OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «Pedro Sánchez: la «niña de luto»con lágrimas secas y teatro de duelo»

Pedro Manuel Hernández López: "Pedro Sánchez: la "niña de luto"con lágrimas secas y teatro de duelo"

La dimisión de Santos Cerdán ha dejado tras de sí un silencio que huele más a cálculo potoloméico que a vergüenza política y más a cobardía que a responsabilidad. Pero en ese silencio emerge —cómo no— la voz engolada de Pedro Sánchez, dispuesto, una vez más, a revestirse de impoluto guardián de los eternos valores democráticos, mientras a sus pies, se pudren los escombros éticos del sanchismo. Es el espectáculo habitual: se va un peón chamuscado y el monarca declama desde su púlpito, fingiendo distancia con la podredumbre que él mismo ha alimentado.

Pero esta vez, el ejercicio de hipocresía institucional tiene un aire casi cinematográfico. Porque Sánchez comparece ante la opinión pública con una pose tan doliente como impostada, como si lo hubiera dirigido Manuel Summers para una secuela tardía de «La niña de luto»(1964). Allí, como recordarás, una joven se ve obligada a guardar un duelo forzado, empujada por el peso de una tradición hueca, sin espacio para la autenticidad del dolor. Sánchez es hoy esa niña: vestido de luto simbólico por la caída de Cerdán, con rostro grave y discurso meloso, pero con el alma en otra parte.

Llora por fuera mientras por dentro descorcha champán: así es la pose presidencial ante cada dimisión útil. Como si el dolor fuera real, como si no supiera que todo esto es producto de una estrategia fría, suya, diseñada desde el primer día para sacrificar fichas cuando se calienta el tablero. El luto impostado es su especialidad. Finge pesar mientras respira aliviado.

Cerdán no era un verso suelto, era un soldado obediente y servil. No movía un dedo sin la aprobación del presidente, y si cruzó la línea fue porque se le marcó como ruta política de obligado cumplimiento. Como secretario de Organización, su misión era embarrar el tablero si con ello se mantenía el poder del » puto amo». La férrea arquitectura de la infamia que rodea la ley de amnistía, los pactos oscuros con prófugos de la justicia y la humillación constante al Estado de Derecho, no fueron una ocurrencia personal, sino parte de un plan orquestado desde Moncloa.

Cerdán ha sido –durante años, y desde el principio– uno de los brazos ejecutores más fieles del proyecto sanchista. Ahora, quemado por el escándalo y la proximidad de la justicia, se le ofrece una salida “digna”, y Sánchez aprovecha para escenificar una impostada regeneración que nadie con un mínimo de dignidad, vergüenza y moralidad, puede tragarse.

Lo cínico no es solo la melosa y cinica despedida con la que se lava las manos (“le deseo lo mejor”,»no debimos confiar en él»), sino el subtexto que la acompaña: todo esto no tiene nada que ver conmigo ni con el Gobierno. Sánchez, el mismo que convirtió al PSOE en un cortijo de obediencia ciega, que domesticó estructuras y voluntades con un férreo control interno, pretende ahora convencernos de que la caída de Cerdán es una anécdota ajena, como si se tratara de una mota de polvo en el cristal de su pretendida democracia resplandeciente.

Hay algo profundamente farisaico en la manera en que Sánchez administra la ética: convierte el escándalo en espectáculo, la corrupción en estrategia y el castigo político en oportunidad narrativa. Cada vez que alguien cercano cae, él se eleva como un profeta traicionado. Se sacude las pulgas mientras el perro sigue durmiendo a sus pies. Todo vale mientras se conserve el poder, y cuando hay que sacrificar a alguien, se hace con gesto compungido, maquillado, de luto y con una mirada perdida en el horizonte.

La comparación con «La niña de luto» no es gratuita: como en la película, el presidente representa una pena que no le pertenece, sobreactúa un duelo que no siente y explota simbólicamente el dolor como instrumento de control. No es la emoción lo que lo mueve, sino el cálculo. Su luto es pura escenografía.

Lo de Cerdán no es una excepción, es una constante. ¿Cuántos más caerán para que el presidente siga fingiendo que el fango es jardín?¿Cuantas veces más asistiremos al mismo teatrillo de aparente dolor por la caída de un fiel colaborador, cuando lo que se esconde es la estrategia de proteger el centro del poder sacrificando las periferias?

La respuesta es sencilla: tantas como haga falta para que él siga durmiendo en la Moncloa y firmando pactos con quienes quieren volar por los aires la Constitución.

Pero esta vez, el teatro resulta más esperpéntico que el de Valle-Inclán y más absurdo que el de Ionesco. La dimisión de Santos Cerdán llega en medio de una tormenta que no puede disimularse: la justicia estrecha el cerco, las contradicciones internas revientan las costuras del PSOE, y la opinión pública —esa que no está anestesiada por el relato oficial— empieza a oler el cadáver político que se esconde bajo la alfombra roja del sanchismo.

El cinismo presidencial se ha convertido en la marca de gobierno. No hay autocrítica, no hay propósito de enmienda, solo hay relato. Y el relato es este: yo no sabía nada, yo solo pasaba por aquí con la frente limpia y las manos atadas… A Sánchez solo le faltó decir que él fue el primer sorprendido por la existencia misma de Santos Cerdán. Como si no supiera quién organizaba las reuniones con Puigdemont, quién negociaba con Bildu, quién tejía los pactos que han hecho del PSOE una sombra irreconocible de lo que fue.

Lo más obsceno es que el presidente ya ni se esfuerza en disimular. Sabe que una parte del electorado lo sigue a ciegas, que los medios afines harán la tarea sucia y que el tiempo, si se administra con la frialdad necesaria, borra casi cualquier pecado. Pero hay pecados que no se olvidan, y el de la hipocresía y la felonía institucionalizada, es uno de ellos.

Pedro Sánchez no ha perdido a un colaborador: ha arrojado un escudo humano para auto protegerse del juicio político que empieza a asomar en el horizonte. Lo ha hecho sin pudor, sin asumir un gramo de responsabilidad y con la desfachatez habitual del que confunde liderazgo con impunidad y gobernar con ejercer el poder. Y eso, aunque los suyos aplaudan y los adversarios se desgasten en impotencia, es la señal de un poder que ha perdido cualquier vínculo con la ética y con la verdad.

Aunque el sanchismo no ha terminado con la dimisión de Santos Cerdán, cada dimisión que se disfraza de renovación, cada discurso que pretende ocultar la complicidad del líder, cada gesto falso de dolor, siempre nos recuerda que estamos gobernados por una maquinaria de cinismo cuyo carburante,sistemáticamente es el engaño y la mentira.

Y mientras tanto, Pedro Sánchez, como la mismísima «Niña de luto» de Summers, sigue paseándose entre ruinas, interpretando su pena de cartón y su falso luto, mientras la verdad, enterrada bajo los pactos, espera justicia.

Pedro Manuel Hernández López, médico jubilado, Lcdo. en Periodismo y ex senador autonómico del PP por Murcia.
 

 

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