historicidad con que el adanismo posmoderno enmarca cualquier simpleza puede trazar una efeméride de ignominia en torno al día en que el Parlamento de Cataluña, con su presidenta al frente, recibió a Arnaldo Otegui, un terrorista en comisión de servicio. Ni el soberanismo podía llegar a más ni el sistema político catalán a menos. O sí: con sólo retrasar la visita una semana hubiese coincidido con el vigesimoquinto aniversario de la masacre de Vic, municipio entregado con fervor a la causa independentista. Por aquellas fechas Otegui entraba en prisión para cumplir condena por el secuestro del ejecutivo de Michelin Luis Abaitua. Cuatro años antes, cuando el atentado contra el Hipercor barcelonés en 1987, el aspirante a «Mandela vasco» era un etarra huido a Francia. Todavía no se le ha escuchado una petición de perdón a las víctimas ni una condena explícita de la violencia que practicó, ni se le ha visto un gesto de arrepentimiento medianamente sincero ante la sangre derramada por sus colegas de banda.

Destaca que:

A qué extrañarse de que las instituciones catalanas le hayan puesto la alfombra al portavoz del post-terrorismo. Se trata de un hecho coherente con la deriva radical de una política degradada por la hegemonía soberanista ante el silencio cómplice, por miedo o por anuencia, de la antigua burguesía moderada. La misma que se escandaliza de las subidas de impuestos promovidas por los secesionistas o raja por lo bajinis del rumbo populista de la alcaldesa Ada Colau. Eso es lo que ha provocado la sumisión colectiva al pensamiento hegemónico separatista: la fuga de cualquier atisbo de sensatez o de templanza bajo la presión triunfante del extremismo.

Qué se pudo creer la Cataluña biempensante, la próspera comunidad de clases medias emprendedoras, al aceptar con irresponsable complacencia un proceso revolucionario. Toda revolución, y un proceso de independencia lo es, acaba devorando a sus hijos. En el caso catalán, la dominancia secesionista ha acabado por destruir el sistema político e institucional entregándolo a una partida de iluminados. Una colección de talibanes del destino manifiesto auxiliados por un estrambótico grupúsculo de trotskos y anarquistas que predican la abolición de las compresas y la educación tribal comunitaria de los hijos. En esas manos ha quedado la dinámica sociedad del 18 por ciento del PIB español, sumergida cada vez más en la ciénaga de un delirio mitológico.

Y concluye:

Poco puede asombrar, pues, que la residencia de la soberanía autóctona haya abierto sus puertas a un testaferro del terrorismo étnico. Que lo hayan recibido con la solemnidad de un embajador de la autodeterminación y le hayan dispensado la fraternal acogida de un pariente político. Esa gira es la expresión de lo que representa hoy la clase dirigente catalana: lo mejorcito de cada casa al servicio de una política batasunizada.

Isabel San Sebastián se pregunta, y con mucha razón, que viendo el desfile de Otegui por las instituciones públicas catalanas, si realmente mereció jugarse la vida:

Vaya por delante mi sincero agradecimiento al PP de Cataluña que encabeza Xabi García Albiol, así como a Ciudadanos y su valiente Inés Arrimadas, por alinearse ayer junto a las víctimas durante la nauseabunda visita que protagonizó el dirigente etarra Arnaldo Otegui al parlamento autonómico de dicha comunidad. Digo bien dirigente etarra, secuestrador, terrorista, en el sentido literal de la palabra, recibido en loor de multitud por buena parte de los elegidos para representar a los catalanes y por no pocos «periodistas» afectos al régimen nacionalista que riega de dinero público los medios en los que trabajan. Gracias a Albiol y Arrimadas por negarse a jalear al amigo de los asesinos de Hipercor. Al cabecilla que jamás ha condenado ni condenará ésa o cualquier otra matanza perpetrada por sus compañeros de armas, por la sencilla razón de que las considera legítimas en el empeño de conseguir la voladura de España. Gracias a los políticos dignos que se negaron a secundar la siniestra farsa orquestada por quienes gobiernan una tierra antaño pionera del progreso y la modernidad, hoy sumida en un tribalismo identitario ruinoso en lo económico y devastador en términos de cohesión social.

