No conoce a nadie.
Resulta grotesco que Pedro Sánchez pretenda ahora lavarse las manos asegurando que «no conocía personalmente» a Ábalos, a Koldo ni a Santos Cerdán, cuando durante años los tuvo de mano derecha, fontanero y secretario de Organización, los fotografió en cientos de mítines, los defendió a capa y espada y los utilizó como puente directo con la narcodictadura venezolana que hoy lo sostiene en el poder.
Y ridículo y patético que sufra similar amnesia con Paco Salazar y su bragueta.
Dentro de poco, cuando avancen los procesos judiciales o la UCO eche más leña al fuego de la corrupción, dirá que no conoce a Begoña, tampoco a su hermano músico y ni siquiera a la madre que lo parió.
La política española tiene una cualidad sorprendente: cuando parece que ya se ha llegado al límite, siempre encuentra la manera de superarse. La última acrobacia proviene directamente de Moncloa, donde Sánchez afirma ahora que apenas conocía a José Luis Ábalos y que Koldo García no era un hombre de su confianza, todo esto en medio del revuelo generado por el llamado caso Koldo y la disputa abierta entre el exministro y el presidente.
Este intento de desvinculación personal y política no ocurre en un vacío.
Choca frontalmente con años de fotografías, actos del partido, viajes conjuntos y decisiones estratégicas en las que Ábalos fue una figura clave del “sanchismo” y Koldo, su fiel escudero.
Además, llega en un momento en el que la oposición ha convertido las “mentiras de Sánchez” en el eje central de su discurso, acusándole de distorsionar desde sus compromisos con la OTAN hasta la corrupción en su círculo más cercano.
Un presidente que ya no reconoce a los suyos
En los últimos días, tras las duras acusaciones de Ábalos, el presidente ha reaccionado con una fórmula repetida: “todo lo que dice es mentira” y “no vamos a aceptar chantajes”. Este mensaje busca dos objetivos simultáneos: desactivar la narrativa de su exministro y distanciarse de cualquier conexión con el caso Koldo.
No obstante, el intento de presentar a Ábalos casi como un extraño del poder entra en conflicto con varios aspectos:
- Ábalos ocupó el cargo de ministro de Fomento/Transportes y, sobre todo, fue secretario de Organización del PSOE, la posición más delicada del partido tras el secretario general.
- El presidente le confió la negociación parlamentaria más complicada de la democracia reciente: moción de censura, alianzas con independentistas y socios minoritarios, así como la gestión de una legislatura fragmentada.
- El Gobierno admitió que Sánchez convocó a Ábalos en 2021 para pedirle explicaciones y comunicarle que “este viaje había terminado”, refiriéndose a su salida del Ejecutivo.
A partir de ese momento, la nueva narrativa es clara: el problema es Ábalos, Koldo es un problema, cualquier cosa menos el presidente. Se aplica aquí un viejo principio político: cuando las llamas se acercan, hay que cortar el cable que conecta con el núcleo.
El “no me consta” como método de gobierno
La comparecencia de Sánchez en el Senado, donde repitió hasta la saciedad expresiones como “no me consta”, “no recuerdo” o “no lo sé”, se ha convertido en un símbolo claro de la crisis de credibilidad del Gobierno.
Según recuentos parlamentarios, durante esa sesión el presidente:
- Recurrió al “no me consta” en 18 ocasiones.
- Utilizó variantes como “no tengo constancia”, “no recuerdo” o “desconozco” decenas más veces.
- Negó conocer la imputación de Begoña Gómez mientras se tomaba cinco días para “reflexionar”.
Este escenario refuerza la idea de un presidente que, ante cualquier asunto delicado, busca refugio en su ignorancia personal, incluso cuando los hechos documentados indican lo contrario. Esto sucedió con:
- La condición imputada de su esposa, conocida por la Justicia desde días antes.
- El veto europeo a la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez en el conocido caso Delcy, aprobado en 2018 por la propia UE y comunicado oficialmente al Gobierno.
Ahora se suma a este patrón su supuesta falta de conocimiento sobre la verdadera dimensión de Koldo García, quien acompañó durante años a Ábalos, viajando junto a él por media España y siendo designado para puestos clave según han recordado diversos medios críticos.
De Bildu a Junts: un historial repleto de promesas incumplidas
El verdadero problema para Sánchez no radica solo en lo que dice hoy acerca de Ábalos o Koldo. Es el peso abrumador de un historial repleto de rectificaciones que ya forma parte del debate público.
En los archivos recientes hay episodios difíciles de conciliar con la imagen firme y coherente que pretende proyectar:
- En 2015 afirmó rotundamente: “Con Bildu no vamos a pactar; se lo repito cinco o veinte veces”. Años después, el PSOE ha firmado acuerdos decisivos con esta formación abertzale en varias instituciones.
- Antes de las elecciones 2023 declaró que no habría amnistía para los independentistas catalanes y que solo habría indultos condicionados. Poco tiempo después, convirtió la amnistía en condición necesaria para su investidura, defendiendo esta medida como “hacer virtud a partir de necesidad”.
