Fernando Jáuregui – Las lágrimas de Colau.


MADRID, 27 (OTR/PRESS)

Una fotografía vale más, dicen los cínicos del sector, que cien crónicas. No siempre estoy de acuerdo. La imagen de las lágrimas de Ada Colau, cabeza visible de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y animadora, a lo que parece, de ese escrache que lleva a llamar «asesinos» a algunos políticos a la puerta de sus casas, puede significar muchas cosas. La más significativa, a mi modo de ver, que la señora Colau no puede hacer frente a su obvio exceso de protagonismo; se ha roto, haciendo buena la máxima según la cual para conocer a alguien hay que darle poder. El poder de Colau está en la calle, en la acción extrema, como aquel alcalde andaluz, el señor Gordillo, usted recuerda, arrastrando el carrito del pillaje en una gran superficie. Otra foto impagable, pero insuficiente, porque requería de una crónica explicativa, de algún tipo de glosa escrita.

Comprendo el hartazgo de amplios sectores de la sociedad española. El paro, el mileurismo, la falta de perspectivas, se suman a una manera de gobernar a los ciudadanos particularmente hermética, tradicionalmente poco transparente, y está claro que no me refiero (solo) al actual Gobierno, ni al anterior, ni al anterior al anterior; la democracia, en España, siempre ha estado lejos de ser perfecta. Pero nada de eso justifica la inmensa difamación que supone plantarse a la puerta del domicilio de un político, o de quien sea, y gritarle, encabezando el coro de la plebe, «asesino», algo que sin duda no es.

O, ya que estamos, nada valida sellar las puertas de un comercio que quiere abrir un día de huelga. O, menos aún, asaltar un supermercado para, a lo Robin Hood de Marinaleda, repartir los alimentos entre los pobres.

Claro que comparar algunas de estas actitudes con las asesinas de esa ETA que falsamente renace ahora con amenazadores comunicados- brindis al sol (ETA está acabada y ya ni sabe hacer comunicados) es otra demasía, y entre demasías no puede transcurrir la vida política y social de un país, como señalaba Rajoy, diciendo que, así, el nuestro se convertirá en un país «invivible». No tuvo razón la habitualmente acertada delegada del Gobierno en Madrid cuando comparó el «escrachismo» (el palabro es mío) con actitudes etarras. Entre otras cosas, porque de ahí a prohibir las manifestaciones de protesta en la calle (y Ada Colau y los suyos han protestado con lógica contra algunos abusos) va un paso, de ahí a calificar de terroristas a cuantos se oponen, vociferantes, a la política gubernamental, va apenas otro paso.

En Italia, los que protestan contra un estado demencial de cosas se hacen payasos o políticos. O ambas cosas. Lo mismo ha ocurrido en Francia. En Gran Bretaña, nacen partidos al borde del sistema democrático, pero dentro del mismo, al fin y al cabo. Lo mismo que en Holanda o en los países nórdicos. Claro que en todas esas naciones y sociedades se da la protesta ordenada. En España, el motín se llama «indignados» -con los que simpaticé en su primera fase; imposible hacerlo en sus derivaciones posteriores-, se llama sanchezgordillismo -imposible sentir afinidad con esos métodos-, o se llama escrache, que es término nacido de la peor acepción de la movilización en el peor momento de la peor Argentina.

Se impone la reflexión. En las calles, plenas de gentes que protestan a muy justo título. En los partidos políticos, en los sindicatos, que deben -deberían- ser los que encaucen las movilizaciones ciudadanas.

Y, claro, en los gobiernos, que han de darse cuenta de que hay que variar, y mucho, la manera de representar a los ciudadanos. Llamar «filoetarras» a quienes protestan más allá de lo razonablemente aconsejado por una democracia templada es un boomerang que se vuelve, como toda exageración, contra quien lo arroja. Las lágrimas fanáticas, desbordadas, de la señora Colau armada de su micrófono tampoco sugieren el sosiego que reclama una sociedad en vertiginoso cambio, en tránsito hacia quién sabe dónde, en inquietud por el futuro. Aquí están fallando demasiadas cosas; en nuestros representantes, sí. Pero también en eso que llamamos la sociedad civil, que, aunque sea cargada de razones, comienza a desbordarse.

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