Antonio Burgos

Iván, Moi y Panamá

Como las palabras las carga el diablo, tras lo de Moix conviene llamar jipijapa al sombrero Panamá

Iván, Moi y Panamá
Antonio Burgos. PD

SIENTO no estar a la última, pero con la dimisión, renuncia o lo que haya sido del fiscal anticorrupción me ha pasado como a aquellos canis cuya historia hizo fortuna en España cuando los bancos impusieron la obligatoriedad del IBAN (International Bank Account Number), en aplicación quizá de unas normas de esa Unión Europea que nos organiza la vida a cada momento con sus directivas.

¡Cuánta directiva! Ni la del Real Madrid en su influyente palco, desde donde se dice manejan los hilos de España, manda en nuestras vidas tanto como cualquier directiva europea.

A la UE y a sus normas les ocurre como lo que se dice en caricatura del ordenancismo reglamentista suizo: que lo que no está prohibido es obligatorio. Pero íbamos con que con Moix me ha pasado como al cani de la historia con el IBAN.

Que fue un perrofláutico cani a ingresar un dinero en su cuenta del banco y le dijo el ventanillero: -Me tiene usted que decir el IBAN. A lo que el pelanas contestó, resuelto: -No, El Iván está fuera, con La Yeni, La Vane y El Yona, porque hemos dejado el coche en doble fila mientras yo venía, no nos vayan a multar.

A mí me ha ocurrido con don Manuel Moix exactamente igual que al amigo de El Yona y La Vane con el IBAN. En la polvareda levantada, que ni de plaza de toros de pueblo, escuchaba mucho hablar del Moi.

Y como los andaluces nos comemos las eses finales, las equis finales y lo que haga falta comerse (y más si es la hora de andar caninos), creía que el fiscal anticorrupción se llamaba Moisés, por lo que quienes lo conocían bastante y sabían de sus andanzas le decían familiarmente El Moi, que es como se pronuncia Moisés en lenguaje cani y llaman las chonis.

Hasta que por fin me enteré que lo del Moi no era el nombre de pila del renunciado fiscal, sino la pronunciación andaluza de su apellido: Moix. Y que andaba en lo que andaba por ciertas cosas del Panamá. Ojú. Me entró el canguelo del siglo cuando me empapé bien de que El Moi se había jugado la carrera por culpa del Panamá. Es que yo también tengo un Panamá. Como El Moi.

Un sombrero Panamá bien lindo, que diría el compás de la marimba centroamericana. Comprado en un templo de la sombrerería: en Maquedano de la calle Sierpes, casa fundada antes de la pérdida de las colonias, en 1896; comercio tradicional que hay que proteger comprándose allí los panamás para la solanera del verano y evitar el cáncer de piel. Mi Panamá es Panamá auténtico. Pone en su etiqueta: «Panamá Hat. 100% Paja Toquilla. Producto Ecuatoriano».

Mi Panamá es tan auténtico…que es de Ecuador, como todos los jipijapas buenos. Pues sabrán, y si no se lo cuento, que es voz común que esto de llamar «Panamá» al jipijapa, al fresquito sombrero tropical de paja toquilla trenzada, vino de cuando el presidente Theodore Roosevelt visitó en 1906 las obras del Canal de Panamá. Se vistió de blanco, como cuando García Márquez recogió su Nobel, y se puso un jipijapa ecuatoriano. Y como salió retratado con su jipijapa en Panamá, de ahí que se les quedara el mote de «Panamá Hat» a los jipijapas ecuatorianos de paja toquilla.

Pero como las palabras las carga el diablo, tras lo de Moix conviene llamar jipijapa al sombrero Panamá. De Panamá, nada. De Panamá, ni con los sombreros se puede tener relación, si no quieres buscarte un lío. Almorzaba con la Peña Sanseacabó, que daba la bienvenida a Lorenzo Serra Ferrer, y al final se me olvidaba en el perchero mi jipijapa. Dije: -Uf, por poco se me olvida el Panamá. Y el guasón de Sevilla que me oyó comentó al punto:

-Pues mejor que se le hubiera olvidado a Moix, porque, ya ves: el Panamá le ha costado el cargo.

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