LA TRIBUNA DEL COLUMNISTA

Antonio Burgos le hace un traje a los podemitas: «Que pongan un portero de discoteca en el Congreso y quien no lleve chaqueta y corbata, no entra»

Ignacio Camacho: "Mariano el soso, Mariano el cuestionado, Mariano el mediocre, se ha convertido entre sus colegas en un gobernante envidiado"

Los elogios al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, por contar con el beneplácito de la Europa que está en cabeza, las críticas tanto a PP como a PSOE para que no se enzarcen en un debate que vuelva a bloquear la vida parlamentaria o la bochornosa estampa vivida en algunos escaños durante la apertura solemne de la XII legislatura en el Congreso de los Diputados son algunos de los temas tratados en editoriales y columnas de opinión este 20 de noviembre de 2016.

Antonio Burgos se pregunta en las páginas de ABC como nadie es capaz de impedir el paso al interior del Congreso de esos especímenes que pasan olímpicamente de cumplir con las más elementales normas protocolarias en lo que a cuestión de vestimenta se refiere:

Yo me pregunto: ¿cuántos jefes de Protocolo hay en España? ¿Siete mil, diez mil? ¿Cuántos entre la Casa de S. M. el Rey y las Cortes Generales? ¿Y ninguno es capaz de impedir que esta gente vaya vestida de mamarracho y oro, ora en las visitas a La Zarzuela, ora en las sesiones del Congreso y del Senado y más en las solemnes y conjuntas, y exigir traje y corbata? En las discotecas hay un portero que a quienes van así con el Uniforme de Podemos les vedan el paso: «Perdón, señor, así en camiseta, vaqueros y zapatillas no puede usted entrar aquí». Nada digo de los restaurantes donde exigen chaqueta y corbata. ¿Por qué entonces se admiten estas provocadoras muestras de «torpe aliño indumentario» en las más altas instancias representativas de la soberanía nacional y del Reino? Con la Castuza dentro del hemiciclo, hemos pasado de la cortesía parlamentaria a la grosería parlamentaria. Ya que la presidenta no quiere aplicar el Reglamento en cuanto a mínima dignidad de atuendo, pido que al menos pongan en el Congreso un portero de discoteca. Ya verán ustedes cómo mientras no se ponga chaqueta y corbata no entra ni uno de la Castuza.

Ignacio Camacho cuenta en su columna la visión tan excelsa que se tiene en Europa de Mariano Rajoy:

Mariano el soso, Mariano el cuestionado, Mariano el mediocre, se ha convertido entre sus colegas en un gobernante envidiado. Está en minoría pero tiene el sillón y es su mano la que aprieta los botones del cuadro de mandos. La estrategia del trantrán le ha funcionado. Los elogios de la canciller alemana -«tienes la piel de elefante»- habrán satisfecho su escondido ego, pero sobre todo representan un capital estratégico que trasciende ese minuto de gloria efímera.

José María Carrascal avisa a Mariano Rajoy que se abstenga de escuchar esos falsos cantos de sirena que le pueden llevar por la calle de la amargura, que sobre todo sea fiel a sus principios:

Su mayor riesgo no es sólo que los partidos constitucionalistas, el PSOE concretamente, se vuelvan anticonstitucionales, como estuvo a punto de hacerlo con Sánchez -que parece no haber perdido la esperanza de hundirlo-, sino que Rajoy sea infiel a sí mismo con sus ansias de diálogo y consenso que no se cansa de expresar. Uno puede pasarse tanto de frenada como de acelerador, y, si bien el presidente puede ceder en puntos importantes pero no esenciales de la política que ha venido haciendo, como son los cargos y las personas, no puede ceder en lo básico, que ha enunciado más de una vez: la recuperación económica (o creación de empleo) y la unidad de España (o soberanía del pueblo español plasmada en la Constitución). Lo demás es negociable, pero esos dos pilares debe mantenerlos, si no quiere pasar de gobernante más seguro de Europa al más endeble. Con gran contento de sus enemigos, que son todos.

Antonio Martín Beaumont, en La Razón, detalla la cruenta guerra de poder que se está desatando en Podemos:

Iglesias ya ha mostrado su cara más feroz y el resultado final puede resultar doblemente amargo para el secretario político. Primero, porque Espinar, al amparo de las bases, parece obstinado en fulminar a José Manuel López como portavoz en la Asamblea de Madrid (ese paso sería un misil en la línea de flotación de Íñigo Errejón e incendiaría aún más los ánimos). Segundo, porque el propio Errejón puede acabar en el humilladero, con su cabeza servida en bandeja de plata por Iglesias a los anticapitalistas para calmar sus peticiones de «vendetta».Y no debe olvidarse que esta tercera familia morada ha ganado poder interno y, en caso de equilibrio de fuerzas, es quien tiene en sus manos decantar los triunfos. Pablo Iglesias ha alimentado este sector (el más duro), se ha echado en sus brazos y ha acabado excitándolo hasta el punto de abrir la caja de Pandora, que guardaba las ansias de los más radicales por descentralizar la organización. El pulso independentista de la federación de Andalucía chirría a Iglesias. Pero Teresa Rodríguez, ahora en alza, pretende adelantar a su secretario general por el extremo.

El editorial de El País advierte a PP y PSOE de que no pueden mantener bloqueada la vida institucional. A la derecha le dice que tendrá que bajar al barro a negociar cada aspecto de la vida política y al segundo, que no se obstine en un no sin tan siquiera conocer la letra de los Presupuestos Generales del Estado de cara a 2017:

Es de esperar que entre unos y otros no nos conduzcan de nuevo al bloqueo de la situación política. Las dos fuerzas principales, el PP y el PSOE, se sienten demasiado prisioneras de sus respectivas debilidades, una por haber perdido el control de la mayoría parlamentaria y la otra por la crisis interna sufrida. El nuevo tiempo político exige cambiar de tácticas y de comportamientos, haciendo de la negociación y del pacto los ejes de la vida parlamentaria.

Francisco Pascual, en El Mundo, compara al PP con Mercadona. Le llama, directamente, partido Hacendado:

Roig también basó la expansión de Mercadona en inculcar a empleados y proveedores ideas-fuerza ligadas al mérito -‘el jefe es el cliente’ o ‘cultura del esfuerzo’- y en el formidable éxito de su marca blanca, Hacendado. Especialmente durante la crisis, sus baldas ofrecían poca variedad, pero muy competitiva, todo adaptado a la limitada economía doméstica de los españoles. Mariano Rajoy ha ensayado algo parecido este lustro al convertir al PP en una marca blanca. El partido se ha desideologizado para ofrecer la cesta de la compra ideal a lo que el CIS o su sociólogo de cabecera dicen que es un español medio: una persona mayor, castellanohablante y fiel defensora del Estado de Bienestar. También hay dos ideas-fuerza -«crear 20 millones de empleos» y «España es la nación más antigua de Europa»- que han sustituido al programa electoral.

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Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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