El accidente de Cristina Cifuentes ha destapado una cloaca de odio. Las redes, que son un sumidero de todos los detritus de nuestra sociedad, tienen el valor de la sinceridad. Lo que en otros medios y foros se calla o se expresa de manera disimulada es allí expuesto con toda crudeza, en una exhibición impúdica y en este caso repulsiva y miserable. La posibilidad del emboscado anonimato, la supuesta impunidad o la compresión a una frase da lugar, como si de una borrachera se tratara a la expresión brutal de lo que se siente sin “anestesia” alguna. Luego suele venir algún arrepentimiento por la pasada de frenada o la atrocidad expresada. Pero como en el caso de la embriaguez no hay que olvidar que lo que se dijo borracho es aquello que sí se pensó estando sobrio.
Los insultos contra la delegada del Gobierno en Madrid, la alegría por sus heridas, los deseos de que muriera, y lo más dolorosamente posible, de ellas, o que se quedará, “al menos tetrapléjica” eran el estremecedor y repugnante afloramiento de un cáncer, que se ha vuelto a reproducir y hierve, el del odio. El odio político, que empieza a amenazar a nuestra sociedad, nuestros valores y principios esenciales, nuestra convivencia y hasta puede que mañana, y no es exageración, sino prevención, memoria y miedo, nuestra propia vida.
Pertenecí a una izquierda, que reivindico con orgullo, que se enfrentó contra una dictadura y que tuvo como valor, en esencia y en futuro, de su misión la consecución de la libertad y la democracia en un marco de reconciliación de los españoles y de superación del cuajarón sangriento, de guerra, represión, odio y venganza. Por ello luchamos algunos, no muchos, que también hay que decirlo ante quienes se cuelgan medallas que no les corresponden. No me considero, ni les considero, sino que me producen el peor de los rechazos y la mayor de las repulsiones, unido ni en idea ni en ética ni en sentimiento a quienes, por lo visto, se consideran a si mismos esa izquierda ahora en su grado más elevado, y que a las puertas del hospital increpaban a quien sufría en la UVI, quienes la insultaban en las redes o quienes escondiendo un poco más la mano que tiraba la piedra los justificaban. Que no han sido, por fortuna y para recuperar cierto aliento, ni mucho menos, todos. Sirva como ejemplo Elena Valenciano que tras expresar su pesar en público marchaba al hospital a interesarse por el estado de quien es su rival política.
Pero es que esa es la cuestión. El rival político, el adversario tiene ante todo la consideración los derechos, el cuerpo, mente, empatía, relaciones, de una persona. Es humana. Se le debe respeto y se puede, a parte de la disputa ideológica, compartir con ella muchas otras cosas, incluso pensamientos , principios sobre los que no hay choque sino coincidencia y se puede compartir, por supuesto, aficiones, amistad y ¿por qué no? sentimientos y hasta amores. Y es por ello por lo que el proceso hacia el odio lo primero que intenta y pretende es negar en el “otro” esos atributos como persona. Ha de ser convenientemente deshumanizado, eliminado en el cualquier vestigo de esa condición, visto y contemplado con “algo” perverso, sin valor alguno, intrínsecamente malo que debe ser exterminado.
Y eso es lo que se ha sembrado. Aquellos que desprecian esa reciente memoria, que acusan hasta de cobardía y echan pestes de reconciliación y transiciones, que han querido volver a la confrontación establecida entre “buenos” y “malos”, a la víscera y el pasado como linea de división, campo de minas y cerca de alambre espinoso entre “ellos” y “nosotros” y que en suma han predicado, alentado y sembrado el odio y el resentimiento como arma politica han de ser señalados, y los señalo, como responsables primeros de la maligna enfermedad que se nos está metiendo en el cuerpo. A todos. Porque el odio como la violencia, su hermana, tiene como característica muy determinada el de provocar esa misma carga, ese mismo reflejo. Eso es lo preocupante y lo que asusta. Más aún en un país con nuestra dramática experiencia a cuestas.
Los predicadores del odio, y no los hay solo de un barrio, aunque ahora se hayan explicitado de manera muy precisa y en tropel en un campo, llevan años con esa siembra. Hoy la fétida planta florece en medios de comunicación, llega al paroxismo en ciertos programas televisivos, donde se veja y degrada al “enemigo” y es no solo consentida sino alentada y hasta practicada por ciertos representantes publico, ha alcanzado todo su nauseabundo esplendor, como el de esa gigantesca flor tropical maloliente, con el accidente de Cristina Cifuentes. Nos ha descubierto que en efecto y tristemente el odio entre españoles ha vuelto. Se ha reproducido como un cáncer y no veo que haya cirujanos, dirigentes sindicales y políticos, que debían haber acudido raudos a extirparlo dispuestos en tal empeño. Más bien los percibo, con inmensa tristeza, prestos exactamente a lo contrario.
