Luis Ventoso

El golpismo cordial

Tras su amable porte de buda, es nuestro peor enemigo

El golpismo cordial
Luis Ventoso, Director Adjunto ABC.

EN una larga charla peripatética, un lúcido amigo se lanzó a filosofar. Hablando de la gestión de conflictos en todos los órdenes de la vida, aquel Zaratustra de pub habló así: «Al enemigo, nunca de frente».

Es una gran verdad, que opera incluso en los debates políticos televisivos. Está estudiado que el contendiente que no pierde la calma se impone en la discusión (así cayó Le Pen contra Macron: embistiendo en la tele con la furia aleatoria de una vaquilla en una capea de canícula y sangría).

En la política española hay un maestro en el arte de permanecer impertérrito y no arriar el telón de la mesura. Y no, no es el mítico Mariano. Existe un largo personaje que lo supera: Oriol Junqueras.

Porte corpulento y rubicundo, sonrisa que va de oficio, manos que se abren lentas en inclusivo gesto envolvente, mirada evasiva. Oriol, de 48 años, parece de entrada un benigno abad de voz campanuda, un personaje amable, a medio camino entre buda y Papa Noel.

En realidad se trata del más nocivo, sagaz y tenaz de los políticos separatistas catalanes que pretenden romper España, en eso que hasta el Gobierno llama ya abiertamente «golpe de Estado» (al parecer se han caído del guindo dialogante).

Puigdemont es solo un parche con aire de guiñol. Artur Mas, tiznado en el pujolismo, era torpe en la estrategia, aunque pagado de sí mismo hasta el ridículo. Su personalidad petulante, una suerte de petimetre con ínfulas de déspota ilustrado, pinchaba en las urnas.

Junqueras es otra historia: más paciente, más inteligente y estudiado, más revirado y, sobre todo, mucho más fanático. Su careta es su buen tono. Frases suyas que leídas resultan pura xenofobia, dan el pego cuando las pronuncia con su soniquete mansurrón y su voz agradable.

«Seremos los mejores amigos de los españoles», proclama cordial quien trabaja para ocasionarnos la mayor mutilación de nuestra historia. Si no nos autorizan el referéndum proclamaremos la República Catalana, explica, como quien anuncia que mañana bajará a tomar el vermut.

Mentiras gruesas con rostro de hormigón armado: por supuesto, cuando nos separemos de España seguiremos en la UE, continúa repitiendo, pese a que lo cierto es que Cataluña sería vetada al instante (Strugeon ya lo nota en Escocia), porque Europa no abrirá la espita a las taifas.

Merced al teatro de la cordialidad, pasa por ser para algunos la voz «razonable» en medio del desbarre separatista, el hombre de la «relación personal cordial» con nuestra vicepresidenta, en aquella astuta «operación diálogo», de rosas, libros y sonrisas, que solo ha sido preludio de la embestida más delincuencial de los sediciosos.

Nunca olvidaré una entrevista de radio con Junqueras, en la que, súbitamente, al hablar del proceso de liberación de Cataluña se le quebró la voz por la emoción. Nos enfrentamos a un fanático, un tipo que asegura que se hizo independentista ¡a los ocho años!, que vive por y para crear un nuevo Estado (incluso pisoteando de forma dictatorial la opinión mayoritaria de los catalanes, que no quieren dispararse en un pie).

¿Por qué le hacen las televisiones españolas entrevistas de cámara a Junqueras? ¿Por qué pasteleamos acomplejadamente con un golpista?

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