LA SITUACIÓN EN UCRANIA COMIENZA A SER ANGUSTIOSA.

OTAN, Ucrania y la Tierra Corazón

El proceso histórico de enfrentamientos armados dentro de Europa parece estar a punto de conocer una nueva tragedia. Es preciso que impere el buen sentido y la moderación

A finales de 2021, el presidente Putin, mientras exponía su posición al respecto de la actual crisis de Ucrania, afirmaba que la OTAN había efectuado cinco oleadas de admisión de nuevos miembros, traicionando las promesas
realizadas tras 1991, año del colapso definitivo de la Unión Soviética. Efectivamente, Putin ha contado bien. En la última fecha indicada, la Organización del Tratado del Atlántico Norte contaba con 16 miembros,
mientras que hoy dispone de 29. Los ingresos de Albania y Croacia en 2009, el de Montenegro de 2017 y el de Macedonia del Norte de 2020, no han sido demasiado gravosos para el Kremlin, dado que no han aportado un especial acercamiento a las fronteras rusas. No sucedió lo mismo con la expansión realizada en 1999 sobre la República Checa, Hungría y Polonia. Era el último año de la presidencia de Yeltsin. La Federación Rusa había perdido la primera guerra de Chechenia (1994-96) y su debilidad era manifiesta. El último día de este año, Vladimir Putin tomaría el poder, debiendo ver cómo en 2004, prácticamente a mitad de la segunda guerra chechena, la OTAN ampliaba sus miembros a Estonia, Letonia, Lituania, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Los tres primeros estados habían pertenecido a la URSS desde finales de la Segunda Guerra Mundial, tenían contacto estrecho con las fronteras rusas, e incluso entre Lituania y Polonia cercaban al exclave ruso de Kaliningrado, la antigua Königsberg, patria chica y grande de Inmanuel Kant, que tuvo a bien no salir nunca de la ciudad durante su vida. Bulgaria y Rumania aportaban a la OTAN fachada al Mar Negro, pudiendo significar una presencia naval muy engorrosa para el bajo vientre europeo de Rusia. Esta ampliación significó palabras mayores.

A principios del siglo XX (1904), el geógrafo y geopolítico británico Halford Mckinder expresó en su visión del mundo, que ya daba por completamente delimitado, que existía un gran continente al que llamaba la “isla mundo”,
compuesto por seis regiones: la Europa costera –oeste y centro europeo-, Asia costera, Arabia, Sáhara, el cono sur africano y, la más importante de todas, el Heartland, pivote del mundo, al que la tradición geopolítica española denomina como la “Tierra Corazón”. La importancia de la Tierra Corazón, que coincidía a grandes rasgos con el imperio zarista según Mckinder, venía determinada por su enorme amplitud, la gran cantidad de recursos económicos que poseía y su
numerosa población. Para Mckinder, quien dominase Europa Central dominaría la Tierra Corazón y, por ende, la “isla mundo” y el mundo. Las potencias que ocupasen la Tierra Corazón representarían eminentemente un poder terrestre dada la escasa posibilidad de salida a mares calientes de sus flotas.

Sin ánimo de aturdirle, estimado lector, parece necesario traer a la palestra el pensamiento contrario a lo anterior del norteamericano de origen neerlandés Nicholas Spykman, quien en los años de la Segunda Guerra Mundial asumió la
importancia de la Tierra Corazón pero afirmó el papel predominante del conjunto de tierras que la rodean, al que denominó Rimland. Ahora, quien tiene el poder mundial no es quien controla directamente la Tierra Corazón, sino
quien es capaz de cercarla. Como el Rimland es, sobre todo, de naturaleza marítima, las potencias que se decanten por el poder naval a consecuencia de su geografía, deben cercar a las del poder terrestre si quieren su dominio, y así
se hizo tras 1945 con la creación de la OTAN en el 49 y la Estrategia de la Contención dirigida contra la citada Tierra Corazón, guerra de Vietnam incluida. Esta dialéctica nos muestra así, buceando en el tiempo, una nueva versión de
la oposición entre la Liga de Delos, con Atenas a la cabeza, de esencia marítima; y la Liga del Peloponeso, dirigida por Esparta y de factura terrestre.
Habían pasado unos dos mil quinientos años. Procuremos entender, por tanto, la historia del último siglo y cuarto como la lucha entre el Rimland y la Tierra Corazón por el control de la otra parte o como
el juego de contracciones y dilataciones -sístoles y diástoles- de ambos. Obviando la primera mitad del siglo XX porque el espacio para escribir es siempre cicatero, nos quedamos con la enorme diástole que supuso para el Heartland la ocupación de casi toda Europa Central y su adopción posterior como países satélites, no fuera que Mackinder llevase razón; y la sístole producida desde 1991 hasta hoy, provocada por una dilatación del Rimland. Aquí enlazamos con las oleadas a que hacía referencia al inicio del artículo. Pero todo esto no sería más que un juego de conceptos si no fuese porque tiene una constatación clara para la seguridad de unos y otros. Después de
que la Federación Rusa haya perdido la inestimable “zona colchón” (Buffer en inglés) que le aportaban los países satélites a la URSS, ha visto aumentada la presencia naval otánica en el Mar Negro y en el Báltico, y el despliegue del escudo anti misiles que EEUU. ha llevado a cabo inicialmente en la base de Deveselu en Rumanía, al este de Craiova. Esta base tendría como misión neutralizar posibles incursiones hacia Europa de misiles procedentes de
Oriente Medio (sobre todo Irán), aunque no deja de ser cierto que su localización pone de los nervios a Moscú. Y digo inicialmente, porque para este año está previsto que se finalicen las obras de una nueva base en Polonia,
concretamente en Redzikowo, al oeste de Gdanks, situada justo frente a Kalinigrado. Se pretende con ello neutralizar posibles lanzamientos del misil Iskander-E, entre otros, de corto alcance –unos 300 a 500 kms-, no valiendo la
excusa de si están instalados previamente o no, dado que son móviles. Por cierto, Argelia dispone de cuatro de estos sistemas, según ha presentado la televisión de este país. Recordar, de otro lado, que el tratado de armas de alcance intermedio INF -500 a 5.000 kms- está en estos momentos suspendido, lo que aporta a la geopolítica actual unos tintes de tensión propios de la Guerra Fría que parecían superados. Este escenario nuclear, que en absoluto debería cristalizar, significaría un Armagedón para Europa, especialmente.

