Ignacio Camacho

España: teoría de los bloques

El tetrapartidismo se ha dividido en dos bloques casi incomunicados. Sólo hay trasvase de voto dentro de cada bando

España: teoría de los bloques
Ignacio Camacho. PD

EL manual político de la democracia, el que rezaba que las elecciones se ganan desde el centro, ya no sirve. La crisis ha neutralizado el axioma vigente en los últimos cuarenta años al dejar unas clases medias empobrecidas y frustradas que ante las urnas se transforman en votantes radicalizados.

Uno tras otro, mes tras mes, los estudios de opinión pública muestran la división del electorado en dos bloques prácticamente inmóviles que sustituyen al bipartidismo dinástico.

Los vasos comunicantes sólo funcionan en el interior de cada bando, entre el PSOE y Podemos y entre el PP y Ciudadanos, cuya vocación de bisagra no acaba de cuajar porque sus expectativas sólo crecen a costa del marianismo desencantado. Entre el partido naranja y el socialista hay una zanja ideológica que impide el trasvase de un hipotético voto moderado.

La victoria de Pedro Sánchez va a consolidar esa tendencia, alejando al PSOE de la socialdemocracia clásica para incrustarlo en la izquierda. El líder retornado tiene su mirada puesta en Podemos: primero para quitarle apoyos y luego para utilizarlo como sostén de su estrategia.

Su proyecto es el de clonar a escala nacional los acuerdos municipales y autonómicos, para lo cual necesita primero desequilibrar las fuerzas y reducir a un papel subsidiario a Pablo Iglesias. De momento el efecto «luna de miel», la popularidad fruto del triunfo en las primarias, parece haberle arrimado alrededor de un millón de votos según las encuestas; si logra consolidarlos habrá empezado a abrir brecha.

El resultado de la elección interna socialista cuestiona la existencia actual del sufragio templado en el que se cimentó su antigua hegemonía: electores que basculaban entre el PSOE y el centro-derecha.

En 2015 se fueron aC’s y no deben quedar muchos más; ahora son los descontentos con la corrupción del PP los que engordan las expectativas de Albert Rivera.

A éste le haría ilusión repetir la alianza que fracasó en febrero del 16, la misma que mantiene con el susanismo en Andalucía, pero le falta mucha masa crítica. Su crecimiento en los sondeos se basa sobre todo en las clases jóvenes urbanas decepcionadas del inmovilismo marianista.

Los dos viejos partidos viven así en una dialéctica contradictoria: tiene que disputarse el voto con sus aliados naturales, que a su vez aspiran a discutirles la supremacía. Y aun de este modo los bloques están estancados, en el mejor de los casos a un puñado de escaños de la gobernabilidad bipartita.

La paradoja del nuevo mapa político consiste en que el poder último de decisión sigue en manos de los nacionalistas. El PNV y los canarios han salvado los Presupuestos y Sánchez sueña con la colaboración del soberanismo catalán para alzarse como alternativa. Después de haberse fragmentado el Parlamento, los partidos periféricos van a continuar ejerciendo durante bastante tiempo como árbitros de mayorías.

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