Andrés Aberasturi – Sobre el poder de los jueces.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Aeropuerto de San Sebastián hace unos días; el guardia civil que parecía estar al mando de control de pasajeros, decidió que yo debería ser cacheado por su compañero al que le indicó en voz alta y clara: «todo enterito». Hace ya mucho tiempo que decidí pasar de este tipo de cosas y no generalizar nunca: si algo caracteriza a la Guardia Civil e su conjunto es una estricta educación que les lleva, en general, a no entrar en más diálogos ni calificativos que los necesarios. Quiero imaginar que el guardia civil de marras, el que me confundió con un pollo o un besugo «todo enterito», es la excepción que confirma la regla y el hecho mismo no iría más allá de una falta de respeto, de esa posible tentación al abuso y al mal uso de autoridad que en España ha flotado siempre sobre cualquiera que llevara uniforme, da igual que fuera un portero de finca de urbana que un general de división.

Pero me preocupa más que el abuso de autoridad -o la autoridad mal entendida- haya sobrevivido a un régimen dictatorial y, lo que aún es peor, se haya enquistado en parte de un colectivo tan fundamental como el de la judicatura. No puedo -y sería radicalmente injusto- generalizar, pero se podría escribir un libro entero con testimonios de acusados, testigos, abogados y hasta fiscales sobre el despotismo de demasiados jueces/zas que llevan su autoridad hasta extremos verdaderamente insoportables y en ocasiones son -o parecen- incapaces de separar lo que sin duda es una de sus competencias -la de llevar la vista por derroteros correctos- de otra cosa que les hace a caer en la imposición gratuita, la amenaza, la regañina casi infantil, los malos modos etc. Y hablo tanto de jueces de la Audiencia Nacional como de titulares de lo Social o de Primera Instancia. He seguido grandes juicios mediáticos y he asistido como testigo o parte a otros menores; siempre me ha llamado la atención la distancia entre el juez y el resto porque un juicio es -debería ser- un acto coral de enorme importancia sin protagonistas en cuyo desarrollo cada uno cumple su función, tiene sus derechos y sus deberes y porque la figura del Juez es lo que es, dios todopoderoso en ese momento, tendría que comportarse de una forma no sólo adecuada sino exquisita. Y no es así. He visto a jueces -y se puede ver cualquier día si uno echa la mañana en irse de juzgados- ajenos a lo que ocurría en la Sala; he sido testigo de frases como «no voy a perder el tiempo hablando con usted» cuando un padre -al que le habían acusado falsamente, como luego se demostraría, de barbaridades con su hija,- le pedía entre lágrimas ser tan sólo escuchado por su señoría; conozco a abogados que han salido vejados y ni siquiera se han atrevido a pedir que constara en acta su protesta por la innecesaria humillación y he comprobado la diferencia de trato del mismo juez a un defensor que es además famoso catedrático y a un letrado desconocido.

Lo que antes escribí de «dios omnipotente» no es metáfora; ante un juez en el ejercicio de su función, no hay fuerza capaz de pararlo y eso nos debería garantizar su independencia; ni el presidente del gobierno ni el nuncio del misma Papa pueden frenar sus decisiones en ese momento ni plantar cara a sus palabras. Es verdad que luego se podrá recusar, apelar, protestar y hasta acusarle, pero nunca en el momento en que está ejerciendo su función. Y precisamente por eso, porque en ese momento no hay nadie superior a él al que acudir, el CGPJ debería proponerse entres sus deberes inmediatos recordar a unos cuantos jueces -quiero pensar que pocos- lo que tantos clásicos han escrito sobre ese duro oficio. Ni colegas, ni enemigos, sólo y nada menos que jueces pero sin traspasar nunca la frontera de su autoridad, sin utilizar de forma perversa, despectiva, maleducada o descortés ese poder que pueden haber ganado en unas oposiciones pero que no es suyo, que es el que nosotros, todos, les delegamos, nosotros, «todos enteritos».

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