Siete días trepidantes – La triste historia de un disparate y muchas torpezas.


MADRID, 06 (OTR/PRESS)

Al final, la cosa acabó estallando. No podía ser de otra manera, a la vista de la serie de despropósitos, torpezas, mentiras y medias verdades con los que se ha manejado el «caso Snowden», que ha acabado enemistando a buena parte de los países latinoamericanos con los Estados Unidos y con algunos países europeos -España entre ellos-, pero también a Europa con la Administración de Barack Obama, que ha visto esfumarse de golpe casi toda la popularidad adquirida en su primer mandato. El disparate ha sido el de Obama centrando toda su artillería diplomática -que no es poca_ y todo el rigor de «sus» jueces contra dos hombres, Julian Assange, fundador de Wikileaks y Edward Snowden, un antiguo colaborador de la CIA que, como Assange, ha revelado bastantes cosas «non gratas» sobre escuchas, controles ilegales y acciones irregulares llevados a cabo por la nación más poderosa del mundo.

Por su parte, las torpezas las han practicado, y no poco, los gobiernos de Suecia -el país que acusó con pruebas más que dudosas a Assange como presunto violador-, Austria, Portugal, Italia, Francia * y seguramente España. Pasando por Gran Bretaña y Alemania, donde se ha aceptado casi oficiosamente que ellos también espían a rivales no políticos, sino comerciales.

Todo un conflicto internacional a causa de un hombre, Snowden, cuya buena fe hay que presumir, y que creyó que su deber consistía en divulgar los manejos sucios de ese país más poderoso del orbe. Y, al final, un «ejército» de solo tres personas, Assange, Snowden y, si usted quiere, el infortunado soldado Manning, acusados de alta traición por Washington, han puesto en jaque muchos años de relaciones internacionales y, desde luego, se han convertido en el quebradero de cabeza principal para el inquilino del despacho oval de la Casa Blanca.

No resulta demasiado extraño que algunos presidentes latinoamericanos hayan apoyado a su colega boliviano, Evo Morales, en su indignación por no haber podido aterrizar con su avión presidencial en cuatro países europeos, que creyeron la historia, fabricada al parecer por la CIA, según la cual a bordo viajaba clandestinamente Snowden. El propio embajador español en Viena se encargó de poner la nota chusca al solicitar a Morales que le invitase a un café en el avión, para así comprobar que el personaje ahora más buscado de la tierra no se hallaba en el aparato. No hubo, claro está, convite.

La diplomacia europea, tan inane, tan presionada por el gran aliado al otro lado del charco, no ha sabido manejar el asunto y ha dado alas a los del «frente Alba» (Alianza Bolivariana para los Pueblos de América) y, sobre todo, a su líder, el venezolano Nicolás Maduro, para abrir un nuevo frente contra el «vecino del norte» y, de paso, contra varios países de la UE en general y contra España en particular: hay que decir que Maduro mostró pésima educación y aún más desprecio hacia las normas diplomáticas que su antecesor, Hugo Chávez, al referirse a Mariano Rajoy y al Gobierno español casi como narcotraficantes y ladrones. Por menos que eso se han roto relaciones diplomáticas, algo que, desde luego, conviene poco a un Ejecutivo, el de Rajoy, que intenta por todos los medios quitar tensión al lamentable «affaire».

Pero desde ya se puede decir que habrá consecuencias: la primera, la invitación formal de Maduro a Snowden para recibir asilo «humanitario» en Venezuela, lo que abre un foso aún más profundo en las relaciones Caracas-Washington. La segunda, que los países del Alba, entre los que se encuentran la propia Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba y Nicaragua, además de otros Estados menores, no acudirán a la «cumbre» iberoamericana de octubre en Panamá, lo que es un nuevo revés diplomático para España, que sabe que tampoco estará presente la belicosa Cristina Fernández de Kirchner, entre otras ausencias previsibles. La pérdida de influencia de España en los países que descubrió, colonizó y con los que, muchos más tarde, inició una cooperación efectiva, ha sido demasiado grande y demasiado rápida.

Pienso que España, aun esforzándose por mantener las formas con todos, poco podía hacer ante las presiones norteamericanas no solo para que se deniegue el asilo a ese Snowden a quien nadie encuentra en su presunto «refugio» del aeropuerto de Moscú, sino incluso para no dar «asilo» tampoco al avión de Morales, cosa que, por cierto, sí se hizo inicialmente en Canarias.

El ministro español de Exteriores, José Manuel García Margallo, trata ahora de mantener la cabeza por encima de las aguas, que vienen bravas, preguntándose en público por las razones de la indignación latinoamericana. La diplomacia europea, tan deficientemente gestionada por la baronesa Ashton, intenta ahora mantener su dignidad y no aparecer como recadera de Washington. Los Estados Unidos buscan desviar la atención centrando su actuación en la seguridad del mundo mundial. El infumable Maduro aprovecha para alzarse como cabeza de la América Latina «contestataria»… Y el resultado ha sido un empeoramiento de las relaciones internacionales, una mayor desconfianza hacia la Administración de ese hasta recientemente admirado Barack Obama y, aquí en casa, un varapalo para España, que difícilmente podrá reivindicar ahora su papel de interlocutor entre las dos orillas del Atlántico. Sin contar con la indignación del común de los ciudadanos ante la patente injusticia que significa esta persecución del «establishment» por tierra, mar y aire a un hombre cuyas acusaciones no han podido ser desmentidas.

Lo dicho: un auténtico dislate, vamos.

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