ERNST Lubitsch, judío berlinés, tuvo el ojo de afincarse en Hollywood ante la crecida de Hitler. Fue un genio de la comedia elegante. «Ser o no ser» se considera su cima. Pero a mí me gusta más «El cielo puede esperar», de 1943, que con esa inexplicable obsesión por cambiar los títulos se llamó en España «El diablo dijo no».
En la primera escena, un anciano de la alta burguesía, que acaba de morir, llega en ascensor a las opulentas oficinas del infierno.
Tras una vida de mujeriego contumaz, da por sentado que el averno será su sino. Pero tras interrogarlo, el diablo concluye que es una buena persona y lo envía «al piso de arriba».
Vamos ahora con el «remake». Primero baja Suárez. Emerge envuelto en una nube de Ducados y saluda al diablo con unas joviales palmaditas.
«¿Y usted qué ha hecho en vida?», inquiere Lucifer.
«Pues entre mi amigo Juan Carlos y yo recuperamos la democracia y reconciliamos a los españoles. Y sin pegar ni un tiro».
Satanás no duda: «Up».
Llega Calvo Sotelo. «Don Leopoldo, lo suyo fue tan breve que no dio tiempo a romper nada: arriba. ¡Siguiente!».
El ascensor vuelve a abrirse. González ningunea al anfitrión y empieza a perorar: «No sé qué hago aquí, porque he sido un enorme estadista, por consiguiente, exijo que se me restituya a donde corresponde. Firmé la entrada en Europa, monté el Estado del bienestar, hasta traje el AVE…».
El diablo respira hondo: «Percibo cierta amnesia con Barrionuevo, Roldán, Filesa, el paro galopante de los 90… Pero hoy estoy de saldo: tres meses en el purgatorio y arriba».
Baja Aznar. Su destino es la primera planta, por liberalizar la economía, derrotar a ETA y mejorar el peso internacional; pero logra enervar al anfitrión con su deje arrogante y le endosa cuatro meses de purgatorio por la Gürtel y por fiarse de Pujol.
El ascensor se ha quedado encajado. Ni sube ni baja. En el infierno nunca han visto cosa igual. No entienden nada… Hasta que emerge del elevador Mariano.
«Oiga, mire usté, no sé qué ha pasao. Me han dicho que venga aquí. Pero si tiene que ser al revés, tampoco me parece ni bien ni mal, sino todo lo contrario».
El diablo, que no sintoniza con la sorna gallega, lo observa flipado: «Al grano, por favor: ¿usted qué ha hecho?».
«Pues mire, señoría, tratar de arreglar el paquete que me pasó ese pájaro que viene ahí, que andaba de carallada y dejó el país descangallado».
El diablo mira por encima de la coronilla de Mariano y divisa a un hombre de hermosos ojos claros y enorme sonrisa. «Buenas tardes a todas y todos», saluda.
«Venga, empiece», demanda Lucifer.
«Pues mire, yo descubrí que la crisis de 2008 era una falacia, que Otegui era un hombre de paz y que España era un concepto discutido y discutible».
El diablo añade: «Sí, y además encabronó a EE.UU. absurdamente, reabrió las heridas de la Guerra Civil y montó el carajal estatutario que disparó el separatismo».
Zapatero asiente ufano: «Arriba, ¿no?».
El diablo oprime el botón rojo. El suelo se abre. El flamante referente del susanismo se desvanece entre una nube de azufre.
«Oiga, hay que ver, ¡qué cosas!», musita Mariano.
«Y por cierto, ¿no sabrá usté dónde ponen por aquí el partido del Madrí?».
