Análisis

Juan Pérez de Mungía: «El lupanar socialista»

Juan Pérez de Mungía: "El lupanar socialista"
Carmen Calvo. EFE

Parece paradójico, especialmente para quien ingenuamente cree en la bondad socialista ignorando su trayectoria política, que sean precisamente este tipo de gobiernos quienes hacen gala de una ignorancia supina de las ciencias sociales. Incluso cuando se envía a alguien que confunde cocina electoral e investigación social, a un experto en tráfico de influencias, como José Félix Tezanos, irredento amigo del inefable Alfonso Guerra, quien ya regalaba titularidades universitarias a sus amigas. La ignorancia no es, desde luego por desgracia, patrimonio exclusivo de un género, ni tampoco una sublime expresión de cómo acaban imponiéndose, por el artificio de las leyes, normas y costumbres tan ajenas a la condición y experiencia humana. Tampoco es ajena a lo que sucede en algún otro pais arrastrado por la misma furia de estériles monjas medievales como bien ilustra el puritanismo de Sor Carmen Calvo de las madres Escolapias cuando invoca una neolengua o cuando pretende substituir normas sociales por transacciones económicas en el mercado con actas de consentimiento propias de contratos. Al conferir al intercambio sexual la forma de un contrato, Sor Carmen Calvo convierte a las mujeres en putas y a los hombres en caciques prostibularios que someten a las mujeres a sus deseos mientras devienen en sujetos humanos asexuados o que tienen el género de según quién les toca, como Emmanuelle. ¿Quiere un contrato para su única hija? ¿Genera un contrato mas certidumbre, supone mas seguridad?

El designio del gobierno de ZP 2.0, de sobrenombre Sánchez -¡Dios nos libre de conocer su tesis doctoral en la CJC!- es substituir vínculos y normas sociales implícitas en el intercambio social humano, por intercambios económicos en el mercado, ignorando que en cada caso se aplican diferentes normas a estos dos tipos de relaciones. Introducir el mercado en el intercambio social viola la normas sociales, y peor aún las extingue. Recuperar una norma social es dificil cuando no imposible cuando una transición que antes era social se produce mediante precio. Obviamente en un lupanar la transacción económica substituye por completo la autodeterminación personal. Un modo muy simple de entenderlo es imaginar que ofrecemos a nuestra suegra compensarle por los gastos de una magnífica cena de navidad, u ofrecerle a nuestra pareja dividir los costes del cortejo e ir directamente a ejercer el derecho correlativo en la cama. No hay nada mas caro que el sexo gratuito tiene declarado Woody Allen. Con toda probabilidad nuestra suegra no tendrá demasiados escrúpulos para o bien no preparar nunca más ninguna cena de navidad, o abrir un restaurante para sus parientes. Con toda probabilidad naufragará para siempre la posibilidad de amor romántico. Al fin y al cabo las monjas se casan con Cristo y vienen a ser madres estériles. En sociología se explica que en parejas morganáticas resulta técnicamente imposible distinguir entre deseo e interés, y esa sospecha siempre flota en el entorno de un rey o una reina y su consorte plebeya. De ahí la necesidad de sopreexpresar carácter e independencia como se ha puesto tantas veces de manifiesto.

Probablemente, siempre estará presente el interés, pero nunca el interés producirá mas beneficios del que podría esperarse si la relación fuera regulada por una norma social. Nada hay mas cierto que la supresión del deseo en una relación regulada por el interés. ¿Puede entender este gobierno delincuente -antes de llevarnos a la ruina- que el problema de la violencia sobre las mujeres se debe al fracaso de una norma social y a su substitución por una transacción comercial? ¿Por cuánto tiempo ignorarán que la violencia se ejerce sobre una mujer que no está en condiciones de ser libre?. ¿Por qué consienten con el velo? El velo no es la expresión de una fe, sino el testimonio de a qué hombre pertenece la mujer velada, una barrera inexcusable a la integración social donde la religión se hace experiencia privada y no manifestación pública de pertenencia a un dueño. Y las mujeres musulmanas no denuncian la violación a la que se someten por precio. Un efecto en principio indeseado del divorcio es descubrir que el matrimonio tenía la forma de un contrato. Muchos lo descubren tarde. Y otros castigan lo que consideran un expolio del capital invertido. El machista está preso de la falacia del jugador, cree que el sexo es el retorno de sus inversiones. Si el matrimonio o la pareja es un instrumento para un beneficio económico las únicas relaciones de pareja serán las que tienen lugar en las sociedades musulmanas, al menos por lo que se refiere a la mujer, donde la dependencia de la mujer consagra la estabilidad de la pareja y la familia y el hombre tiene que pagar su mantenimiento. La expresión de una relación social bajo un contrato extingue la libertad. Cuando las normas sociales y las normas del mercado entran en conflicto es imposible reconciliar la norma social que hace factible el cortejo con la norma mercantil de pagar por sexo. Cuando se acaba con el cortejo, el único sexo practicable es el que tiene lugar en el mercado, como bien expresa la fiesta del orgullo gay donde el vínculo personal desaparece frente a la transacción anónima propia de un hole club.

No hay que leer a John Elster para saber que a la conducta irracional humana le subyacen mas beneficios que el que procede del racionalismo dogmático y victimista del que hace gala la monja analfabeta. Existen mujeres que no son capaces de comprender cómo funcionan algunas mujeres. Qué hace el Estado en tu cama, se preguntaba el anarquista del sesenta y ocho. ¿Cuáles son los efectos a largo plazo de una substitución de normas sociales por normas mercantiles?

Ury Gneezy, de la Universidad de California en San Diego y Aldo Rustichine, de la Universidad de Minnesota estudiaron el efecto de imponer un pago adicional a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos en una guardería en Israel. Cuando se anuló ese pago tiempo después, la culpa que sentían antes de ponerle precio al retraso nunca volvió. El castigo económico hizo desaparecer la experiencia de culpa al mismo tiempo que la norma social, incluso cuando dejó de aplicarse. Y siguieron llegando tarde. Cuando las normas sociales quedan desplazadas por una norma mercantil, desaparecen para siempre. ¿Merece la pena pagar el precio? ¿Existe alguién tan estúpido para suponer mas barato lo que una persona hace por precio a otra que lo que hace libremente?. ¿Aspiran estos analfabetos a poner tras de cada ciudadano un censor o un policía? Esta es la inteligencia de Sánchez y Sor Carmen Calvo tan sensibles al voluntarismo profesional de las ONGes.

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