Laureano Benítez Grande-Caballero

El voto de los mercados

¿De qué «gobierno progresista» y «por el cambio» habla la izquierda frentepopulista que nos amenaza?

El voto de los mercados
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

La vida política española es tan peculiar y surrealista, que su maligno vudú esta empezando a infectar las palabras del diccionario, echando a alguna un mal de ojo de tal calibre, que haría falta un verdadero ejercicio de exorcismo -botafumeiro incluido- para liberarlas de la ponzoña que las corroe.

Por supuesto, la palabra más poseída por el maligno espíritu populista es «Podemos», pero otras dos que no le andan a la zaga son «progreso» y «cambio», vocablos continuamente regurgitados por la izquierda marchosa, que las pronuncia con el mismo ademán impasible con el que los rumiantes se solazan masticando sus hierbecillas en los prados, con el mismo gesto «new age» con el que los gurús de pacotilla recitan y salmodian sus mantras iniciáticos, y con la misma parafernalia con la que los vendedores de pócimas milagrosas embaucan a los crédulos en sus barracas de feria.

¿Cuantos cambios hemos vivido ya en España y en el mundo mundial? ¿Cuántos «yeswecan» y «sisepuede»? ¿Cuántos Mesías anarcosociatas que iban a llevar a sus pueblos, a «la gente», a la Tierra Prometida los han acabado metiendo en rutas turísticas por inmaculados desiertos, conjurando abracadabras para sacar agua de las piedras, o conseguir manás celestiales que nunca llegaron? Es pasmosa la estupidez de los pueblos, que corea cualquier consigna que les halaga los oídos. A esta izquierda que nos amenaza sólo le ha faltado prometer que con ellos ganaremos Eurovisión.

Como dicen los franceses, expertos en revoluciones, «cuanto más cambiar todo, más sigue lo mismo». Mensaje idéntico al de esta frase de Tomasi di Lampedusa: «Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie». Por lo demás, aunque tenga menos pedigree, también nuestros refranes son expertos en cambios progresistas. Por ejemplo, aquel que diu: «Los mismos perros, pero con diferentes collares».

Pero yo a esta gente que promete gobiernos progresistas les plantearía unas verdades incómodas:

¿Es más progresista el aborto libre y gratuito, que también tengo que pagar yo aunque esté en contra de él?; ¿es más progresista quitar del callejero madrileño a personalidades relevantes de nuestra artes y nuestra letras, muchas de ellos con reconocimiento mundial?; ¿es más progresista proclamar, como lo hacen los podemitas, que hay que dejar entrar libremente a todos los inmigrantes que quieran venir a nuestro país, suprimiendo incluso los Centros de Internamiento para Extranjeros, con lo cual esta barra libre se haría sin control alguno?

¿Es un verdadero cambio lanzar una campaña de «emergencia social» para rescatar a la población desfavorecida cuando la mayoría de estas medidas ya están implementadas?; ¿es un progreso real perseguir a la Iglesia -la institución que más rescata a «la gente» necesitada, por cierto- amenazando con retirar la casilla en la que los contribuyentes le asignan fondos en la Declaración de Hacienda ?; ¿es un cambio denunciar la corrupción, cuando Iglesias, que gana más de 100.000 € al año, ocupa una Vivienda de Protección Oficial, y consigue que le devuelvan en la Declaración de Hacienda haciendo autodonaciones a sus empresas mediáticas?; ¿se puede hablar del gobierno de cambio, cuando, aparte del «Irangate» tenemos otros «gates», como el «Universidad-de-Málaga-gate» del potteriano Errejón, o el «Venezuelagate» del Moneydero? Como dijo Tolstoi, «todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo». Un mensaje bastante parecido al del famoso psicólogo americano Wayne Dyer:

«El progreso y el desarrollo son imposibles si uno sigue haciendo las cosas tal como siempre las ha hecho».

