OPINIÓN

Pedro Manuel Hernández López: «Ábalos, el «mantero» de Moncloa»

Pedro Manuel Hernández López: "Ábalos, el "mantero" de Moncloa"

En una tragicomedia política que sólo podría escribirse en la Moncloa del sanchismo, José Luis Ábalos ha decidido reinventarse como víctima. Ahora, el otrora poderoso ministro de Fomento, secretario de Organización del PSOE y correveidile de Sánchez, se presenta como un ingenuo al que sus subordinados más próximos, Koldo García e incluso Santos Cerdán, engañaron vilmente. El exministro, reconvertido en “mantero” del descrédito, exhibe sus miserias políticas en plena vía pública, pretendiendo que nos traguemos que él fue un simple porteador de mantas  ajenas, sin conocer nunca lo que se cocía en su interior. Pero, el relato ya  no cuela.

El llamado “trío calavera” —Ábalos, Koldo y Santos— comenzó su andadura como una maquinaria bien engrasada al servicio del poder socialista más cínico y opaco. José Luis Ábalos, maestro de ceremonias, fue durante años el guardián de las esencias orgánicas del PSOE. Hombre de partido, burócrata de colmillo retorcido, con un largo historial en cargos públicos desde los años 90, se convirtió en una pieza clave en el ascenso de Pedro Sánchez al liderazgo del PSOE, y más tarde, en su blindaje interno. Sin Ábalos, probablemente Sánchez no habría sobrevivido ni a la defenestración de 2016 ni a la recomposición de Ferraz. Fue su brazo ejecutor y su mamporrero, hasta que dejó de serle útil.

Koldo García Izaguirre, su escolta devenido en conseguidor, representa la caricatura más obscena de la degeneración del aparato socialista. Sin experiencia de gestión, sin formación política o administrativa relevante, Koldo operaba como una sombra tenebrosa desde el entorno más próximo del ministro. Su único mérito conocido: la lealtad perruna a Ábalos y su facilidad para moverse en los bajos fondos del trapicheo político. Su participación central en la trama de comisiones y mordidas por la compra de mascarillas durante la pandemia ha puesto al descubierto una red de corrupción que salpica a todo el sanchismo.

Y luego está Santos Cerdán, el último superviviente del trío, un personaje gris pero letal, que controla hoy el aparato del PSOE con puño de hierro y sonrisa de reptil. Él fue el encargado de desalojar del tablero a Ábalos cuando se convirtió en un lastre, y de sellar los boquetes que abría la investigación judicial a medida que Koldo cantaba ante los tribunales. La frialdad con la que Santos le cortó la cabeza a su antiguo compañero de filas es proporcional a la que exhibe ahora el partido al fingir sorpresa por lo que durante años toleró, cuando no impulsó.

El caso es paradigmático: mientras el PSOE se rasga las vestiduras por la corrupción del PP en casos que llenaron telediarios durante lustros, guarda silencio sepulcral ante una trama que implica a uno de sus exministros más poderosos, a un miembro clave de su Ejecutiva actual y a un proxeneta de contratos públicos con bufanda roja. Y en medio de esta cloaca, Ábalos intenta blanquear su papel presentándose como una víctima más del sistema. Como si Koldo hubiese actuado por libre. Como si Santos no supiera nada. Como si él no hubiera estado al tanto de los contratos que firmaban, de los favores que concedían, de los sobres que pasaban de mano en mano.

Su reciente pataleta parlamentaria, en la que se mostró “dolido” por las traiciones y se proclamó víctima de una “maquinaria política y mediática”, es el colmo del cinismo. La maquinaria que hoy le tritura es la misma que él contribuyó a crear, nutrir y reforzar. ¿Acaso no recordamos a Ábalos en su arrogante plenitud, mintiendo sin rubor sobre su encuentro con la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez en Barajas? ¿No fue él quien escupía desdén a los periodistas mientras protegía a Sánchez y manejaba la chequera ministerial a golpe de teléfono?

Ábalos no es ninguna víctima. Es el epítome del político que se creyó intocable, que amparó prácticas corruptas bajo la coartada de la lealtad, y que ahora, abandonado por sus antiguos socios, llora en público como el mantero al que le han incautado la manta. Pero no se le ha ido la manta, señor Ábalos: se la han levantado. Y debajo había más podredumbre de la que usted se atrevía a reconocer.

La justicia dirá si su papel en la trama es delictivo o solo inmoral. Pero el juicio político ya está dictado. Y en él no cabe compasión. Porque este trío no es una anécdota, sino un síntoma. La corrupción en el sanchismo no es un accidente, es un método. Y cuando el método hace aguas, los autores materiales se acusan entre ellos como ratas en una balsa que se hunde. Koldo ya canta. Santos se protege con la coraza del poder. Y Ábalos llora, pero sin arrepentimiento, sin dignidad, y sin la mínima autocrítica.

El “trío calavera” ya va por dos, pero el reparto aún no ha terminado. Falta el director de la obra: Pedro Sánchez, el auténtico arquitecto de esta red de clientelismo, opacidad y corrupción impune. El que puso a Ábalos, sostuvo a Koldo y mantiene a Santos. Mientras no se exija responsabilidad al jefe de todos ellos, la manta seguirá escondiendo cadáveres. Y los manteros, llorando.
 

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