Antonio Lucas

«El kikirikí indignado de Pablo Iglesias le suma un punto más de corral al corral diario»

"El kikirikí indignado de Pablo Iglesias le suma un punto más de corral al corral diario"
Antonio Lucas. PD

Antonio Lucas, en El Mundo, se marca una divertida columna a cuenta del revuelo gallináceo de Podemos por su ubicación en el Congreso:

El Congreso está inaugurando temporada con gran agitación de plumas. La metáfora zoológica le va muy bien a este paisaje de tatachín y revolcón donde hoy se resuelve la política nacional. Faltaba el asunto del reparto de espacios en el hemiciclo. A los de Podemos les han reservado lo más alto del patio de butacas. Para los moraos es una vergüenza ocupar los asientos de trapecio cuando suman cinco millones de votos, pero estratégicamente puede ser una posición favorable para picar las crestas de los adversarios. Es cuestión de forzar un cambio en el tiro de cámara.

El kikirikí indignado de Pablo Iglesias y compañía le suma un punto más de corral al corral diario. Y en este caso tienen razón. Los han desplazado de los focos en un ajuste de cuentas escenográfico, pero deben saber que en teatro al gallinero le llaman paraíso y desde ahí suena aún más cabreado el cacareo. En esta legislatura (si es que hay legislatura o lo que sea) es necesario tener sentido de la escena y del ruido. Dicen que Celia Villalobos ha tenido que ver en el tetris de poltronas. Y es que en política, cuando el resentimiento pita, suelen sacar el cuello los sacristanes y las pitonisas, que son los más turbios de los partidos, los falsos gansos capitolinos, la materia prima del peor paté institucional.

Resalta que:

Resulta paradójico que tengamos un nuevo jaleo por los pupitres y dejemos pasar las semanas sin un plan de Gobierno. Es otra forma de guerra sucia, no a la manera de Alfonso Rus y sus numerosos secuaces adscritos a la órbita del PP, sino robándose la marca del entarimado y haciendo palanca en lo mal que asimilan la derrota ciertos yoes folclóricos. A este párrafo le cae muy bien aquel verso de Pessoa: «Casi me pierdo pensando en qué significa todo esto».

España es un país extraño. Un proyecto de ser, dejó dicho Ortega. Casi un país en pruebas: por las carreteras van coches sin conductor y en los mandos del Congreso no hay piloto. Estamos ejerciendo de tractor tan a ciegas que sólo nos falta patentarnos de robot. Si salimos adelante es por costumbre. A ver lo que dura. No olvidemos aquello de César Vallejo: «Cuídate, España, de tu propia España». Lo único claro a esta hora es que seguimos siendo un récord de corrupción.

Y acaba reflexionando sobre que:

Esta forma de sortear la incógnita de gobernar la intentan resolver formaciones entremetidas de cualquier manera en un proyecto que no existe, mal embuchadas y enmogollonadas. Así que el cambio del cambio no es otro (de momento) que el cambio de sitio en clase. El día en que dejemos atrás esta peligrosa pantomima y una parte del PP y otra del PSOE se expurguen el síndrome Casa Tarradellas-«todo esto sigue siendo nuestro»-, comprenderemos el calado de tanta impericia. Y si miras la cosa del revés, incluso de tanta llamada encubierta a la tecnocracia.

Esta sucia cotidianidad en la que ha caído la democracia española es la que reduce todo a gallinero y olvida la nobleza y la prudencia de asignar el sitio a quien lo ha ganado. Guste más o guste menos. Algo presuntamente serio se ha convertido en una varieté de Rosita Amores. Podemos canta su cabreo y Twitter le pone orquesta. El Congreso queda reducido a palo de gallinero.

Autor

Juan Velarde

Delegado de la filial de Periodista Digital en el Archipiélago, Canarias8. Actualmente es redactor en Madrid en Periodista Digital.

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