LA BATALLA DE LA DERECHA

Edurne Ureiarte: «La paradoja de la batalla de la derecha es que uno de los incluidos, Cs, rechaza rotundamente la marca derecha»

Edurne Ureiarte: "La paradoja de la batalla de la derecha es que uno de los incluidos, Cs, rechaza rotundamente la marca derecha"
Albert Rivera (CS). EF

LA palabra derecha ocupa espacios y titulares como el de este artículo en las últimas semanas, y no precisamente porque la derecha se haya puesto de moda, o porque los españoles hubieran perdido el miedo a pronunciarla, como afirmo yo misma en el libro que acabo de publicar, «Diez razones para ser de derechas… y atreverse a decirlo».

La razón es más bien la de siempre, la de la izquierda que utiliza profusamente esta palabra para incluir a Ciudadanos en ese ámbito ideológico y acercarlo al PP en la imagen ciudadana; es decir, demonizarlo, en términos de percepciones izquierdistas.

Desde la derecha, la mayoría está de acuerdo con la izquierda en la inclusión de Cs en ese espacio ideológico, pero sus titulares se refieren a la batalla del centro-derecha, confirmando la tesis de mi libro sobre el miedo de la propia derecha a usar la palabra sin aditamentos como centro que la suavicen.

La paradoja de esta batalla de la derecha es que la mitad de los analizados, es decir, Ciudadanos, rechaza rotundamente la marca derecha en la que le incluyen unos y otros. Y no hay un solo líder de ese partido que acepte la palabra para definir y situar a su partido. Ni derecha ni tampoco centroderecha.

Y es ahí, en ese espacio de indefinición ideológica, donde están algunas de las ventajas y de los problemas de Ciudadanos para optar a un triunfo en las elecciones generales. La ventaja es que tal indefinición le permite a Ciudadanos aspirar al apoyo tanto de los enfadados con el PP como de los desencantados con el PSOE.

A lo que se suma el sector social menos ideologizado y, a su vez, más cercano a la antipolítica y al rechazo de los políticos, el sector de voto más sensible a los argumentos populistas de los males de la vieja política y de las soluciones milagrosas de los recién llegados sin experiencia política.

Consciente de esa ventaja, Ciudadanos se deja querer por unos y por otros, insiste en aquello del viejo bipartidismo y coquetea tanto con representantes de la derecha radical que rechazan a Rajoy por centrista como por referentes de la socialdemocracia. Con el objetivo de hacerse con el centro menos ideologizado y, además, con los sectores populistas de la derecha.

El problema es cómo puede lograr liderar a la derecha un partido que rechaza ser de derechas. En un país en el que el 83% de los ciudadanos (Barómetro de enero del CIS) afirma tener una identidad ideológica, es decir, se sitúa en la escala de ideología, en contra de la falsa idea de que las ideologías ya no cuentan.

Como en el resto de Europa, donde sólo crisis profundas de los partidos tradicionales han permitido el triunfo o el ascenso de los partidos centristas, desideologizados o populistas, como Macron en Francia o el Movimiento Cinco Estrellas en Italia.

El PP tiene perdida la batalla de la corrupción y del consiguiente movimiento antipolítico y tiene ganada o casi ganada la batalla de la gestión, como indica la buena valoración de las perspectivas económicas por parte de los votantes del Ciudadanos (igual de positiva que los votantes del PP en el Barómetro de enero del CIS).

Falta por jugarse la batalla de la ideología, de la identidad ideológica que sigue explicando una buena parte del voto. La del patriotismo en la que lleva ventaja Cs desde Cataluña, pero también la de la libertad de mercado, la defensa de las tradiciones, la justicia, la meritocracia o los valores cristianos, donde el PP tiene identidad, y Ciudadanos, una marca progresista desde la que difícilmente puede liderar a una derecha de la que no se siente parte.

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