El panorama político europeo ha dado un vuelco en los últimos meses. Pedro Sánchez y su PSOE se han quedado prácticamente solos como gobierno de izquierdas relevante dentro de la Unión Europea, tras el batacazo del socialismo portugués y el apagón electoral de sus homólogos en Rumanía y Polonia.
Mientras el continente vira hacia posiciones más conservadoras, España resiste como una isla progresista, aunque no sin turbulencias ni polémicas internas.
En Portugal, la caída del primer ministro António Costa, salpicado por escándalos de corrupción y presiones judiciales, supuso un golpe mortal para los socialistas lusos. Las urnas no perdonaron y devolvieron el poder a fuerzas conservadoras, sumando otra ficha al dominó derechista que avanza por Europa.
En Rumanía y Polonia, la izquierda ni siquiera ha logrado consolidarse como alternativa, limitándose a un papel casi testimonial en sistemas políticos dominados por conservadores y liberales.
Este fenómeno deja a España en una posición paradójica: país de referencia para la izquierda europea… pero también objeto de escrutinio por parte de una UE que observa con recelo los experimentos políticos de Sánchez, sobre todo ante las acusaciones persistentes de corrupción que pesan sobre el PSOE y su entorno.
¿Por qué aguanta el socialismo en España?
La pregunta es inevitable: ¿qué tiene España de peculiar para que aquí perviva un gobierno socialista cuando sus homólogos europeos caen como fichas de dominó? Hay varios factores, algunos estructurales, otros coyunturales:
- Memoria histórica y polarización: El pasado franquista ha dejado una huella duradera. Parte del electorado identifica a la izquierda con la defensa de derechos civiles y sociales frente a los temores sobre regresiones autoritarias, lo que moviliza incluso a votantes desencantados.
- Fragmentación del centro-derecha: El auge de partidos como Vox ha obligado al PP a endurecer su discurso, dificultando acuerdos amplios y generando rechazo entre votantes moderados. Esto ha permitido al PSOE presentarse como garante de estabilidad y “cordón sanitario” frente a la ultraderecha.
- Capacidad de pactos múltiples: El sistema parlamentario español ha convertido al PSOE en un experto funambulista. Sánchez ha sabido tejer alianzas con nacionalistas, independentistas e incluso herederos del comunismo para mantenerse en La Moncloa, aunque a costa de una legislatura crispada y plagada de concesiones polémicas.
- Red clientelar e institucionalización: El PSOE cuenta con una sólida implantación territorial, especialmente en ayuntamientos y comunidades autónomas. Esto le otorga músculo electoral pese a los escándalos recurrentes.
- Efecto “miedo al cambio”: La incertidumbre económica global —y cierta habilidad para vender los datos macroeconómicos propios como excepcionales frente al entorno europeo— han jugado a favor del relato socialista. Muchos españoles prefieren “malo conocido” antes que aventuras con partidos emergentes o virajes bruscos.
Corrupción e incompetencia: ¿por qué no pasan factura?
Resulta llamativo que, pese a los repetidos casos de corrupción —de los ERE andaluces al caso Koldo— el desgaste electoral del PSOE sea mucho menor que el sufrido por sus equivalentes europeos. Algunas claves:
- Normalización del escándalo: La sucesión ininterrumpida de casos ha generado cierta inmunidad social. El hartazgo ante la corrupción es generalizado, pero se percibe como transversal a todos los partidos.
- Control narrativo mediático: Buena parte del ecosistema mediático español mantiene una actitud benevolente con el Gobierno o minimiza los efectos negativos sobre su imagen pública.
- Comparación constante con la derecha: En cada escándalo socialista se rescatan episodios similares (o peores) protagonizados por el PP o sus aliados autonómicos. Este empate técnico en descrédito beneficia al partido instalado en Moncloa.
- Polarización extrema: La política española es hoy un juego binario donde la aversión al rival pesa más que las propias convicciones. Muchos votantes optan por “tapar la nariz” antes que facilitar una victoria opositora.
España frente al espejo europeo
Mientras tanto, el resto del continente gira hacia posiciones mucho más conservadoras. Las elecciones europeas han certificado este viraje: la derecha tradicional y las nuevas extremas derechas acumulan mayorías inéditas desde 1945. Francia vive bajo amenaza permanente del ascenso lepenista; Italia ya está gobernada por Giorgia Meloni; Alemania navega un tripartito frágil donde los socialdemócratas son minoría; Portugal ha dejado atrás décadas socialistas; Polonia mantiene gobiernos nacionalistas; Hungría o Eslovaquia exhiben orgullosamente su euroescepticismo.
En este contexto, Bruselas observa con perplejidad (y algo de inquietud) las maniobras políticas españolas. La coalición progresista encarnada por Sánchez es vista como excepción anómala, sostenida por equilibrios precarios y pactos incómodos con partidos independentistas o formaciones radicales. Muchos analistas coinciden en que esta situación no es sostenible indefinidamente.
Consecuencias posibles: ¿y ahora qué?
La soledad del socialismo español tiene varias derivadas:
- Menor capacidad de influencia para Sánchez en los órganos comunitarios clave.
- Mayor presión internacional para aplicar políticas económicas ortodoxas (austeridad fiscal) ante el regreso del Pacto de Estabilidad.
- Riesgo creciente de contagio derechista si se consolida la tendencia europea.
- Dificultades para mantener alianzas amplias sin erosión interna.
- Tentaciones populistas ante las dificultades externas e internas.
Eso sí, conviene subrayar algunos datos curiosos:
- El PSOE es hoy el único partido socialista gobernante relevante en toda Europa occidental.
- En Bruselas, PP y PSOE coinciden hasta en un 89% de las votaciones clave según recientes análisis parlamentarios.
- Pese a las turbulencias políticas internas, España ha crecido económicamente más que muchos países vecinos durante los últimos trimestres.
- Algunos líderes europeos ven aún a Sánchez como símbolo —aunque discutido— de la resistencia progresista continental.
Y mientras Europa vira a la derecha… aquí seguimos debatiendo si lo nuestro es resiliencia democrática o simple costumbre nacional. De momento, Pedro Sánchez aguanta solo entre ruinas socialistas continentales —como quien va cerrando las luces tras una fiesta que ya acabó— mientras Bruselas aguarda expectante si Madrid será también la próxima pieza caída o si resistirá otro asalto electoral.