La Federación Rusa está muy preocupada con la posibilidad de una nueva oleada de ampliaciones de la OTAN con la inclusión entre sus miembros de Ucrania y Georgia -la Cólquida a la que navegó Jasón con los argonautas en
busca del vellocino de oro, según el corpus legendario de la antigua Grecia-. Georgia incluye a dos regiones en franca independencia respecto de ella como son Osetia del Sur y Abjazia, habitadas mayoritariamente por población que se
considera rusa. Ya en 2008 Moscú intervino para defender la posición de estas áreas ante el intento de recuperación por parte de Tiflis, y obtuvo sus objetivos en una breve guerra de unos quince días. Ambas áreas siguen siendo independientes de facto. Si Georgia ingresase en la OTAN, quedaría bajo el artículo 5 del Tratado y sería prácticamente imposible para Moscú repetir la acción de 2008, caso de que los georgianos quisieran recuperar estos territorios. Así que, para Georgia, Rusia quiere imponer aquello de “OTAN, de entrada no”. La misma frase reza bien para Ucrania. Aquí las Osetia del Sur y Abjazia son la península de Crimea y los dos oblasts (provincias) de Luganks y Donetsk, en la región de Dombass, al este del país. La primera pertenece de iure a Rusia, tras su reacción en 2014 ante la revolución de Euromaidán que echó del gobierno ucraniano al prorruso Yanukovitch; y las otras dos son independientes de facto de Kiev. Occidente no reconoce esta situación. Desde este último año ha habido constantes escaramuzas en el Dombass, acrecentadas en los últimos días tras la acumulación por Moscú en la cercanía de la frontera ucraniana de más de cien mil militares ya perfectamente preparados para intervenir. Pero, ¿por qué ahora? Pregunta que siempre debemos formular cuando está en ciernes la posibilidad de un conflicto armado de cierta envergadura. Moscú ha olido sangre en la OTAN, si me permiten utilizar el argot deportivo, tras los sucesos de Afganistán. Recordemos que el acuerdo de Dubai entre EEUU y los talibanes fue de principios de 2020 y se ha sustanciado con la retirada hace poco de las fuerzas de la coalición que operaban en dicho país. Los talibanes siguen en el poder, y la herida en la OTAN, también. Moscú conoce al milímetro la situación de las fuerzas armadas ucranianas y la escasa posibilidad de que reciba ayuda militar directa por parte de unos países que dependen, por citar un importante ejemplo, del gas ruso para algo tan vital como sobrevivir al invierno cuando las temperaturas bajan de -10 durante algunos meses, aparte de la ingente actividad económica en todo el año. Los Nord Stream 1 y 2 son dos gasoductos que hacen de cordones umbilicales corriendo en paralelo desde la ventana rusa de San Petesburgo hasta el norte de Alemania, a través del Báltico. Por su parte, el South Stream nutre a los países del área balcánica y central europea, e incluso a Italia, cruzando el Mar Negro desde zona rusa. Imposible cortar ese suministro o que se sitúe a unos precios prohibitivos. Por otra parte, Ucrania no forma parte de la OTAN por lo que no se puede invocar el citado artículo 5 de ayuda mutua. Además, la historia juega contra la credibilidad de los socios europeos ante el hecho de una posible ayuda militar a Ucrania. En Polonia lo saben bien. Tanto por la experiencia de 1920 –recién estrenada la independencia- cuando fue abandonada ante la invasión bolchevique rusa que llevaba presunto billete para Berlín, como en los inicios de la Segunda Guerra Mundial cuando Francia y Reino Unido declaraban la guerra a Alemania por la invasión de Polonia, pero vieron cómo era consumida por los nazis con la ayuda soviética sin mover un dedo más allá de la susodicha declaración. Así que la batuta de la defensa exterior de Ucrania la llevan, por ahora, unos EEUU. -potencia principal del Rimland- que ven junto al resto del mundo cómo al otro lado de la Tierra Corazón ha surgido una China que no contaba a principios del XX y que ahora
es el principal quebradero de cabeza de todo el anillo. El país norteamericano necesita tranquilidad en Europa porque en cualquier momento el Mar de China, oriental y meridional, ambos separados por Taiwán, se convierte en un avispero. Así que podría ser bueno que una posible Defensa Europea tuviese mucha más ponderación en el actual contexto geopolítico. Sea dentro de la OTAN o fuera –no deseable por quien esto escribe-, habría que ponerse en serio al tajo, cuestión que los mandatarios europeos no han sido capaces hasta ahora de concretar, prácticamente desde que acabó la Segunda Guerra Mundial. Para escribir un libro. Llegados a este punto, podríamos preguntarnos, ¿y ahora qué? Está claro que nadie tiene el arte de la presciencia y a lo máximo que podemos aspirar es a colocar una serie de indicadores que nos permitan ir comprendiendo las intenciones de quien mueve las tropas. En una estrategia de máximos, Rusia podría estar tentada para llevar a cabo un conflicto de alta intensidad aunque de duración lo más breve posible. Tendría como objetivo un cambio de gobierno en Ucrania ante la situación del desastre de la guerra, que le fuera más propicio que el actual, aunque ya sea prácticamente imposible volver a la época de Yanukovich. Se puede argumentar que el tamaño de la fuerza que ha acumulado para ello no es suficiente. De acuerdo, pero dada la contigüidad territorial con Rusia, ésta podría seguir alimentando a sus tropas a voluntad con más refuerzos, en función de la situación. Así que habrá que estar muy atentos a los posibles despliegues en las provincias del este ucraniano mencionadas, en Crimea, y en la Transdnistria, la tira de terreno con capital en Tiraspol, que ejerce como independiente de la Chisinau moldava. Esta hipótesis sería durísima para Ucrania que podría estar en trance de perder toda su fachada al Mar Negro y permitiría a Rusia negar su uso a la OTAN para bases navales en el futuro. Precisamente en esta “fachada de lengua rusa” encontramos casos como las ciudades de Mariúpol y Melitópol, en el Mar de Azov, que tienen unos porcentajes del 90% y 80% respectivamente de rusófonos, aunque esto no quiera decir, ni mucho menos, que todos estuviesen a favor de una anexión a Rusia. Estos porcentajes son similares al que disponía la península de Crimea en 2014 en los momentos previos a su anexión. Por su parte, al oeste de Crimea, las proporciones de rusófonos bajan, con un 65 en Odessa y un 60 en Mykolaiv. Esta hipótesis expuesta es muy arriesgada para Rusia y muy difícil de cumplimentar por la entidad territorial que abarca. Si Europa y la OTAN lo permitiesen, deberían dedicarse a partir de ese momento a criar tulipanes y magnolias. En una estrategia de objetivos limitados, Rusia podría desplegar sus tropas en las zonas ya de facto independientes para garantizar que no serán atacadas. Pero esto no coordina con el sentido de lo declarado por Putin respecto de las oleadas. No tendría valor añadido la imagen del presidente firmando la adhesión de las dos provincias del Dombass. Para ese viaje no hacían falta estas alforjas. Así que, además de ello, volvemos al intento de desestabilización del gobierno actual y su sustitución por otro más proclive a

