Mucho se escribirá de inmediato en los medios sobre la designación por el Rey, en la tarde de este 22 de agosto, de Alberto Núñez Feijóo como candidato a la Presidencia del Gobierno. Ya quedan atrás cuestiones más que espinosas de los últimos días como la supuesta ruptura de VOX y PP, que no podía más que reconducirse, so pena del suicidio mutuo. Y me parece de justicia reconocer el comportamiento como estadista de gran altura de Abascal, que motivos sobrados tenía para haber dejado en la estacada a su rival político en el espacio de la derecha. La composición de la Mesa del Congreso de hace unos días, dejando al tercer Partido según las últimas elecciones sin representación en ella, no es más que una gota, muy gruesa eso sí, de un torrente de menosprecios ciertamente caudaloso, primera Moción de Censura incluida aunque fuese Casado quien protagonizara aquella “espantada”. Ahora toca al PP igualar, al menos, dicha altura.
Por supuesto, se disparará el interés y las cábalas sobre la cuestión de la fecha de presentación de la candidatura. Feijóo necesita algo de tiempo, pero sus 172 apoyos en la Cámara, que incluyen a VOX, UPN y CC, le ponen a tiro de convencer “sólo” al PNV -mal compañero de viaje- cuya cabeza visible ha soltado eso de frenar a la derecha, una de las frases más definitorias del caos intelectual que estamos viviendo. Porque, se supone que la frase está dicha desde una posición de izquierdas o de centro, con gran sorpresa de tirios y troyanos que hayan podido escucharla y analizarla. En todo caso, el PNV deberá ahora soportar una presión tanto externa como interna para dilucidar definitivamente si apoya a Feijóo o no, con la novedad de que VOX no pide contrapartidas de gobierno. Es decir, el PNV no tiene ya la excusa que esgrimió con la frase de marras. En todo caso, ellos saben mucho más que yo lo que les conviene y lo que hay detrás de su próxima curva, parafraseando a Aitor Esteban cuando se refería a Sánchez.
Si a mi me preguntasen, diría, por varios motivos, que la fecha del intento de Feijóo estará en la semana del 4 al 8 de septiembre. Presenta algunas circunstancias clave: caso de ser fallida, pone el reloj en funcionamiento llegando a los dos meses en las mismas fechas de noviembre, en que debería ser disuelto el Parlamento si fuera al fracaso una nueva nominación, correspondiente en este caso a Sánchez; y sobre el 10 o 17 de diciembre serían las fechas ideales para nuevas elecciones que deberían celebrarse, como es sabido, entre los 30 y los 60 días del cese de los parlamentarios.
Y digo estas fechas, porque ya sería de esperpento no exento de intenciones aviesas que fuesen convocadas el 24 o el 31 de diciembre, nuevamente con media España fuera de sus lares. Si Feijóo utilizase la segunda semana de septiembre, el proceso podría irse a inicios de 2024. Al final, estaríamos en las mismas previsiones que se hacían hace un año cuando se designaba al 10 de diciembre como fecha más propicia. El agua suele correr por la acequia y siempre cuesta abajo. Esto se sabe, al menos, desde el Calcolítico.
Pero, además, una hipotética disolución del Parlamento la primera semana de noviembre haría que la Princesa Leonor pudiera jurar la Constitución el 31 de octubre, fecha en que alcanza la mayoría de edad, frente al pleno de ambas cámaras y no ante una exigua Diputación Permanente si se hubiese acortado el plazo indicado. En un momento en que, según la mayoría de las predicciones, la Constitución va a ser retorcida hasta decir basta, jurar ante una representación tan escueta, o tener que retrasar el acto, sería una grave afrenta a la institución que representa a la unidad y permanencia del Estado, que cumple escrupulosamente con sus cometidos sin mediar nunca intereses personales o sectarios. Los ritos tienen una gran importancia, y un pueblo que no los respeta sobrepasa los límites de la indefinición, de la falta de esencia, de la nada. Pregunten en otros países.
Y es en el papel de arbitraje y moderación del Rey donde quiero aportar una novedad respecto de las consultas de estos días y la designación definitiva del candidato. Solemos escribir siempre sobre lo que es o ha sido, y pocas veces sobre lo que no es. Sin tener que recurrir a Parménides, me gustaría llevarles a una reflexión que pocas veces se esgrime en la polémica Monarquía-Republica. Todos confiábamos en una decisión de tipo “salomónica” que nos permitiese escuchar las propuestas de ambas partes, si se diera el caso; y esta confianza nos ha aportado ciertamente un poco de oxigeno y tranquilidad, por ahora, en estos tiempos que se plantean, a priori, como definitivos para la supervivencia de España como Nación.
Qué burdas han sido las presiones indicando que la posible designación de Feijóo sería una pérdida de tiempo. Ya hay que ser poco demócrata para estar en contra de que el partido que más votos ha sacado en las elecciones pueda exponer su programa de gobierno en la sede de la soberanía nacional. ¿Qué problema había? ¿Se ponía en marcha el reloj de los dos meses y se perdía la libertad de acción en cuánto a los plazos de tiempo? ¿Era ese el problema?
Pero hablaba de la decisión similar que, indagando en la nube de lo que “no es”, podríamos encontrarnos en una República. Aquí en España, se cree tradicionalmente, de forma mayoritaria, que la República es quitar de la circulación al Rey. Y ya está. Qué es eso de la herencia. Luego, no tenemos muy claro qué hacer. No lo digo yo, lo dice la historia de la I y II República. Así que imaginen un Presidente de la República que fuese designado por el Parlamento en cuestión, o viniese nombrado desde el anterior respondiendo a otra correlación de fuerzas. Sería más difícil encontrar equilibrio, arbitraje y neutralidad en este caso, en su figura, que la fórmula que concilie la Física de la Relatividad con la Cuántica. O el caso de un Presidente de la República que hubiese sido elegido por sufragio directo, por tanto con poderes explícitos e independientes del Parlamento, debiendo arbitrar quién se presenta a la elección de Presidente del Gobierno. E imaginen ahora que el Presidente fuese Aznar, o Zapatero. Solo son dos ejemplos. ¿Creeríamos en que su arbitraje iba a ser inmaculado? ¿Se recibiría este arbitraje con la tranquilidad que hemos disfrutado con el hodierno? ¿Llegaríamos a las manos ya en la designación del candidato?
Gracias, Señor, por haber hecho todo lo posible por la tranquilidad y sosiego de esta perpleja España a través de su tradicional sentido de Estado, equilibrio, e impecable cumplimiento de la Constitución.
