No parece que los recortes hayan llegado a los jerarcas universitarios

Democracia a la española: los rectores plantan a Wert haciendo ostentación de sus coches de lujo

¿Quién dijo que España no era un país innovador?

Los rectores plantan a un ministro, los Sindicatos quieren imponer su Reforma Laboral, los indignados quieren gobernar...

Para que luego digan que en este país no se practica la innovación. Los Sindicatos avisan de que «no pararán» hasta que se corrija la Reforma Laboral; los rectores de las mil y una universidades dejan plantado, con la palabra en la boca, al Ministro de Educación; los indignados han desarrollado el parlamentarismo callejero trashumante, y convierten la primera plaza que encuentran en un hemiciclo en el que montan sesiones de control al Gobierno.

Y menudo espectáculo el que describe este 24 de mayo de 2012 con los rectores yendo en coches de lujo para moverse hasta la sede del Consejo Escolar y plantar a Wert. —Los rectores plantan a Wert y frenan el decreto de becas

No parece que los recortes económicos hayan llegado hasta los coches de los que rigen las Universidades, a tenor de los medios de locomoción. Profusión de Audi, BMW y otros coches de alta gama. Se ve que les gustan las marcas alemanas, aunque alguno utiliza Opel, de un modelo ya fuera de producción. Y también los hay monovolúmenes, para poder viajar en los fines de semana con toda la familia. Eso si, en la versión mas cara y de chasis alargado, la denominada Gran Picasso. Ninguno de ellos son coches ecológicos, de tecnología híbrida o poco contaminante.

Es posible que los españoles, con nuestra proverbial humildad, no nos hayamos dado cuenta de que estamos inventando la «democracia a la española», la representatividad sin pasar por las urnas, el derecho a gobernar por generación espontánea, con el aval no homologado de los tuits que convierten una idea, una proposición, una enmienda a la totalidad, en la incuestionable mayoría que proclaman los «trending topic».

Quizá algún día la democracia sea esto. Y entonces el mundo, sobre todo el occidente, tendrá que reconocer que España ha sido la pionera. Que Cándido Méndez y Fernández Toxo han sido unos visionarios. Que el Informe Pisa dirá lo que quiera sobre la educación en España, pero nuestros docentes se han aplicado tanto en examinar y corregir a nuestros gobernantes, que no se les podía exigir una dedicación extra a formar, examinar y corregir a nuestros alumnos.

¡Estamos haciendo historia! Este debe ser el único país, en el mapa de las democracias desarrolladas, donde un gobierno con mayoría absoluta celebra cada día un debate sobre el estado de la nación en cada en cada calle, en cada municipio, en cada autonomía, ante cada uno de los grupos de oposición, no acreditados en el Congreso, que conforman los distintos y distantes gremios profesionales, laborales y sociales.

Hemos pasado de un español/un voto, a un español/un escaño, un español/un turno de réplica, un español/una proposición de ley, un español/una moción de censura. Si esto no es innovación, valor añadido, I+D democrático, que venga Darwin, el padre de la evolución de la especie, y lo vea.

Al ritmo que vamos, nos van a sobrar los gobiernos. Incluso éste con mayoría absoluta, alcanzada hace apenas cinco meses. La ecléctica oposición que se ejerce en las calles, con la megafonía de los Medios de Comunicación a todo volumen, desgasta mucho más que las voces de Durán Lleida, de Soraya Rodríguez, de Josu Erkoreka, de Rosa Díez, de Gaspar Llamazares, de todos esos portavoces, con los papeles en regla, que claman en el desierto del Hemiciclo.

Este exótico paisaje es probable que levante el ánimo de Alfredo Pérez Rubalcaba, cada vez más convencido de que por todos los caminos se puede llegar a Roma.

Pero alguien, en la calle Ferraz, debería explicarle que, cuando en una sociedad empieza a sobrar un gobierno legítimamente elegido, a renglón seguido sobra la oposición, en su ingrato papel de espantapájaros.

Y luego sobran las Cámaras. La Alta, o sea, el Senado, desde hace décadas. Pero la Baja, o sea, el Congreso, en cuanto en las calles se consiga lo que no se puede conseguir en los escaños.

Hagamos ciencia ficción durante un momento. Toxo y Méndez, dale que te pego, manifestación tras manifestación, huelga tras huelga, se salen al final con la suya e imponen sus criterios sobre la Reforma Laboral.

Llegan los rectores de las escasas y competitivas universidades españolas, y le dictan a José Ignacio Wert cuánto y cómo se deben aplicar las partidas presupuestarias en política universitaria. Montan decenas de campings los indignados multitribales, y toman el BOE, redactan los decretos ley, inspiran los Consejos de Ministros y reforman y aprueban las leyes manejando por hilos a diputados títere en el Congreso.

Y los docentes deciden los horarios, los calendarios, el número de alumnos por aula, los criterios de evaluación, los contenidos y los continentes de la política educativa. Luego, los médicos, para no ser menos, deciden la ratio facultativo/paciente, los criterios de prescripción de medicamentos, los salarios, las compatibilidades, la política sanitaria de 47 millones de españoles.

Y así, colectivo a colectivo, mineros, trabajadores del Metal, temporeros, agricultores, ganaderos, pescadores, autónomos, hasta alcanzar la hermosa utopía de un gobierno del pueblo, por el pueblo pero sin instituciones.

Lo de menos serían los presupuestos, esa bobada de cuadrar los ingresos con los gastos, porque ¿qué mercado, qué agencia de valoración, qué BCE sería tan tonto de no confiar en un país que había conseguido semejante madurez democrática, esa capacidad de autogestión y la ejemplar austeridad de ahorrar en instituciones, Ministerios, Congresos, Senados, gobiernos autónomos, tribunales, coches oficiales, funcionarios, gastos electorales y demás cuestiones superfluas de esa naturaleza?

¡Estamos en el buen camino! Lo conmovedor es que Rubalcaba y compañía se estén frotando las manos, convencidos de que, después de Rajoy, si la calle lo tumba, les aguarda de nuevo la tierra prometida del poder. Qué pueden controlar la caja de los truenos que han abierto. Ninguno de ellos, probablemente, se ha hecho la pregunta del millón en esta primavera española convulsa e imprevisible: ¿y si después de Rajoy, de un gobierno con mayoría absoluta, viene el caos, el diluvio, la estampida permanente sociológica?

Estamos inventando una «democracia a la española», y da la sensación de que nadie recuerda el sabio consejo de Eugenio D´Ors a un camarero: «los experimentos con gaseosa».

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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