Resalta que:

El viaje de Otegui a la Cataluña de «Junts pel Sí» no es casual, como tampoco lo fue el de Carod Rovira a Perpiñán, para negociar con la banda una tregua selectiva, cuando ETA era todavía una organización clandestina y no una fuerza «respetable», presente en las instituciones y generosamente subvencionada, merced a una negociación política tan vergonzante como vergonzosa. El «conflicto» y el «prusés» siempre han ido de la mano, por muy escandaloso que resulte poner el dedo en la llaga de esta verdad inapelable. Jaime Mayor Oreja lo advirtió hace varios años y fue tildado de loco por sus propios correligionarios, pero los hechos le están dando la razón con una claridad que asusta. El guión de la ruptura de España estaba escrito. Los papeles debían ir cambiando, eso sí, a medida que cambiaran las necesidades. Vanguardia armada y retaguardia política tenían que darse relevos con el afán común de quebrar la resistencia del Estado, hasta conseguir que se hincara de hinojos ante el empuje del separatismo, como finalmente ha sucedido. Nada hay por tanto de casual en la repugnante puesta en escena que protagonizó ayer Otegui, alias «Gordo», en el «Parlament» de Cataluña. Él sacudió en su día el árbol y ahora quiere recoger nueces con el apoyo explícito de quienes obtuvieron, por extensión, lo que «Gordo» y sus cómplices «moderados» arrancaban a golpe de tiro en la nuca. Ha ido a cobrar lo que se le adeuda por los servicios prestados a la causa de la secesión, que no es poco.

Lo trágico de esta historia no es la actitud de las CUP, que, a semejanza del escorpión, actúan con arreglo a lo que es propio de su naturaleza. Otro tanto puede decirse del nacionalismo en su conjunto. Lo malo es que las alfombras que ha pisado Otegui en esa cámara, los micrófonos que ha utilizado, el agua que le han servido y las calles por las que ha pasado las pagamos todos a escote con nuestros impuestos, incluidas sus víctimas. Que la Nación, en su caquexia, consiente que ese individuo exhiba impunemente su orgullo por lo perpetrado. Que millones de electores votan a partidos que lo consideran «un hombre de paz». Que el «diario global» de esta España se postra a los pies de otro tipo de su calaña llamado Urrusolo Sistiaga, autor de dieciséis asesinatos, y le otorga honores de portada. Lo malo es que nos hemos rendido. Viendo a este Otegui triunfal, pasear su chulería, yo me pregunto: ¿Para esto nos jugamos la vida?

Jaime González tira de ironía para revelar al estado de esquizofrenia y desmemoria al que han llegado ciertos políticos en Cataluña a cuenta de la visita de Otegui:

ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. Los muertos que nos cuentan son mentira. En junio de 1987 no estalló un coche bomba en Barcelona, ni en mayo de 1991 ocurrió nada extraordinario en el cuartel de Vic. Quien sostenga que ETA asesinó a 54 personas en Cataluña es un manipulador sin escrúpulos, un fanático que fermenta su asco inventándose víctimas.

No hubo ataúdes blancos, ni tiros en la nuca, porque ETA -métanselo en la cabeza- no existió y Otegui es un hombre de paz. Se lo repito: ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. Si no se convencen, arránquense de cuajo la memoria y pónganla debajo de sus botas. Tritúrenla saltando. Si sigue latiendo, tírenla por el balcón. Convénzanse: ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. ¿No me digan que les cuesta aceptar que ETA no existió y que Otegui es un hombre de paz?

Insiste:

Es muy fácil: imaginen que en 1987 no estalló un coche bomba en Barcelona y que en mayo de 1991 nada extraordinario ocurrió en el cuartel de Vic. Revélense contra el recuerdo y nieguen firmemente que ETA asesinara a 54 personas en Cataluña. Fíjense qué sencillo: no hubo ataúdes blancos, ni tiros en la nuca, porque ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. ¿No son capaces? Mojigatos. Con lo fácil que resulta arrancarse de cuajo la memoria.

Por penúltima vez: ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. Acéptenlo: los muertos que nos cuentan son mentira, cosas de fanáticos que fermentan su odio inventándose víctimas. ¿Que hubo 54 asesinatos en Cataluña? Qué infamia, qué asco, qué grima, qué manera más burda de manipular la historia. Si ETA hubiera existido, ¿cómo iba a ser Otegui un hombre de paz?, ¿cómo le iban a rendir homenaje en el Parlamento de Cataluña?, ¿cómo iban a aplaudir a un terrorista?, ¿cómo se sentirían las víctimas?, ¿cómo se removerían en sus tumbas los muertos?, ¿cómo íbamos a quedarnos callados?, ¿cómo podríamos seguir mirándonos en el espejo?, ¿cómo les diríamos a nuestros hijos que no tenemos vergüenza?

Y sentencia:

ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. Repítanlo conmigo: ETA no existió y Otegui es un hombre de paz. ¿Que no pueden? ¿Que es superior a sus fuerzas? Entonces es que son ustedes personas en el sentido más amplio y hermoso del término. Sí señores, ETA existe, Otegui no es un hombre de paz y quienes le rindieron ayer homenaje en el Parlamento de Cataluña podrán helarnos la sangre, pero nunca el corazón. Malnacidos.

Salvador Sortres va en la misma línea y describe como babeaban los parlamentarios secesionistas con el proetarra de Otegui:

La presidenta del Parlamento de Cataluña recibió ayer a Otegui con la excusa de la paz, pero ella le empezó a admirar por la muerte. Otegui, y en general ETA y sus mariachis, han formado parte siempre del sistema de fascinaciones de Esquerra, que es y ha sido el partido de Forcadell durante toda su carrera política.

