Ángela Vallvey

«Los populistas se van con el consuelo de una suculenta pensión vitalicia»

"Los populistas se van con el consuelo de una suculenta pensión vitalicia"
Ángela Vallvey.

Ángela Vallvey, en La Razón, explica cómo se forma un populista y cómo se destruye, aunque cuando éste es derrocado, en tiempos actuales, se va a su casa con una suculenta pensión:

El populismo no requiere de una ideología que lo sostenga. Se puede ser populista de izquierda, de derecha o centrocampista. Ernesto Laclau, teórico posmarxista argentino, reclamó la necesidad de reivindicar y practicar el populismo en la era contemporánea, especialmente en el espacio político de Latinoamérica, tan a menudo sometido a los ensayos (y errores) de ideólogos con vocación de ingenieros sociales.

El populista busca crear un efecto demoledor en el votante. Antaño, así lo hacían los sofistas -populistas «premodernos»- en las asambleas o en mitad de un corro en un arrabal. Hogaño, el populista «remoderno» emite sus consignas -arropadas con el manto del «interés del pueblo»- desde cualquier televisión. Decirle a la gente lo que quiere oír, por disparatado que esto sea, resulta siempre eficaz, despierta el aplauso, la atención y la simpatía del auditorio, lo que se traduce en votos contantes y sonantes.

Destaca que:

Gracias al éxito fulminante del populismo, el propio Lenin pudo sacar adelante una revolución que cambió la faz de la Tierra. Hoy día, el populismo no solo se practica en algunos países de Latinoamérica, en el nuestro también es una de las fórmulas políticas más de moda. La indolencia con que el ciudadano analítico asume los acontecimientos políticos cotidianos, deja un espacio libre, como un lienzo en blanco, para que los discursos populistas tomen la iniciativa y movilicen masas con una perorata clásica que logra hacer una bandera -siempre falsa- de la ayuda a los más desdichados, para entonces llamar a dicha masa conmovida a movilizarse para solucionar el problema. Luego resulta, casualmente, que es el líder populista quien parece el único capaz de resolver la acuciante cuestión de la falta de justicia social. De este modo, cuando la masa pone el poder en manos del populista, legitima así su tendencia al posible despotismo y abusos posteriores.

Y finaliza:

Menos mal que, como decía el padre Mariana en su «Discurso de las cosas», en realidad el poder no es como el dinero, que cuanto más tiene uno más rico es, sino como la comida: que tanto la escasez como la demasía pueden hacer enflaquecer al que come, pues si la gente se irrita con la demasía, con los excesos del poder, el que gobierna -incluso en los tiempos del padre Mariana- «no puede resistir la voluntad de tantos», de la masa, que acaba derrocándole, enfurecida…

Eso sí: ahora todos esos engañosos gobernantes se van con el consuelo de una suculenta pensión vitalicia.

 
Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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