Pues eso.
¿Es un progreso llevar la mamandurria de la Bescansa al Congreso, rastafearlo, introducir el feísmo más atroz en las instituciones, la chabacanería, la cutrez y la mala educación? Es un cambio desde luego pero… «Virgencita, que me quede como estoy». Ya lo dijo el psicólogo francés Gustave le Bon: «El progreso democrático real no es bajar a la élite al nivel de la masa, sino en elevar el nivel de la masa al de la élite». Pues que tomen nota de una vez.

¿Es un cambio progresista explosionar el gasto del estado para medidas sociales cuando una parte no desdeñable de ellas irían destinadas a los inmigrantes ilegales, y cuando este año tenemos que ahorrar 10.000 millones de euros según Bruselas, además de tener en perspectiva otra movidita nómica mundial debido a la bajada del petróleo y a la crisis china?

A estos cambiapatrias progres habría que recordarle la frase lapidaria del ultramega conspirador George Soros: «Los mercados votan todos los días», que también se podría decir de otra manera, con aquello de «¡Es el mercado, estúpidos!».

Igual se han hecho con el conjuro mosaico de sacar dinero de las piedras, vete a saber; o con la piedra filosofal que permite transmutar los metales en oro.

Con una deuda de 100% del PIB, en una época de vacas flacas, cuando aún seguimos en la UVI, ellos van a repartir parné a espuertas, porque los mercados no van a subir la prima de riesgo al enterarse de los tiempos perroflauteros que se nos avecinan con estos «camisasblancas» y estos comancheros monclovitas; porque Bruselas va a consentir que no cumplamos con el tope máximo de déficit que se nos ha asignado, y porque también, en un alarde de generosidad, va a hacernos el favor de que paguemos la deuda a plazos más largos y sin presionarnos demasiado.

Claro, «sísepuede» un «gobiernoprogresista», faltaría más.

Y, si Bruselas no cede, pues los pretorianos sociopodemitas harán un impresionante escrache en Nueva York al Sr. David Rockeller, el dueño del mundo, el padrino que mueve todos los gobiernos como marionetas, y le pondrán contra las cuerdas, obligándole a darles los cuantiosísmos fondos que la «izquierdaprogresita» va a necesitar para su prometido cambio.

Sí, seguro que el plutócrata compasivo hará una excepción con los progrecambiadores, y les dejarán repartir derechos y subsidios, subiendo sueldos mínimos, bajando sueldos máximos, expropiando viviendas, clavando nuevos impuestos a los ricos, mientras destripan sus bancos y sus multinacionales con ese loable propósito. Claro que podrán.

Sí, ustedes pueden… Bastaría que acampasen al estilo 15M en los jardines de los Rothschild para que éstos se acogotasen, y se comprometiesen a no tirar abajo su progrecambio, cuando para hacerlo les bastaría simplemente alzar su dedo índice, con el que conjuran a sus legionarios del ciberespacio -y marinados, si se tercia- y sus tiburones financieros.

O también podrían enseñar tarjeta roja al Club Bildelberg, butronear el «J. P. Morgan Chase», el banco de 2 billones y medio de activos que domina la economía del mundo, si no le dan las limosnas con las que costear el cambio carísimo que proponen ustedes, con el que nos llevarán a un Jauja inigualable, a un paraíso próspero y feliz tipo «Disneylandia», donde mandarán «los de abajo».

Pero para cambio y progreso, que le pregunten a los pobres griegos, abducidos por la pavorosa mentira de los hoplitas de Syriza, que les han aplicado medidas de austeridad mucho más draconianas que las que había antes del «cambio progresista». Por poner un ejemplo, los radicales de Tsipras habían prometido subir las pensiones, y este mismo mes han aprobado un descenso de las nuevas pensiones del 35%. Olé y olé.

En fin, ya lo dijo la poetisa americana Emily Dickinson: «¿Cambiar?: cuando lo hagan las colinas».

Ante estos «progrecambiadores», sólo cabe decirle al pueblo español aquella sabia frase del filósofo griego Anaxágoras: «Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía».

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