Al margen – Telepolítica


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

No es cosa nueva el uso de la televisión en política, pero sí la sustitución de ésta por aquella. De ser un instrumento de adoctrinamiento, de propaganda o de alienación, particularmente codiciado en periodos pre-electorales, ha pasado a ser un fin en sí misma, sin intermediarios, de suerte que ya apenas se resigna en los tertulianos y los periodistas adictos la transmisión del mensaje partidario, sino que éste es inyectado en la audiencia, directamente, por el político, por el postulante. Como todo en ésta vida, el fenómeno debe tener sus ventajas y sus inconvenientes, su lado aceptable y su lado oscuro, pero hay un par de detalles que convierten ese brutal maridaje entre televisión y política en un suceso inquietante: «tele» significa lejos, distante, y la mayoría de los políticos que están en ese ajo no es que hayan desembarcado en la televisión, sino que han nacido en ella y de ella.
Se podrán encarecer todo lo que se quiera las presuntas bondades de esa utilización política, partidaria, de los programas televisivos de información, debate y entretenimiento, pero no se podrá decir, pues la lógica lo impide, que aportan cercanía («tele», lejos), ni espontaneidad, ni verdad, ni mucho menos renovación alguna ni de la política ni del medio. Imbuidos de la tontería de que lo que no sale en la televisión no existe, aquellos que sienten en lo más hondo de sí, por lo visto, la ineludible llamada del sacrificado servicio a los demás, a la patria, ya no necesitan otra cosa, ni otro prestigio, ni otra trayectoria, ni otra cultura, ni otra formación, ni otro don, que los que otorga salir en la tele diciendo cosas, por mucho que éstas, encima, resulten ininteligibles en el guirigay hispánico de los debates, y que el interlocutor, el adversario, no las escuche ni le importen, cual suele suceder.
Iglesias, Sánchez, Carmona, Rivera, Sánchez Camacho, se han entregado incondicionalmente a la televisión, pero es que ¿qué no haría uno por una madre? La tele, en efecto, es su madre, de ella han nacido y de ella vienen sin haber pasado por ningún sitio, o esa es, al menos, la percepción del ciudadano que no se resigna, porque hasta ahí podíamos llegar, a que le cambien la condición por la de mero televidente. Lo que no sé es si son muchos los que no se resignan, que me parece que no.

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