Por muchas condenas públicas -e hipócritas- que Forcadell haya hecho de la violencia de ETA, es de las que piensa que fue solo una de las violencias que operó en Euskadi. Es como Carod, que también usó el diálogo y la paz como excusas fraudulentas para ir de incógnito a Perpiñán, cuando lo que en realidad quería era un autógrafo de ETA.

Recuerda que:

Hay una Cataluña que siempre ha mirado con envidia al País Vasco, y que a pesar de que condenaba la violencia porque no se atrevía a ejercerla, ha sido normalmente comprensiva con la dinámica terrorista y le gustaba decir que la culpa la tenía Aznar, que no negociaba porque los muertos le hacían ganar votos. «Ustedes que pueden, dialoguen», sentenció Gemma Nierga en la manifestación por el asesinato de Ernest Lluch, y que acabó convirtiéndose en un clamor contra el PP, en uno de los mayores escarnios de nuestra democracia.

Al exlíder de la CUP, David Fernández, pese a no tener carné de conducir, se le conoce en sus propios ambientes radicalizados como «el chófer de ETA», por ser quien le lleva la agenda a Otegui cuando visita Cataluña. Ayer su compañera de partido, Anna Gabriel, fue su anfitriona en el Parlament, degradando un poco más, si es que todavía cabe, la política catalana. No es menor el detalle de que la CUP considere sus referentes, entre otros criminales, a Otegui y al régimen venezolano de Maduro/Chávez; como tampoco lo es que Mas en su irresponsabilidad infinita, sucumbiera ante tan truculenta formación.

Remacha que:

En esta misma línea, moral y política, Forcadell recibió ayer al ídolo de su sórdido álbum, al chico duro del póster de su habitación juvenil, al que encarnó todo en lo que ella creyó, y al que ha configurado su no demasiado distinto -aunque sí más taimado- modo de pensar de hoy. Otegui es el Bob Dylan de Esquerra y de lo que hay aún más a la izquierda del independentismo. En el fondo le consideran un perdedor reblandecido por el tiempo, y aunque todavía le respetan, el amor surgió por sus canciones primeras.

No le recibieron por la paz, ni por el diálogo, ni siquiera por la carraca buenista con que el submundo etarra quiere disfrazarse de oveja. Le recibieron por la emoción de poder saludar a su viejo héroe y dejarse llevar, ni que solo fuera una tarde, por la nostalgia del tal como fueron.

En La Razón, Irene Villa, víctima del terrorismo encarnado por Otegui, escribe una demoledora columna:

Las firmas de quienes consideran una ofensa la visita de Arnaldo Otegui al Parlament no dejan de crecer sumando incondicionales. Y es que consideran, con razón, que quien ha representado a los asesinos etarras, no hace otra cosa que manchar «la sede de la institución democrática más representativa» de Cataluña. Mucho trabajo, muchos años, mucho dolor y mucha inteligencia emocional nos ha costado a la mayoría de las víctimas asumir una realidad atroz, enmendar nuestras heridas y aceptar algo que ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos imaginado que seríamos capaces de aceptar.

Añade que:

De esta forma, con mucha valentía, mucho amor, mucho apoyo familiar, algunas contando además con un apoyo impresionante de la sociedad, y con un espíritu que demostramos día a día que es inquebrantable, hemos manifestado que en lugar de víctimas somos responsables de nuestra superación personal y de nuestra felicidad. Cierto que cuesta. Especialmente cuesta cuando ves noticias que atacan nuestra dignidad y vulneran la memoria de quienes fueron asesinados y por los que seguiremos luchando.

Pero también resulta difícil reponerse cuando ves, tras ese duro ejercicio de transformar una realidad dantesca en otra más bonita y llevadera, que quienes consintieron e incluso propiciaron esos ataques macabros que acabaron en asesinatos, mutilaciones, daños cerebrales y tantísimo dolor,se colocan ahora cobarde y vilmente tras ese papel de víctima que tanto nos cuesta superar cada día.

Sentencia que:

Muchos de los verdugos que hoy dicen arrepentirse, lo hacen para beneficiarse de unas negociaciones que ojalá hayan supuesto el final de los asesinatos, pero que siguen doliendo porque ¿quién negociaría con el asesino de su hijo? El caso es que ellos están saliendo de la cárcel mientras que el reguero de sangre que protagonizaron ha dejado cientos y cientos de vidas bajo tierra. Si bien el perdón puede liberarnos de este terrible daño, jamás el olvido podrá borrar las acciones de tantos verdugos que hoy quieren volver a ser protagonistas, pero como víctimas del sistema. Y lo peor y más doloroso aún es que haya quien les crea o les interese hacerlo.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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