Antonio Martín Beaumont

La presidenta del PSOE lloró a lágrima viva al firmar la sentencia de Pedro Sánchez

Los barones que se han sentido maltratados o ninguneados por Sánchez son quienes dirigen la operación

La presidenta del PSOE lloró a lágrima viva al firmar la sentencia de Pedro Sánchez
Antonio Martín Beaumont. PD

La ruptura del PSOE es tal que hasta la voladura ha sido objeto de interpretaciones. Eso sí, unas más forzadas que otras. En su peor momento, con la menor de las representaciones institucionales y ante unas perspectivas de futuro tan poco halagüeñas, Pedro Sánchez ha convertido la sede de Ferraz en una ciudadela asediada.

De hecho, ya el lenguaje usado en las últimas semanas por sus colaboradores más cercanos venía siendo de resistencia numantina. «Más vale morir de pie que vivir de rodillas», he llegado a escuchar en boca de un diputado pedrista.

Precisamente, si algo desencadenó la «operación desalojo» (a la que en el PSOE se asiste o como aguerrido soldado de alguno de los bandos o como espectador estupefacto y avergonzado) fue la evidencia a su paso esta misma semana por la Cadena SER de que el secretario general no entregaría su cabeza pese a sus continuas derrotas electorales. «Pedro se ha vuelto loco», decían en voz baja los críticos.

Ahora bien, el órdago de Sánchez sólo ha evidenciado, más si cabe, su aislamiento. También ha evidenciado el aumento de la potencia de fuego de sus «enemigos», que ahora sí parecen ya decididos a terminar la faena de dejar fuera del sillón de Ferraz a un secretario general elegido por los militantes en primarias.

Ciertamente las líneas de combate han sido dirigidas por barones que se han sentido maltratados o, directamente, ni tan siquiera tratados por su líder. Que han padecido su ninguneo, es decir, la peor ofensa que puede hacerse en política a alguien que se siente merecedor de consideración.

Pero Sánchez ha decidido atrincherarse, intentando incluso -para asombro de algunos veteranos- dar normalidad a una Ejecutiva menguada. Dijera lo que dijese su César Luena, sin embargo, le dimitieron 17 miembros de la dirección. Total, nada. A partir de ahí, lógicamente, carece de respaldo para tomar decisiones. Por más que don Erre que Erre se empecine en dar la espalda a la realidad.

La decisión del sector crítico fue muy difícil para casi todos sus firmantes. Me consta que Micaela Navarro lloró al estampar la rúbrica en su renuncia. Siempre se mantuvo al margen de las llamadas «intrigas palaciegas» para tumbar a Pedro Sánchez y algo se rompió dentro de ella, hasta ese momento presidenta del PSOE, yendo en contra de quien había considerado su jefe de filas. Nunca creyó que las cosas pudiesen ir tan lejos, llegar a traspasar el límite de lo razonable. Ni siquiera cuando la noche del pasado 25-S abandonó la cuarta planta de Ferraz llegó a imaginar el devenir de los acontecimientos.

Ahora, la sonrojante lucha por los pedazos del partido ha dejado imágenes imborrables. Por un lado, la del portazo a la susanista Veronica Pérez, presidenta del Comité Federal, retenida por la seguridad privada en el hall del cuartel general socialista. Y, por otro, la reunión de los restos de la Comisión Ejecutiva -los afines a Pedro Sánchez- tras las espantadas de Eva Díaz y de Carmen Montón, entre los cercanos a Sánchez que ya han empezado a flaquear y a mostrar dudas sobre la decisión de quedarse en la trinchera y aguantar lo que se les viniera encima.

Un partido desgarrado

Alguien, desde luego, debería frenar la conversión del PSOE en una atracción de feria. Y ese alguien tiene nombre y apellido: Pedro Sánchez. Con todo, el PSOE ha llegado ya a unos extremos en los que se ha quedado sin salida. Haga lo que haga, el partido está irremediablemente desgarrado. Nadie con dos dedos de frente puede creer que la imagen de los socialistas vaya a mejorar por un mero cambio de cara al frente de la Secretaría General.

Tampoco es sencillo creer que tanta fobia desatada de unos contra otros pueda cerrarse en un próximo Congreso del partido. Eso sí, con respecto a la situación de bloqueo que vive la gobernabilidad de España, ante las horas de incertidumbre del socialismo, cuando incluso el Rey Felipe VI podría tener dudas sobre quién debe ser el que represente al PSOE en unas nuevas consultas para la investidura, lo que no deben olvidar sus diputados es que no están sometidos a mandato imperativo. Así que cada uno de ellos es responsable exclusivo de sus decisiones.

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