Siete días trepidantes – Días podemáticos, perdón, problemáticos.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

El jueves 27 de noviembre se celebraba un pleno que pudo ser importante y no lo fue: la sesión plenaria del Congreso de los Diputados en la que Rajoy comparecía para explicar sus medidas contra la corrupción. Pudo haberse dado un acuerdo entre el Partido Popular y los socialistas, con la anuencia quizá de otros grupos de la Cámara, en torno a un programa regeneracionista de amplio espectro, tirando por elevación. El día anterior, había dimitido la ministra de Sanidad, Ana Mato, implicada, que no imputada, por el juez Ruz como beneficiaria de las ganancias ilícitas del ex marido de la ministra, Jesús Sepúlveda, en el «caso Gürtel». El camino estaba expedito para el acuerdo, que falló una vez más.
Ese jueves por la noche, en Vitoria, tuve la oportunidad de preguntar al portavoz parlamentario «popular», Alfonso Alonso, un hombre sin duda políticamente válido, que fue un buen alcalde de la capital vasca, por las «insuficiencias» que, a mi juicio, había tenido un debate celebrado en un momento muy delicado políticamente: dos días después, Rajoy debía partir a Barcelona, el corazón de una Cataluña en plena efervescencia secesionista de la mano de Artur Mas. Resultó que el presidente del Gobierno central ni siquiera iba a entrevistarse con Mas, por razones que a mí se me antojaron protocolarias: ¿cómo iba nada menos que el presidente de la nación, se preguntaban los altisonantes, a acudir a la plaza de Sant Jaume, para, en la Generalitat, encontrarse con Mas? Así, por estos parámetros, discurre la vida política española (y, por ende, catalana): cuestiones de protocolo, de orgullo, de «y tú más» o de «y tú, pasa primero por el aro», emponzoñan nuestra convivencia y hacen peligrar nuestra unidad. Pero, eso sí, Rajoy envió a la secretaria general de su partido, María Dolores de Cospedal, a allanarle el camino en la capital catalana. No sé, la verdad, qué pintaba allí la presidenta castellano-manchega, cargo acumulado a la secretaría general: Cospedal, que tiene fuste político y gran capacidad, está sometida a importante contestación interna en el PP, muchos de cuyos dirigentes creen que no se puede acumular la candidatura a una Comunidad como la castellano-manchega con la conducción del primer partido político del país, y menos en estos tiempos críticos.
Pero nada de esto le dije a Alonso. Ni de cómo ha solucionado Cameron su conflicto con Escocia, un ejemplo del que acaso deberíamos tomar nota por estos pagos. Hablamos del rifirrafe sobre la corrupción, que es el otro gran foco de angustia de unos españoles siempre preocupados por temas que se van haciendo eternos, como el paro o las desigualdades económicas lacerantes que hacen que una formación utópica y nada asentada en la tierra, como Podemos, sea capaz de presentar a bombo y platillo -ante casi dos centenares de informadores_un programa económico de imposible cumplimiento, aquí y ahora, en España. Sin embargo, tampoco le pregunté sobre esto a Alfonso Alonso.
Le dije que el debate sobre el combate contra la corrupción de ese jueves había sido un buen primer paso: más transparencia, lucha contra las donaciones anónimas a los partidos, endurecimiento de los plazos de prescripción de los delitos, empeoramiento de las condiciones para conseguir un indulto y un largo etcétera, si se quiere ver larga una lista de cosas en su mayoría ya enunciadas y nunca llevadas a la práctica. Pero, le dije al portavoz, quizá se perdió nuevamente la oportunidad de ensayar una estrategia revolucionaria, de altos vuelos: limitación de mandatos, desbloqueo de candidaturas electorales, obligatoriedad de las primarias, elección de alcaldes más votados en segunda vuelta, nuevas formas de elección de miembros del Consejo del Poder Judicial y del Fiscal General, controles para que los medios públicos no sean «asaltados» por el poder político (o económico), Senado más operativo (y más concurrido, que hay que ver las imágenes de la Cámara Alta medio vacía)… Nada nuevo, en fin, bajo el sol. Solo que los partidos, cuando hablan de luchar contra la corrupción, se olvidan de mencionar, y no hablemos ya de poner en práctica, las medidas básicas de regeneración política.
Alonso contraatacó hablando, en tono jocoso y distendido, de «un programa jaureguista». Como si todo eso, y mucho más, se me hubiera ocurrido a mí solo. Sé perfectamente que él, en el fondo, está de acuerdo en muchos de esos pasos, necesarios para contrarrestar la demagogia de algunos que ahora surgen colocándonos, a casi todos, en el casillero de la «casta». Pero ellos tienen, en el fondo, razón: los que están, estamos, ahí «desde siempre» no avanzan, no avanzamos, a la velocidad suficiente. Por no hacer, Rajoy no hace ni una crisis de Gobierno: se la hacen los ministros que dimiten. Tarde y mal, como Ana Mato, cuya figura ha quedado desangelada, huérfana de protectores, y conste que de ninguna manera quiero hacer leña del árbol que nunca debería haber caído, porque nunca debería haberse plantado ahí.
Por eso, esta semana, que debería haber sido ilusionante, me decepcionó: la regeneración, o se aborda plenamente, con todas sus consecuencias, o es como la dimisión de Mato: tardía, insuficiente, triste, algo patética. Como el debate parlamentario que debería haber sido casi un debate sobre el estado de la nación y se quedó en poco más que una sesión de control parlamentario al Ejecutivo. El Parlamento no cumple su misión porque el Ejecutivo tampoco lo hace, ni los restantes partidos políticos, comenzando por el PSOE -que algo, reconozcámoslo, sí remonta el vuelo–, ni las instituciones, ni, quizá, nosotros los medios, ni eso que se llama «sociedad civil» y que algunos confunden, abusivamente, con una minoría silenciosa y aquiescente. Y así, ¿cómo vamos a entrar con buen pie en este 2015 tan crucial, tan electoral, tan podemático, perdón, problemático? (y perdón por el -mal- juego de palabras, pero ¿cómo afrontar hoy día una crónica sin mencionar al menos un par de veces a la bicha?)

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