- Negó ceder ante Junts en cuestiones relacionadas con confianza o dividir su decreto ómnibus; finalmente hizo ambas cosas para salvar su legislatura.
Este recorrido ha llevado a algunos analistas a hablar del “posmodernismo de la verdad” respecto a Sánchez: sus afirmaciones políticas no serían más que posiciones provisionales hasta que las circunstancias parlamentarias exijan lo contrario.
La OTAN, gasto militar y otro desmentido incómodo
Las críticas por las “mentiras de Sánchez” no se limitan al ámbito interno. En recientes debates sobre gasto militar, miembros de la oposición han acusado al presidente de presentar como real un acuerdo con la OTAN que no existe.
Desde las filas populares subrayan que:
- El secretario general aliado, Mark Rutte, ha dejado claro que no hay cláusulas ni pactos paralelos para España.
- España deberá avanzar hacia los objetivos presupuestarios en defensa sin ningún trato especial como otros aliados.
Este episodio refuerza la impresión sobre un presidente capaz de adaptar su mensaje según convenga: una versión para Bruselas, otra para Madrid y una tercera durante las campañas electorales.
El caso Koldo como prueba del estrés del “sanchismo”
La evolución del caso Koldo ha hecho estallar una relación ya tensa entre Sánchez y Ábalos. El presidente insiste en que el PSOE es un partido “limpio” sin financiación irregular ni redes corruptas alrededor suyo. Sin embargo, desde la oposición ven en esta trama relacionada con mordidas por contratos para mascarillas una manifestación clara de una cultura política basada en el “ya veremos qué pasa”.
Aspectos clave dentro esta crisis son:
- Koldo García fue un asesor cercano a Ábalos; estuvo presente constantemente durante viajes y reuniones ministeriales.
- La investigación judicial apunta hacia un posible tráfico influencias y corrupción vinculada a contratos públicos durante la pandemia.
- La versión oficial intenta encapsular toda responsabilidad dentro un “caso aislado”, mientras niega cualquier conocimiento desde lo alto del Gobierno.
El problema para Moncloa es claro: cada vez que Sánchez afirma desconocer algo o carecer constancia sobre ello, muchos ciudadanos ya no perciben una explicación sino simplemente una repetición vacía.
Cuando el personaje eclipsa al político
En este contexto han proliferado análisis describiendo a un presidente “arrastrado por los acontecimientos”, más preocupado por sobrevivir día tras día que por establecer una dirección clara. La imagen tradicionalmente fuerte y reformista se ha ido diluyendo entre:
- Pactos contradictorios con aliados ideológicamente opuestos.
- Cambios radicales justificados como “rectificaciones”.
- Una creciente desconexión entre lo dicho públicamente y lo real dentro las instituciones.
Este desajuste genera una paradoja: cuanto más intenta Sánchez presentarse como garante estable del Gobierno, más crece la percepción colectiva acerca del peligroso equilibrio al cual está sometido; rodeado por chantajes cruzados e imposibles equilibrios mientras niega conocer a quienes le ayudaron llegar hasta donde está ahora.
Consecuencias políticas: desconfianza transversal
La erosión evidente en credibilidad trae consigo efectos tangibles:
- Refuerza el discurso opositor; han convertido las “mentiras de Sánchez” en parte integral permanente del debate público.
- Dificulta relaciones con socios parlamentarios; estos ahora piden garantías escritas revisables porque saben bien que ya no basta solo con sus palabras.
- Alimenta una creciente desconexión ciudadana hacia lo político; especialmente entre votantes moderados quienes ven este estilo como síntoma claro deterioro institucional.
A medio plazo podría ser más perjudicial institucionalmente hablando; cuando un presidente normaliza ver los archivos periodísticos como enemigos más allá compromisos reales asumidos envía un mensaje nítido hacia toda cadena jerárquica.
Un presidente que “no conoce” ni su propia biografía política
La imagen del líder gubernamental afirmando desconocer detalles fundamentales sobre colaboradores cercanos o decisiones europeas adoptadas formalmente deja una sensación incómoda: o bien sabe mucho más sobre estos temas pero oculta información intencionadamente o realmente ignora demasiado respecto cuestiones vitales. Ambas posibilidades tienen altos costos políticos.
Mientras tanto sigue girando entorno suyo esa vida política española; marcada por alguien capaz negar hoy lo afirmado ayer mientras mañana justifica todo bajo premisas erróneas bajo forma erráticas denominadas «rectificaciones».
Así surge entre repeticiones absurdas tales como «no me consta«, «no recuerdo» o «no conocía ese señor«, convirtiendo nuestra política nacional casi en una biografía escrita mediante constantes auto-desmentidos.
En los pasillos del poder algunos bromean diciendo que cualquier día podría declarar solemnemente desconocer también quién es realmente él mismo; cuando llegue ese instante quizás ni siquiera sorprenda ya ni siquiera a quien le dio vida.