Moscú o, como mínimo, más neutral a sus ojos, que garantice la no entrada de Ucrania en la OTAN. Entre estos dos extremos, pueden existir otros puntos intermedios. En todos, veríamos un modus operandi parecido. Ataques de falsa bandera, ataques en el ciberespacio, desinformación, agitación de masas en aquellas ciudades más proclives, información falsa sobre graves incidentes producidos contra la población, etc. Incluso no descartamos el uso de los inmigrantes de la frontera de Polonia con Bielorrusia, siendo lanzados contra la frontera ucraniana. Un caos y un horror para Ucrania –y también para Rusia- que esperemos pueda ser impedido o reconducido por la gestión de crisis pertinente. Ucrania y Rusia son dos países hermanos, con centenares de miles por no decir millones de ciudadanos de origen en uno de ellos que ahora pertenecen al otro. Familias enteras que pueden quedar divididas y rotas para siempre. Esperemos que se imponga de una vez la cordura, y Rusia y Ucrania lleguen a un acuerdo que les permita seguir sus caminos en paz y cooperación. Y conseguido esto, que el Rimland y la Tierra Corazón caminen por la historia en una mayor armonía que hasta ahora. Basta de sístoles y diástoles entre ellos, basta de contracciones y dilataciones. Soslayando los setenta años centrales del siglo XX, en que estuvieron frente a frente, Rusia siempre ha sido, por su cultura, idiosincrasia y capacidad de puesta en escena, un elemento fundamental para el devenir y el juego de equilibrios en el continente. Más cooperación para el futuro y menos enfrentamientos. Carpe diem.

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