Fernando Jauregui

A Iglesias le queda una semana: ¿Coscubiela o Rufián?

A Iglesias le queda una semana: ¿Coscubiela o Rufián?
Fernando Jáuregui. PD

Desde mi modesta perspectiva de mero observador, o mirón, de las cosas que ocurre en la política desde hace más de cuarenta años, creo que pocas veces he visto a nadie equivocarse tanto como a Pablo iglesias en esta coyuntura. Claro, dirá él (ellos): los de la casta siempre pensáis en antiguo. Y volverá(n) a equivocarse. Asistí, como muchos, esperanzado a un movimiento social, Podemos, que podría haberse encargado de regenerar muchas cosas en este país inmovilizado. Yo creía en la izquierda, aunque ahora ya no sé si estoy en la izquierda o dónde diablos. Pero si Pablo Iglesias, en este momento crucial de la Historia de España, en estos días que sin duda serán analizados con lupa por los historiadores, cree que los progresistas, o las izquierdas (en versión de Pedro Sánchez, que me parece que esta vez, esta vez, anda por el camino acertado), están en el lado independentista, y ‘las derechas’ en el unionista, se equivoca.

Creo que las gentes que transitan de buena fe por el lado izquierdo de la alfombra nunca agradecerán bastante al hasta ahora portavoz de En Comú Podem, Joan Coscubiela, su magnífica defensa de la unidad territorial de España. Lástima que la derecha del Parlament, que es como es, se lanzase a aplaudirle, dando pretexto a los chiflados de la CUP, a los desnortados de Esquerra y a los siempre despistados del PDeCAT, para decir que el gran Coscubiela, a quien conozco desde sus tiempos en el PSUC, en Comisiones, en la contestación, se había pasado a la derecha. Bien que lo dijo Gabriel Rufián, ese señor que ha colmado de vergüenza los usos del parlamentarismo digno, decente y educado (¿o es que no es de izquierdas ser educado?): Coscubiela se ha pasado a la derecha. Y se quedó tan fresco. Menudo análisis simplista.

Tengo la impresión de que Podemos, en su vertiente catalana y en la nacional, que parecían ser incompatibles, se nos ha pasado más a Rufián que a Coscubiela. Y que Pablo Iglesias, en una deriva que sin duda las próximas elecciones, si persevera por aquí, le demostrarán que está equivocada, se ha decantado por el secesionismo. Porque ahora no caben medias tintas: se está con el Puigdemont que precisa una camisa de fuerza o se está con ese bloque mal urdido constitucionalista, lleno de errores y traspiés, pero unido al menos en lo que respecta a la unidad de la Patria, y perdón si me expreso algo arcaicamente para los gustos morados.

Tras el día de la vergüenza, este miércoles negro para la democracia española, convocaron una manifestación en la Puerta del Sol, remedando la salida a la calle de los indignados catalanes. Acudieron, mal contadas, quinientas personas. Y es que Pablo Iglesias cree que se pueden arrebatar votos en Gerona y en Zamora o Huelva, o Valladolid, o Ciudad Real, al mismo tiempo. Y no. Eso se ha vuelto incompatible. Primero hay que arreglar las cañerías, luego hacer electoralismo e intentar el asalto, legítimo, claro, a La Moncloa. En el resto de España, lo que ocurre en Cataluña es visto, me parece, con asombro y un punto de indignación; en la derecha y en la izquierda. Y me parece que los puntos de vista en ambas orillas del Ebro difieren demasiado en este cuarto de hora como para intentar un programa electoral común.

Admitamos que La Moncloa ha ganado ya este primer asalto. No hace falta aguardar al 1 de octubre para comprobar que no habrá referéndum, aunque sí haya, y vaya si las va a haber, algaradas. Puede que apedreen a la Guardia Civil cruzada de brazos, puede que los mossos sigan mirando a otro lado, puede que algún tonto introduzca un papelajo en una caja de cartón, puede que a eso, esa noche en TV3, Puigdemont lo llame haber votado. Puede que todo eso ocurra y que siga habiendo gente -cada vez menos, creo- en las calles de Barcelona, Sabadell o Girona. Y qué: la democracia es más fuerte que la revuelta. Si Rajoy sabe lo que conviene -y no me queda más remedio que estar con Rajoy; es con él o con la locura-, tenderá su mano tras el 1-O, sabiéndose ganador: la generosidad del vencedor que no quiere sangre en el campo de batalla.

Hoy por hoy, con cuantas escaramuzas quiera usted apuntar, creo que en el lado constitucionalista se han hecho bastante bien los deberes; ya sabemos que aquí, estadistas, pocos, pero es lo que hay. Lástima que Podemos, que era una fuerza de regeneración, no haya unido su voz, todo lo crítica que se quiera, a esta marea nacional de un país que busca unidad y tranquilidad, lejos de aventuras que ya está claro a donde llevan: a nada. Creo que lo pagarán caro en su momento. Y que, posiblemente, algunas voces sensatas aparezcan en el seno de la formación de Pablo Iglesias -él, definitivamente, de sensato, poco- criticando su pésimo comportamiento cuando el país más le necesitaba. Al menos, espero que Pedro Sánchez, que tanto se ha equivocado, espero que acertando ahora, comprenda que, con gente así, uno jamás se puede asociar.

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