Jaime González

Franca decadencia

Franca decadencia
Jaime González. PD

Es verdad que las elecciones presidenciales francesas son cruciales para el futuro de Europa, aunque no lo es menos que -de un tiempo a esta parte- no hay cita con las urnas en la UE que no venga envuelta de un aire de excepcionalidad. Síntoma de que caminamos sobre un alambre.

Otra gran democracia se juega su futuro a cara o cruz, un «match-point» revelador de que el paisaje político mundial está en plena fase de transformación y de que los «anti-todo» han encontrado en la crisis social su ansiado caldo de cultivo. En realidad, los «anti-todo» no representan nada nuevo, porque son el fascismo o el comunismo vestidos de otro modo.

Han adaptado las viejas consignas radicales a los tiempos modernos y se proclaman sin rubor herederos del «pueblo», término que le sirve a la extrema derecha y a la extrema izquierda para presentarse como abanderados de la «gente».

En tiempos de crisis, «pueblo» o «gente» son conceptos que fascistas y comunistas manejan de forma grimosa, pero efectiva, en parte porque las maquinarias de los partidos tradicionales funcionaron durante décadas de espaldas a la sociedad civil.

Cuando quisieron darse cuenta, la crisis económica les pilló desprevenidos y los «anti-todo» habían tomado posiciones en las plazas y ocupado los centros de poder de las redes sociales, escenarios de un nuevo campo de batalla que les sirvió de atalaya para desafiar al poder establecido.

En Francia, el viejo esquema derecha-izquierda ha saltado por los aires ante la irrupción del nuevo esquema extrema derecha-extrema izquierda, lo que viene a confirmar que la nación vecina atraviesa por momentos de franca decadencia.

A un lado, Marine Le Pen; al otro, Jean-Luc Mélenchon; por el centro, tirando a la derecha, François Fillon, y ligeramente escorado a la izquierda, Emmanuel Macron, un neoliberal que abandonó el barco socialista cuando el agua les llegaba al cuello a los socialdemócratas. Su candidato, Benoît Hamon, es el farolillo rojo en las encuestas.

A la final pasan dos y solo cabe confiar en que el duelo decisivo no lo libren doña pésima y don nefasto, las dos caras de un populismo que mantiene en vilo a una Europa que no gana para sustos.

No basta con cruzar los dedos y esperar el desenlace, sino reflexionar sobre las razones que han llevado a Francia y a otras naciones de la UE a tener que lidiar con los viejos fantasmas que tiñeron de sangre sus calles y sus plazas.

Como no se puede vivir sobre el alambre, lo urgente es ganarle la batalla al populismo en las urnas, pero para derrotarle hay que ir un paso más allá y comprender que hay momentos en la historia de los pueblos en los que lo perentorio es levantar puentes éticos y dejarse de muros ideológicos.

A un lado, los demócratas; al otro, los «anti-todo». O sea, fascistas y comunistas vestidos de otro modo.

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