Involución en el búnker

(PD).- La falta de una orientación clara dentro del PP está propiciendo que algunos dirigentes del partido utilicen para sus maniobras internas la excusa del acercamiento a los nacionalistas para sembrar dudas sobre la lealtad de Mariano Rajoy al proyecto identitario nacional o, como analiza Ignacio Camacho en ABC, «la involución en el búnker».

Frente al proyecto relativista, esponjoso y elástico de Zapatero, maestro de la apariencia y el diseño, la derecha española no podrá ganar si se aleja del centro, que no es un concepto ideológico ni siquiera estratégico, sino político, en el sentido que la palabra política tiene de posibilismo, moderación, y capacidad integradora. Para conformar una mayoría social se necesita ir a buscarla, no citarla desde la lejanía de un dogmatismo destemplado en el que muchos ciudadanos no desean reconocerse. El gran logro de Aznar fue exactamente ése, el de ir al encuentro de las aspiraciones populares con un partido de amplio espectro unido bajo la solidez de su liderazgo, y en el momento en que ese liderazgo se hipertrofió de soberbia hasta transformarse en un arrogante cesarismo doctrinario comenzó la pendiente que precipitó su caída.

El PP no ha encontrado desde entonces la brújula que reoriente su reagrupamiento, pero mientras algunos la buscan en el pragmatismo centrista se han empezado a oír voces que piden el retorno al pleistoceno ideológico, el retroceso al preaznarismo más rígido. Ciertos sectores de la derecha pretenden aprovechar la confusión de esta crisis de dirigencia para plantear una dura involución programática, que enfrente al mórbido revisionismo de Zapatero con una tensa propuesta de arquitectura institucional. Algunas enmiendas del Congreso de Valencia plantean incluso una impugnación de hecho del Estado de las Autonomías, y otras tratan de fijar al partido en el caparazón de una especie de resistencia moral. De alguna manera, la batalla por el control del partido está dando pie a oportunistas maniobras regresivas que, de triunfar en mayor o menor medida, supondrían el retorno del proyecto a la etapa anterior a la refundación, anclándolo como entonces en una minoría social maniatada y sin posibilidad de avance.

Los involucionistas trabajan con la legítima alarma que causa la deriva nacionalista, utilizándola como base para sembrar dudas sobre la lealtad de Mariano Rajoy a un proyecto de identidad nacional que desean atornillar en los estatutos para evitar cualquier dispersión táctica. Algunos de ellos fueron sacrificados políticamente por el propio Aznar para abrirle paso a su bitácora de alianzas con el nacionalismo, y otros tuvieron que ser apartados ante el rechazo que generaba su praxis sectaria. Ahora vuelven a la carga ante la evidencia de un vacío de poder propiciado por las convulsiones internas, obviando la evidencia de que sin puentes sobre los que tender pactos será imposible cualquier retorno al poder que permita aplicar, siquiera en parte, sus muy arraigados valores.

Hay una derecha que se siente cómoda en el búnker doctrinal, en la burbuja identitaria de sus propios principios, y cíclicamente propone una vuelta a debates ya superados sin importarle cuánta gente le acompañe en ese viaje hacia el pretérito imperfecto. Cuando ha triunfado este modelo, ha fracasado el de una mayoría de reformismo liberal. Y cuando eso ocurre lo que avanza es el proyecto adversario, el de una izquierda que sí sabe a menudo cómo conectar con la expresión de las aspiraciones sociales para darle luego a la nación el timo de la estampita con los cromos de una política de diseño progresista.

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